Federico Anaya Gallardo

En esta nuestra larga marcha a la Democracia, cada vez que creemos hacer cumbre parece que regresamos al pasado. Me refiero a ese pasado perpetuamente presente del que hablaba Octavio Paz: “Bajo un mismo cielo, con héroes, costumbres, calendarios y nociones morales diferentes, viven ‘católicos de Pedro el Ermitaño y jacobinos de la Era Terciaria’. Las épocas viejas nunca desaparecen completamente y todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía.” (Laberinto de la Soledad, I: El pachuco y otros extremos, 1950.)

Estábamos muy contentas debatiendo los sentidos (y sinsentidos) de la suspensión definitiva dada por la jueza tercera de distrito en materia administrativa en la ciudad de México, Yadira Medina Alcántara, en el juicio de amparo que promovió la Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF) contra los nuevos libros de texto gratuito –un debate complejo y muy serio, por cierto– cuando redescubrimos que “como [en] las pirámides precortesianas que ocultan casi siempre otras” (Paz dixit) apenas a unos centímetros debajo del suelo que pisábamos hervía aún la sangre bulliciosa de los anti-comunistas del siglo XX.

Y nomás salieron a relucir esos argumentos, Todomundo pasó a ondear banderas. Sin embargo, lectora, hay que señalar ciertas diferencias. Mientras que las derechas llamaron a quemar los nuevos libros de texto (o como mínimo, a arrancarles páginas a contentillo de la tía panista en cada barrio); las izquierdas se burlaron.

Un meme genial rezaba (porque los memes rezan): “Mi perro después de comerse mis nuevos libros de la SEP” mostrando al can con un pesado gorro de piel soviética y la bandera roja de la URSS detrás de él. La actitud me recordó una que retrató Diego Rivera en la pared sur de su mural Epopeya del Pueblo Mexicano en la escalera monumental de Palacio Nacional. (Te regalo el detalle que me vino a la memoria, lectora.)

Ese fresco data de 1935, cuando el Estado de la Revolución impulsaba la Educación Socialista y se apoyaban las demandas de obreros y campesinos. En el extremo izquierdo (¡por supuesto!) de esa pared vemos a tres obreros de la construcción. Los tres son morenos y trabajan duro. Uno nos da la espalda mientras lleva en su mecapal una pesada carga de ladrillos. Otro descansa un martillo de acero sobre una viga de hierro: está escuchando, atento y sonriente, lo que le dice el tercer obrero. Los dos primeros visten overoles de mezclilla luida por el uso. El tercero, de frente a nosotros, lleva una chamarra de mezclilla un poco más oscura. Lleva bajo el brazo izquierdo, un libro rojo. Su trabajo es la organización. El libro es El Capital de Karl Marx. El brazo derecho de ese tercer obrero le cruza el pecho, señalando hacia su espalda mientras su cara se ilumina con una inmensa sonrisa. El obrero con el martillo le sonríe de vuelta. Es obvio que se burlan de algo.

Atrás de ellos hay una reunión. Doce mujeres y hombres jóvenes de varias razas, escuchan atentísimos –como en trance– a un hombre de tez pálida que señala con el índice derecho hacia una swástica tricolor alrededor de la cual se lee “socialismo nacional mexicano”. Rivera retrata a los obreros organizados sonrientes… ¡en medio de la amenaza fascista!

Estos tres obreros de Rivera representan no sólo el trabajo duro y agotador (el mecapal y los ladrillos que construyen la República) sino también a los peladitos que en esos mismos años estaba canonizando Cantinflas como los verdaderos representantes de Lo Popular. Más concretamente, esos obreros son los hijos de la generación de campesinos que hizo la Revolución. Saben que –pese a todas las derrotas y todo el dolor– Los de Abajo habían ganado la guerra social y que, para mantener sus privilegios Los de Arriba debían inventarse la mestizocracia, disfrazarse de populares, esconder sus rostros pálidos bajo un gran sombrero de charro, cantar rancheras, bailar la Danza de los Viejitos (Ibargüengoitia dixit).

La sonrisa de esos tres obreros de Rivera es la misma que se burla hoy de las alucinantes denuncias de TV Azteca en contra del “virus comunista” y la supuesta conspiración socialista para envenenar a nuestros niños y niñas. Nosotras y nosotros, desde la izquierda obradorista, sabemos que –pese a todas las derrotas y todo el dolor– Los de Abajo han vuelto a conquistar para sí el gobierno de la República… que lo hicimos en Democracia… y que lo hicimos sin romper un vidrio… ¡Y sin el “Oro de Moscú”! (Eso sí, la contribución del loro Perikovski siempre la reconoceremos…)

No soy el único en trazar paralelos con los años 1930. El marqués Guillermo Sheridan lo hizo antes, en su artículo “Regreso a la educación socialista” publicado en El Universal el 1 de agosto de 2023 (Liga 1). Vale la pena ver qué nos dice Su Señoría Académica. Dice Sheridan: “Una coincidencia obvia con los 30 es el ánimo de ‘transformar’ a la patria por medio de la educación, de la elemental a la universitaria”. Sheridan afirma que Marx Arriaga se parece a “Narciso Bassols y Vicente Lombardo Toledano, dos ideólogos de los 30 que abrieron el camino para transformar a las escuelas en semilleros de indoctrinación política”. (¡Felicidades desde aquí a nuestro buen Marx, por este inesperado elogio!)

