Luis Ricardo Guerrero Romero
A las seis de la mañana, cuando el hotel todavía bostezaba detrás de sus cortinas impecables, Julián se encontraba limpiando la alberca de uno de esos establecimientos donde hasta el silencio parece tener propina. El agua debía quedar transparente como una promesa y quieta como un lago de postal. Sin embargo, aquella mañana flotaba una hoja amarilla, un pequeño ejército de insectos y, para desgracia de Julián, una pelota con forma de pato.
Mientras perseguía al pato con la red, pensó que quizá limpiar albercas era una ocupación filosófica: uno retira lo que sobra, descubre lo que se esconde y, al final, vuelve a empezar. Entonces recordó una palabra que había escuchado años atrás en una clase de etimologías: frenómano.
La palabra sonaba casi como el nombre de un personaje excéntrico. Julián imaginó a un tal Frenómano, un hombre capaz de discutir con una estatua, saludar a las palmeras y escribir tratados sobre por qué las cucharas tienen alma. Pero detrás de aquella ocurrencia había una historia mucho más antigua.
El primer elemento procede del griego antiguo φρήν (phrēn), cuyo genitivo φρενός (phrenós) se relaciona con la mente, el entendimiento o la facultad de pensar. La lengua griega, siempre generosa con sus matices, podía llevarnos desde la inteligencia hasta la esfera interior de la persona. El segundo componente, en la formación que da origen a frenómano, se vincula con μανία (manía), es decir, locura, furor o estado de exaltación. Así, la palabra termina dibujando la imagen de alguien dominado por una actividad mental desbordada o por una obsesión intelectual.
Julián sonrió. Después de todo, el concepto no estaba tan lejos de la escena. Él había pasado veinte minutos intentando rescatar una pelota de pato como si fuera un asunto de Estado. Quizá no era frenómano; quizá simplemente tenía demasiada imaginación para una jornada que apenas comenzaba.
La etimología tiene esa curiosa costumbre: convierte una palabra en una pequeña cápsula del tiempo. En frenómano sobreviven sonidos griegos que atravesaron siglos para llegar hasta nosotros con una mezcla de mente y desvarío. Y mientras Julián sacaba finalmente el pato del agua, comprendió que las palabras también se limpian: cuando conocemos sus raíces, dejan de ser sonidos misteriosos y se vuelven historias.
El hotel despertó. Julián guardó la red. La alberca quedó impecable. El pato, por fortuna, también.







