José Cueli


La obra de Freud, considerada la de uno de los constructores del siglo XX, debería, quizá, junto con la de Darwin, Marx, Einstein, Nietzsche y Heidegger, ser tomada más bien como una de los grandes desconstructores de nuestra cultura, maestros del enigma, sospecha, fragmentación y pluralidad.

Freud plantea dentro del panorama de la cultura moderna la necesidad de un giro de notables e insospechadas dimensiones en el modo de pensarse del hombre.

A partir del sicoanálisis, la imagen de nosotros mismos se ha visto transformada notablemente, trastornada.

La repercusión de la obra de Freud, por recordar una vez más los términos en los que él mismo planteó su significación, puede con razón ser vista como la tercera gran herida que ha sufrido el narcisismo de lo humano a lo largo de la historia del pensamiento.

La herida que supuso la revolución copernicana, por la que el hombre dejaba ya de situarse como el centro del universo; tras la herida que siglos después supuso la teoría darwiniana de la evolución biológica, a partir de la cual el hombre ya no pudo sentirse en posesión de un estatuto absolutamente especial y único dentro del reino de lo viviente, con el sicoanálisis.

Con Freud vino a transformarse la imagen que el hombre se hace de sí mismo: no sólo se le ve desplazado del centro del universo y debe aceptarse como un eslabón más en la cadena de la evolución biológica, sino que, además, se ve obligado a renunciar a la idea de considerarse dueño y señor de su propia casa: el inconsciente, como orden exclusivo de poder de su conocimiento, voluntad, control, le habita, le determina, sin que él pueda llegar a conocer en sus justas dimensiones cómo, cuando y en qué forma.

Presento mis investigaciones como nuevas formas de lenguaje en el sicoanálisis, en mis siguientes artículos.

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