david pérez

La protesta de trabajadoras sexuales en la Ciudad de México, en el contexto del Mundial 2026 pone en cuestión algunos aspectos de la organización. Mientras se afinan los detalles para mostrarle al mundo una ciudad «moderna», «segura» y «ordenada», para la organización hay cuerpos que dejan de caber en esa postal turística.

Las obras alrededor del Estadio Azteca —ciclovías, reconfiguración vial, restricciones al tránsito— han sido presentadas como mejoras inevitables. Progreso. Desarrollo. Preparación. En la práctica han significado algo mucho más concreto, como lo es impedir que ciertas personas trabajen. Si el coche no puede detenerse, no hay clientes.

Las trabajadoras sexuales lo han dicho sin rodeos en sus protestas, pues afirman que no están en contra del Mundial, están en contra de ser borradas por él. Han salido a la calle, han colocado mantas, han protestado una y otra vez. ¿Siete movilizaciones? ¿Ocho? El número importa menos que la insistencia, porque están diciendo algo que nadie quiere escuchar.

El discurso oficial responde con la cortesía de siempre para gestionar el conflicto no para transformarlo, es decir, mesas de diálogo, programas de apoyo, alternativas temporales. El problema es que cuando alguien pierde el 70 u 80% de sus ingresos, lo temporal no es solución, es maquillaje. No estamos frente a una política de inclusión, sino frente a una estrategia de desplazamiento administrado.

Porque no es sólo infraestructura. Es una narrativa. Una selección. Una curaduría social. Lo que se ve y lo que se oculta. Parece que, para algunos, las personas trabajadoras sexuales no encajan en la estética del evento. No venden bien en la transmisión global. No son parte del folleto turístico. Entonces se les mueve. Se les reubica. Al mismo tiempo, se hace evidente la doble moral. Porque hay datos de que en estos mega eventos la demanda de turismo sexual crece de manera exponencial.

El problema básico es el espacio laboral, sin embargo, no se trata únicamente de ingresos, sino de existencia política. Las trabajadoras sexuales en sus pancartas afirman que son parte de la ciudad. La respuesta que reciben es que sí, pero no aquí, no ahora y no así.

El espectáculo necesita orden. Y el orden, en estos casos, suele significar exclusión, sin embargo, las trabajadoras sexuales no están aceptando el papel que se les asigna. No están desapareciendo en silencio. Están interrumpiendo la narrativa.

Y eso incomoda más que cualquier protesta.

El bien común no puede construirse sistemáticamente sobre la precarización de los mismos cuerpos de siempre. Si el Mundial deja como saldo una ciudad más ordenada pero más desigual, más excluyente, menos habitable para quienes ya estaban ahí, entonces no estamos ante un éxito. Estamos ante una simulación.

@davidperezglobal

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