Ignacio Betancourt

La mujer es anterior a la vida./ La mujer es anterior a Adán./ La mujer es anterior a la mujer./ Porque antes, mucho antes/ de que Eva naciera del costado del hombre,/ cada árbol, cada flor, cada fruta,/ toda la Creación era una mujer. Estos versos del poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas nacido el año de 1924 en Guatemala (aunque vivió toda su vida en Nicaragua), y muerto en 1988 en la tierra de Rubén Darío (1867-1916), son parte del poema El paraíso recobrado y me parecen muestra elocuente de lo que las mujeres significan para los hombres. De inmediato surge la pregunta ¿y entonces por qué tanto feminicidio y agresiones machistas?

En Occidente desde los tiempos de Adán y Eva (según la Biblia) se estableció la dominación patriarcal sobre el matriarcado; si en general por todo el mundo y en todas las épocas han existido centenares de poemas con ese tono de exaltación amorosa hacia la mujer, por qué en la realidad se le trata de manera tan opuesta. Seguramente en lo musical y en lo verbal hay un principio de compensación, sin embargo, lo elogioso no quita lo violento. Si durante milenios la mujer ha sido vista como alguien al servicio de los hombres, la erradicación de cultura tan profundamente arraigada en el inconsciente de los varones habrá de influir agresivamente hacia todo gesto liberador del género femenino.

Por supuesto no se trata de justificar la violencia homicida que hoy predomina por todo el país, simplemente se intenta añadir una causal más, buscando otra explicación además de lo social y lo económico en tanto crimen y violencia contra la mujer. No es suficiente el castigo para suprimir el hecho, se requiere una transformación interior del victimario; el desafío radica en saber desde dónde se debe inducir y cómo lograr ese urgente cambio. Lo represivo nunca ha sido solución para nada.

Resulta insoportable enterarnos que en el Senado, durante la presentación del Mapa de feminicidios en México por parte de la activista María Salguero (según nota de Víctor Ballinas y Andrea Becerril), “entre 2016 y lo que va de este año se cometieron en el país 3 mil 778 feminicidios, entre ellos 113 eran niñas menores de 10 años y 170 adolescentes”. Y siguiendo con la denuncia de los horrores que ante los senadores realizó Salguero, cito: “quienes las matan dejan los cuerpos destrozados, las asesinan con saña, a veces las calcinan, las descuartizan, las desfiguran”. Pese a todo, los gobiernos y sus instancias federales, estatales y municipales permanecen ajenos e incapaces de crear tan siquiera una base de datos. ¿Qué podremos esperar de una clase política indiferente y en cierta forma cómplice? ¿A quién recurrir frente a tanta locura destructiva? ¿Cómo explicarnos tamaña devastación? ¿De qué se reirán los funcionarios cuando los fotografían?

Según el Inegi, en el pasado año ocho mujeres por día fueron asesinadas en el país, la mayor cifra de crímenes contra mujeres en 27 años. Urgen explicaciones a datos tan terribles, pero sobre todo urgen soluciones a tanto asesinato. Se sabe, según encuestas, que 92.4 por ciento de las mexicanas ha sufrido alguna vez violencia machista ¿por qué ocurre y por qué no se impide tanta atrocidad? Siguen diciendo a la mujer los versos de Martínez Rivas: Tú tienes la palabra./ Separa la luz de las tinieblas./ Y ordena los mares y los ríos…

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