Luis Ricardo Guerrero Romero

Don Roque Balbuena llegó desde Colombia a San Luis Potosí con una maleta de ropa, un sombrero de dignidad y una confianza bastante más grande que su presupuesto. Había oído que la fortuna, caprichosa como pasajera con prisa, podía sonreírle a cualquiera en una mesa de juego. Así que vino a probar su buena suerte en los juegos de azar, convencido de que, si el destino tenía cartas, él sabría barajarlas.

Pronto, sin embargo, descubrió que el verdadero asunto no estaba solamente en ganar, sino en lo que los demás pensaban de quien jugaba. Y aquí aparece nuestra palabra de hoy: reputado. Decimos que alguien es reputado cuando goza de buena fama, prestigio o reconocimiento. Un médico reputado, una institución reputada, un escritor reputado: todos han sido objeto de una valoración favorable y relativamente consolidada.

La palabra tiene una historia deliciosamente intelectual. Procede del latín reputare, formado por re- y putare. El verbo putare significaba, en su sentido originario, calcular, contar o hacer una estimación; de ahí pasó a significar considerar, juzgar, pensar o tener una opinión acerca de algo. El prefijo re- aporta aquí una idea de reiteración, intensidad o examen cuidadoso. Reputare podía sugerir, por tanto, volver a calcular, reconsiderar o valorar algo con detenimiento. Como suele ocurrir con las palabras, el lenguaje hizo su pequeña alquimia semántica: de la cuenta y la valoración se pasó a la consideración que una persona merece, y de esta a la fama que obtiene ante los demás.

Don Roque aprendió la lección en una tarde potosina. Perdió unas cuantas monedas, ganó otras y, sobre todo, consiguió que los parroquianos comenzaran a hablar de él. “Ese colombiano es reputado”, dijo uno. Don Roque sonrió, creyendo que significaba “afortunado”. Le explicaron que no exactamente: reputado era alguien tenido en buena consideración. Entonces comprendió que había una fortuna más difícil de apostar y más lenta de ganar: la reputación.

Desde la perspectiva lingüística, reputado es también un participio de reputar y funciona como adjetivo. Su sentido depende del contexto, pero normalmente conserva la valoración positiva: “un especialista reputado” equivale a un especialista reconocido y estimado. La palabra recuerda así una verdad bastante filosófica: nuestra identidad no vive únicamente en lo que pensamos de nosotros mismos, sino también
en aquello que los otros consideran después de observarnos.

Don Roque regresó a Colombia sin haberse convertido en millonario. Pero volvió con algo que ningún casino podía entregarle en una ficha: una historia que contar y una reputación que cuidar. Porque la suerte puede echarse a los dados; la buena fama, en cambio, se construye jugada tras jugada.

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