Pero Sheridan dice cosas más serias. Asegura que a la Administración López Obrador “no le interesan mayor cosa ni la educación ni la ciencia como actos de libertad”. De acuerdo con el investigador universitario sólo las élites académicas (por ejemplo, la de la UNAM) aprecian la ciencia de modo libertario.

Por otra parte, Sheridan acusa al obradorismo de coincidir con Lombardo cuando éste afirmaba que “la única ciencia meritoria es la que ‘mejore las condiciones económicas y culturales de las masas hasta la consecución de un régimen apoyado en la justicia social’…” ¡Vaya! Si Sheridan tiene razón (y creo que en este punto la tiene) ¡qué bueno! En un país con la desigualdad de México ¡es muy pertinente que la ciencia ayude a mejorar la suerte de las mayorías!

Pero pongamos atención lectora: que Sheridan haga esas afirmaciones convencido de que está denunciando una monstruosidad nos dice mucho acerca de las obsesiones de Los de Arriba, de esa criollada que, allá por los 1990 –apenas pudo librarse de los bozales políticos que el régimen postrevolucionario le había impuesto– empezó a presumir otra vez la altanería de “chicas bien” y “mirreyes”. Los criollos mexicanos tienen terror a que las masas morenas (por su tez y por su partido) les arrebaten sus privilegios. Me parece que Carlos Elizondo Mayer-Serra (¿o fue Rafael Pérez Gay?) quien escribió en 2018 un artículo burlón en el que describía cómo el obradorismo triunfante le obligaría a recibir en su departamento a tres familias. Van cinco años de nuevo régimen y las caricaturas de “tiranía comunista” no se ven por ninguna parte.

De hecho, las cosas han ido en paz y de buenas, en su columna “Pensándolo bien” de Milenio Jorge Zepeda Patterson comentó, el pasado 3 de agosto de 2023 (Liga 2), que pese a todo, hay menos pobres: “Según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2022 (Enigh), que Inegi realiza cada dos años, la brecha de ingresos entre los que ganan más y los que ganan menos disminuyó: en 2016 los más ricos ganaban 21 veces más que los pobres, en 2022 se redujo a 15 veces. Y es que mientras el ingreso promedio de todos los hogares en el país subió 11 por ciento en términos reales, el de los hogares más pobres creció 19.3 por ciento desde 2018.” Zepeda Patterson subraya que lo anterior se logró pese a muchas dificultades y que “lo más meritorio … es que se ha conseguido sin cargo a los demonios de siempre: el endeudamiento, la afectación de la riqueza de los de arriba o una reforma fiscal progresiva en contra de los pudientes. Es decir, no ha quitado a los de arriba para darlo a los de abajo”.

Hay en esto algo de sabiduría política antigua. Maquiavelo nos diría que, mientras los pocos ricos se sienten merecedores de todo, son muy difíciles de saciar y siempre están viendo “moros con tranchete”; los pobres sólo desean dejar de ser oprimidos. Por eso cuando, de vez en cuando, el Pueblo conquista los gobiernos su modo suele ser festivo. Pero esto no lo entenderán los católicos de Pedro el Ermitaño que tienen pesadillas con comunistas que comen niños.

Querida lectora: tengámosles paciencia y sonriamos ante sus obsesiones. Pero no dejemos de trabajar por la Justicia. Te dejo una ilustración que se distribuía en aquellos años 1930 que obsesionan al marqués Sheridan. El dibujo infantil nos muestra de qué se trataba la Escuela Socialista: “Une al niño proletario con el niño burgués”. Todos, campesinos de sombrero ancho y fifís de pantalón corto, acuden en igualdad y aprenden juntos a ser comunidad. ¡Y de eso tratan hoy los nuevos libros de texto gratuitos!

agallardof@hotmail.com

Ligas usadas en este texto:

Liga 1:
https://www.eluniversal.com.mx/opinion/guillermo-sheridan/regreso-a-la-educacion-socialista/

Liga 2:
https://www.milenio.com/opinion/jorge-zepeda-patterson/pensandolo-bien/y-pese-a-todo-hay-menos-pobres

Reloj Actual - Hora Centro de México