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Pantalla Nómada / ‘Hatfields & McCoys’: La sangre y el odio

Hatfields & McCoys

Alan Rodríguez

Es 1863, y en las llanuras de Arkansas el ejército confederado se repliega ante el embate de los unionistas. En el fragor de la batalla, vemos a una cuadrilla de confederados sortear las explosiones de cañón hasta alcanzar una arboleda. No sabemos si es el miedo o la simple necesidad lo que obliga al capitán ‘Devil’ Anse Hatfield (Kevin Costner) a detenerse bajo un árbol para orinar. No se da cuenta que a su espalda se acerca un soldado rival para volarle los sesos, pero su compañero Randall McCoy (Bill Paxton) le salva la vida disparando primero al militar de la Unión.

Pero ese gesto de camaradería en la llamada Batalla del Espinazo del Diablo no valdrá nada para cuando Hatfield esté de vuelta con su familia tras desertar del ejército, y para cuando McCoy, terminado el conflicto, haya regresado con los suyos hecho un despojo tras pasar miserables días como prisionero de los yanquis.

Pasada la Guerra de Secesión, en los alrededores del río Tug Fork, del lado de Kentucky, Randall es el patriarca de la nutrida parentela de los McCoy. En esa misma zona fronteriza, en tierras de Virginia Occidental, el ex capitán Anse es quien manda entre la cuantiosa prole de los Hatfield. Los dos ex combatientes se verán enfrentados por el odio y la intolerancia. Liderarán una sangrienta riña entre familias que salpicará generaciones y ocupará penosas páginas de la historia estadunidense.

Así es como se aprecia el conflicto entre Hatfields & McCoys a través de la miniserie producida en 2012 por History Channel, y que apenas llegó a pantallas mexicanas vía Netflix hace unas semanas. La opción es muy buena para quienes no quieran lidiar con el misterio suicida adolescente de Por 13 razones, el retrato telenovelero de la corrupción y el poder en Ingobernable o el elogio feminista que está encandilando a la audiencia de Las chicas del cable.

En México, no escucho a nadie hablando de esta miniserie que describe un episodio real poco conocido para nosotros, y de manera muy apegada a lo que se dice indican los archivos. Filmada casi toda en Rumania, fue un fenómeno televisivo cuando salió al aire y captó 14 millones de espectadores. En su momento, logró la máxima audiencia en la historia de la televisión gringa de cable para un programa no deportivo.

El éxito también se traduce en la nominación en su categoría dentro de los Globos de Oro y sus 16 nominaciones en los Premios Primetime Emmy. Ahí donde Kevin Coster resultó galardonado como mejor actor por su papel de Anse Hatfield, un gandalla hasta la médula.

Desde los primeros tiroteos, uno se engancha a esta historia de sólo tres capítulos. Luego, ya no hay forma de apartar la mirada de su red de rencores, revanchas, traiciones, pugnas y abusos. No sólo impacta su matazón imparable, también la mezquindad, la locura y el despropósito de algunos de sus personajes, como el desalmado ‘Tío’ Jim Vance (Tom Berenger) de los Hatfield.

Y no es que sólo miremos a dos clanes trenzarse en su propia guerra civil. Hatfields & McCoys consigue hacer notar que el orgullo y la defensa por la estirpe pueden empujarnos por un abismo hacia la pura y absoluta ruina. Así que no parece descabellado encontrar en esta miniserie claves de alarma ante lo que nos agobia hoy, en tiempos de fanatismo y ansias de hegemonía.

@kromafilm