Luis Hernández Navarro
El mariachi acompaña al cortejo fúnebre que marcha a depositar en su última morada los restos mortales del profesor Vicente Estrada Vega. Toca Por los caminos del sur. Familiares, compañeros y amigos cargan sobre sus hombros el ataúd del legendario jaramillista por adopción. Otros caminan con decenas de sencillos y bellos arreglos florales en sus manos.
Antes de que los empleados de los servicios fúnebres comiencen a echar paletadas de tierra sobre la caja, hermanos y camaradas lo recuerdan con breves y emotivas palabras. Su viuda, la maestra María Teresa Franco coloca, como últimos adiós, una rosa blanca sobre su féretro. En esa flor en la caja de madera se sintetiza el enorme amor y respeto que se tuvieron desde que juntaron sus vidas, a pesar de ser tan distintos el uno de la otra. Ella, devota de su fe católica. Él, maoísta.
Cerca del final de sus días, cuando la enfermedad avanzaba y era evidente que sus fuerzas no daban para más, Andrés, César, Dionisio o Jorge (cuatro de sus nombres de batalla) le preguntó a la maestra Tere, con quien vivió clandestinidad, persecución política, carencias y represión: “¿Lo volverías a hacer?” Ella le respondió: “¡Con los ojos cerrados!” Y añadió: “Aun con el campo militar número 1”, en alusión a la temporada en el infierno que vivieron juntos, desaparecidos y torturados.
Uno de los oradores en el sepelio, un hombre de campo, señala al cielo y explica que el cuerpo que se va a enterrar no es ya Vicente, porque él está allá arriba, junto a Lucio Cabañas, Rubén Jaramillo y Genaro Vázquez, organizando nuevas luchas.
Francisco González, su camarada desde 1965, cuando se juntaron para fundar la Liga Comunista Espartaco (LCE), le narra a la multitud, con la garganta anudada y lágrimas en los ojos, las veces que se jugaron juntos la vida. “Hay –dice– dos tipos de hermanos. Los biológicos y los que une escoge. Vicente fue mi hermano por elección”. Dionisio nació en Taxco. Fue el mayor de una familia de padre minero que murió de silicosis. Creció entre socavones, escuchando la tos seca de los condenados a morir, y respirando los hedores de los jales infestados de cianuro.
A pesar de las riquezas que extraían de las entrañas de aquellos cerros, la región era tan pobre que no había barbechos, sino puros tlacololes. Rumbo a su primaria, junto a su hermano Sebastián, llenaba sus pulmones del aroma de los guayabos, nísperos y arrayanes que bordeaban el camino. Esas fragancias lo acompañaron toda su vida, incluyendo su estadía en la Normal Rural de Ayotzinapa.
Siempre recordaba el olor de los campos de cilantro, guayaba y mango de su escuela, la vista de los volcanes y el chorro de agua cayendo en la espalda. Nunca abandonó el gusto por los efluvios de la tierra y el placer de trabajarla con sus manos. No son pocos los campesinos que le reconocen haberles enseñado a sembrar nuevos cultivos. Se dedicó a ello, incluso en el Reclusorio Oriente, junto con presos políticos y comunes. Jorge encontró en esa hortaliza colectiva y en un taller de talabartería tras las rejas, motivos de orgullo.
Gracias a su tío Moisés, él y Sebastián terminaron la primaria en el internado número 21 Adolfo Cienfuegos, en Tixtla. Cuando su maestra se enteró de que partían, les pidió que se pusieran de pie y les explicó al resto de sus alumnos: “Estos niños que están aquí van a ser grandes personas, porque tienen la oportunidad de estudiar. Despídanlos con un aplauso”. En cuanto pudo, entró a estudiar a Ayotzinapa, luego a la Nacional de Maestros, y a Economía en la UNAM. Y, ya encarrerado, se volvió revolucionario profesional en la Seccional Ho Chi Minh.
Fue figura central de los maoísmos mexicanos. Muchos de los movimientos populares que son el principal legado de esta corriente son producto del encuentro entre viejos sujetos sociales y actores políticos inspirados en la Revolución china. Como si fueran ríos subterráneos, en la historia profunda del país corren caudalosas expresiones de resistencia popular que, de cuando en cuando, afloran a la superficie en forma de vigorosas insurgencias plebeyas.
Esas protestas deletrean un alfabeto político aprendido en sus luchas previas, al que se suman aportaciones como las de Vicente. De esta fusión surgieron tramas asociativas que llevaron a los movimientos más allá de las periferias en las que emergieron. El jaramillismo no fue sólo continuación del viejo zapatismo, sino punto de encuentro entre el agrarismo sureño y las modernas guerrillas socialistas. Proveniente de la lucha othonista y sus derivaciones maoístas, Vicente Estrada (junto con Emilio García y don Félix Serdán) reorganizó el jaramillismo después del asesinato de su líder.
Fue, también, artífice de la convergencia de éste con el pobrismo de Lucio Cabañas. El 24 y 25 de febrero de 1973, en una reunión clandestina de 60 militantes en Puebla, se aprobó el documento La organización de los pobres o folleto verde, que orientó el trabajo de la seccional Ho Chi Minh varios años. Fue redactado por Vicente, Emilio y Rigoberto Lorence. El primero en firmarlo fue Miguel, seudónimo de Lucio Cabañas. Dionisio cayó en la cárcel en 1974.
Al salir, cuatro años después, siguió sobre sus pasos. Organizó campesinos, exigió el esclarecimiento de los crímenes de la guerra sucia y aprovechó cuanta grieta encontró para luchar por el socialismo. En entrevista con este diario el año pasado, Rubicela Morelos le preguntó si aún se necesitaba la transformación por la que él y Lucio lucharon y soñaron. Respondió: “Totalmente. Está mal (este gobierno), porque siguen moviéndose dentro de un programa neoliberal. No están haciendo (los) cambios que son los que necesitan para que la situación sea mejor para los pueblos pobres”.
Es 24 de enero, pasadas las 4 de la tarde. El funeral de Vicente concluye. Con el sol a plomo, el mariachi calla y los dolientes lloran y se abrazan. Su ataúd se adentra bajo el suelo. Un inmenso mar de crisantemos, rosas blancas y lirios lo despiden con su fragancia, mezclada con el de la tierra húmeda.
X: @lhan55





