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Un erudito varón: Alfonso Martínez Rosales

Óscar G. Chávez

En 1985 el doctor Jorge Alberto Manrique, anotaba en la reseña a un libro: Hace años un candidato a doctor de El Colegio de México me comunicó su intención de hacer su tesis doctoral sobre la iglesia y convento del Carmen de San Luis Potosí. El candidato había sido un estudiante que sin dificultad podría calificarse de excelente […] su entusiasmo por el arte del pasado y por su propia ciudad, San Luis Potosí, resultaban un poco sorprendentes […] La tenacidad del autor lo hizo hurgar nada menos que 28 depósitos de documentos en San Luis Potosí, México, Morelia, Querétaro, San Pedro Guadalcázar, Sevilla, Madrid y Burgos, además de estudiar 12 fuentes manuscritas y una muy amplia bibliografía.

Entusiasta  por la historia, acucioso en sus investigaciones, preciso en el dato, profundo enamorado y gran conocedor de su ciudad, fueron algunas de las características de Alfonso Martínez Rosales, cuya ausencia física ocurrida el día 18, enluta a la historiografía mexicana y de manera particular a la potosina.

Poco pertinente resulta anotar sobre su vida que dio inicio el 30 de enero de 1949; habrá otros –en el seno de lo familiar y lo íntimo– que le conocieron mejor. Puedo, sin embargo, aportar algunos aspectos de su trayectoria académica, la cual fue el motivo de mi acercamiento a él y fue el mismo que incrementó mi admiración, no sólo por los conocimientos y las distintas maneras de aplicarlos, sino también por su generosidad y capacidad para transmitirlos.

Ya desde su tesis de licenciatura, aquella que le valió una reprimenda del licenciado Peña (presidente del sínodo examinador), eran evidentes sus aficiones historiográficas. Amparos virreinales en San Luis Potosí y el juicio de amparo mexicano, de 1973, fue la obra que marcó el derrotero de una vocación.

De ese mismo año fue su trabajo Centenario de la parroquia de San Miguelito, con el que ingresó a la Academia de Historia Potosina, cuerpo que en gran medida  posibilitó el surgimiento y fundación del Archivo Histórico del Estado de San Luis Potosí; institución en la que laboró de 1978 hasta 1990, primero como director y después como asesor de investigación.

Sus inquietudes historiográficas lo motivaron a cursar de 1975 a 1982, el doctorado en Historia en El Colegio de México; espacio educativo en el que se tituló con lauros y del que se desempeñaría como profesor investigador desde 1982 hasta su retiro en 1999. Dentro del mismo Colegio tuvo encargos diversos, destacando como director de la revista Historia Mexicana, de la que elaboró un exhaustivo índice publicado en 1991.

La obra académica de Alfonso Martínez Rosales tuvo siempre la constante de abordar desde diversos parámetros la historia de San Luis Potosí, en la que aplicó diversas capacidades analíticas, descriptivas y narrativas, las cuales logró llevar al término preciso por la constancia y la disciplina que le fueron características.

Su búsqueda del dato desconocido y preciso lo llevó tras la pista de Nicolás Fernando de Torres a trote y en ancas de motocicleta a recorrer las calles rebosantes de vida sevillana para descubrir de improviso y anheladamente el Archivo General de Indias. De estas peripecias orfebres fue joya preciosa de la corona bibliográfica potosina su Gran teatro de un pequeño mundo, publicado en 1985 por El Colegio de México y la Universidad Autónoma de San Luis Potosí; en esta obra sólo él podía asumir la primera persona e iniciar la autobiografía del fundador del Carmen de San Luis Potosí.

El interés por su ciudad supo encausarlo en variadas temáticas; así, el templo de la Merced que luego fue desplazado por Carmen, lo hizo obtener gracias a perversas indiscreciones halladas en el ramo de Inquisición, información diversa y lograr una reconstrucción hipotética de sus retablos y sus pinturas. Así también estudió los templos de San Juan de Dios, La Compañía y Loreto, San Sebastián, Nuestra Señora de la Salud y Tequisquiapan. El quinto centenario del encuentro de dos mundos, le hizo proyectar la construcción de una catedral sin diócesis, y las festividades del centenario de la Independencia le hicieron pensar en la torre obscura de la misma catedral.

Supo andar lo mismo los seculares y recoletos caminos de las haciendas potosinas, que seguir los andares del Regimiento provincial de Dragones; los pasos de los familiares del Santo Oficio inquisitorial en la provincia de San Luis Potosí, o los del déspota ilustrado José de Gálvez en cuyo seguimiento localizó información sobre la Alhóndiga, la Real Caja y sus jueces oficiales.

