Ricardo Bravo

En una discusión de alto calado sobre la filosofía de la ciencia con el lingüista Noam Chomsky, el filósofo francés Michel Foucault rechazaba la imagen de la historia de la ciencia como una evolución progresiva en la que se acumula cada vez más conocimiento y se acerca cada vez más a la verdad. Por el contrario, describía esta historia como un proceso en el que nuevos paradigmas funcionan como una parrilla que aplasta y oculta parte del conocimiento previo y, a su vez, permite que el nuevo conocimiento surja o destaque. Esta es una lectura no progresiva de la ciencia: no son bloques que se apilan, sino redes destructoras y constructoras.

Existe un paralelismo entre estas dos formas de ver la historia de la ciencia y cómo se interpreta la historia de la humanidad. Es posible entender la historia y la evolución de la humanidad como la progresiva mejora, tecnológica y moral, por ejemplo, que nos acerca a la verdad o a nuestro máximo potencial. Podríamos juzgar esta cosmovisión como optimista respecto de la humanidad. Otra alternativa es entender la historia como un tira y afloja, sin un rumbo fijo, que nos hace pensar en el registro de un electrocardiograma. Seguro que ya varios se preguntan: ¿Cuál es el punto de esta digresión? El tema es que parecemos estar en un momento histórico en el que la visión progresiva de la historia pierde sustento día con día. Parece que lo de hoy es poner en duda muchas de las cosas que parecían acuerdos relativamente racionales y que ya dábamos por sentados. ¿Vale la vida de todas las personas por igual? ¿Es la Tierra redonda? ¿Tengo obligaciones morales con mis hijos? Lo de hoy son los librepensadores; un escepticismo total.

Y entre esas cosas que la sociedad ha empezado a cuestionar está: ¿por qué todas las personas deberían tener derecho a votar? Piénsenlo: Si los hay aptos y no aptos para la política, ¿por qué votarían los no aptos? Ya lo dijo Aristóteles, la mejor manera de distribuir algo es distribuirlo conforme al talento. Dar más a quien puede hacer mejor uso de ese algo. Hay un problema: ¿cómo decidimos quiénes son los gallos, los aptos, para la polaca? Veo con estupor el desarrollo de la discusión pública al respecto, principalmente en redes sociales. Una respuesta a la pregunta es peor que la otra. Pero por poco. La primera dice que la gente que debería tener voz política es la que tenga al menos un mínimo de educación sobre las instituciones del país. Si no sabes cómo funciona la administración pública, ¡Venga para acá tu voto! ¡Confiscado!

El segundo, el peor, no habla de conocimientos adquiridos para la discriminación, habla de aptitudes innatas. Aceptémoslo, nos dicen los ideólogos de esta muy innovadora propuesta: naturalmente, hay un grupo de la sociedad que está listo para la tarea política y otro al que se le dan… otro tipo de tareas. El maldito feminismo ha nublado el criterio de la buena mujer y le ha hecho creer que tiene valor para sus vidas tener una presencia pública, participar en nuestro autogobierno, ser, en otras palabras, ciudadanas. Pero ese es el problema: ciudadano y mujer son conceptos mutuamente excluyentes. Se es uno o se es otro, concluyen estos iluminados. Proponen entonces rectificar este error histórico y devolver el voto a donde siempre debió estar: en manos del marido o del padre de la mujer.

Estas aberraciones han generado revuelo en redes sociales. Yo no soy usuario desde hace mucho. Decidí crear una cuenta de Instagram hace unos meses, cuando empecé a compartir mis opiniones políticas de manera más formal. Entonces, ¿quizás estoy sobredimensionando la importancia de estas discusiones? ¿Las redes son, como siempre se ha dicho, una burbuja muy particular, casi separada de la realidad social? Supongo que es cierto que las redes no son una representación fiel de la realidad. Pero también creo que es innegable el poder de resonancia que tienen. Vimos cómo, por ejemplo, movimientos políticos que ahora son mayoritarios en diferentes países se crearon casi exclusivamente a través de redes. El caso que me parece más claro es el de Milei en Argentina. Por eso me preocupa que estas ideas ya estén en el ambiente. Porque ya lo estamos discutiendo. Porque se normalizan y cada vez sonarán menos aberrantes.

Ni modo. En ese momento estamos. Nos encontramos con el tedioso pero necesario deber de abordar el tema. ¿Por qué es importante la máxima «Una persona, un voto»? Hay diferentes argumentos para justificar esta máxima en la filosofía política. Aunque con grandes variaciones y debates irresolutos, en grandes rasgos, la compleja idea inicia con el axioma de la igualdad de estatus moral, que crea una obligación política para el gobierno para tratar a sus ciudadanos con igual consideración y respeto, y que solo puede ser descargada en el campo político mediante un procedimiento que se acerque a proteger la igualdad de oportunidades de influencia política de los ciudadanos, es decir, la democracia. En otras palabras, la justificación de la democracia se basa en el principio fundamental de igualdad. La eliminación de «Una persona, un voto» como proponen influencers varios, sería una violación de la igualdad de estatus moral de las personas, es decir, sería negar que los seres humanos tenemos igualdad de valor e igualdad de derechos; sería el primer paso para reconocer institucionalmente diferentes clases de personas.

Pronóstico: no les sorprenda que pronto se recomiende la reintroducción del sistema de castas de la Nueva España. Tienen mi apoyo siempre que la casta más respetada sea asignada a quienes miden más de 1.80 m.

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