Navegó en similitud con la lópezvelardiana poesía sobre mares de documentos tras la ruta del viaje y tornaviaje de los jesuitas potosinos expulsos; de acaudalados o modestos migrantes, y píos o pícaros evangelizadores que harto contribuyeron al ensanche de Castilla. En estos océanos documentales nada escapó a su precisa labor de timonel y vigía: ni la ausencia de monjas en el real minero de San Luis, ni las manifestaciones de religiosidad popular en las que surgieron los festivos gigantes, o fueron jurados patronos los santos que protegieron a la ciudad de todo mal.

El conocimiento de lo estético le permitió bosquejar parte del patrimonio del Museo del Prado y vincularlo con su patria. Enlazó la historia del arte con los trazos caligráficos novohispanos, y logró mediante un bordado retratar la revolución francesa. Supo cincelar magistralmente los hospicios para misioneros de oriente, y la plata labrada en el derecho de vajilla; fue de igual modo veedor del arte prohijado por la Inquisición, que exquisito dorador en la elaboración de retablos; nada escapó a su pericia constructora de imaginarios. Su obra fue bonanza barroca dieciochena.

La bibliografía potosina fue otro de sus campos de estudio, en él habló y escribió como laureado predicador sobre las reales exequias a partir de los sermones virreinales, o interpretó las relaciones entre México y Japón a través de un sermón pronunciado en la dedicación del templo expiatorio de San Felipe de Jesús, por el obispo Montes de Oca, al que retrató en repetidas ocasiones con grandeza, ahora como campeón de baile en Oscott, ahora como excelso orador en las cortes vaticana o de Alfonso XIII.

Depositario de la memoria del cuarto obispo, hizo siempre patente su preocupación por la necesidad de publicar los diarios del árcade romano, y de recuperar el archivo histórico del obispado confiscado durante la Revolución.

Ese interés por los archivos y su afán por descubrir mayor información sobre su terruño, lo llevaron a lugares a los que nunca antes –y quizá después– ningún potosino había llegado en busca de documentos referentes a su entorno inmediato, a su patria chica. De ahí que siempre ponderara la importancia de la edición de las colecciones documentales –como los de la hacienda de La Tenería– para complementar estados de la cuestión y reconstrucciones historiográficas.

Hombre de contrastes y controversias; analítico y positivista, liberal y conservador; potosino hasta la médula; fiel exponente de la sociedad que criticó.

Exégeta de su entorno; conocedor de las figuras, signos y símbolos que estructuran y decoran los templos, su obra estuvo marcada por, como visionariamente escribiera Genaro María González, su primer prologuista, la confrontación entre lo viejo y lo nuevo, lo eterno y lo mudable. El cuento del joven abogado potosino significa un intento de unir el pensamiento, la vida y la palabra, hoy tan fragmentadas y divididas.

Cosmopolita y provinciano; atento siempre a la voz de las campanas, cuyo eco en algún momento templó su discurso y militancia política. Luego de recorrer el mundo como jesuita expulso y alcanzar las glorias académicas, regresó a su ciudad y se dedicó –alejado de la hipocresía del mundillo académico– con discreción a sus investigaciones.

Sarcástico y respetuoso; cáustico y reconfortante, siempre con la palabra rápida y precisa para el novel historiador que iniciaba sus trajines y topaba con pared. Generoso con alumnos y con todo aquel que le formulara alguna interrogante; siempre obsequioso de su saber, de datos sobre asientos documentales y pistas que llevaran a alcanzar respuesta. Tuvo por amigos a sus maestros, y supo ser maestro de sus amigos; los paseos por la Ciudad de México o cualquiera otra, fueron siempre un deleite, cátedras abundantes en datos, en interpretaciones.

Todos, aún la aleve muerte, le trataron con respeto, y no obstante que llegó en forma sorpresiva, tuvo el óbito de los justos: con tranquilidad y entre los suyos. Seguro lo último que pasó por su mente y lo primero que vio durante su tránsito, fueron los ojos de la avellanada escultura de Nuestro Padre Jesús, del templo de La Compañía, que tanto embeleso causaron en él y en su madre.

Hoy que ha caído un enlutado telón sobre el Gran teatro de un pequeño mundo, nada definirá mejor a don Alfonso que la rima de Pedro Calderón de la Barca con la que dio inicio a su trabajo sobre el barrio y templo de San Sebastián: Pequeño mundo soy y en eso fundo, que en ser señor de mí, lo soy del mundo.