david pérez
Jürgen Klopp apareció con una bandera. Para ser más precisos era una gorra con los colores de Alemania y una frase sencilla, «uno entre 83 millones». Acababa de asumir el cargo como seleccionador alemán y podía haberse limitado a hablar de futbol. Pero estaba en los días previos a las elecciones en algunos estados de la federación. Klopp habló entonces de recuperar el orgullo nacional de las «manos equivocadas». Dijo que quiere mostrar la bandera sin que eso signifique exclusión y que él defiende una Alemania abierta, diversa y amable.
Para recuperar algo primero hay que aceptar que, de alguna manera, se ha perdido. Las banderas no tienen propietario ideológico, pero los símbolos pueden terminar asociados a determinadas maneras de entender una nación. ¿Estamos dispuestos a aceptar que una corriente política monopolice los símbolos con los que una sociedad se reconoce a sí misma?
¿La izquierda se queda sin símbolos de identificación? En esa corriente ideológica se discuten y depuran los conceptos una y otra vez. Parece que, para que te den la tarjeta de integrante del «club de la izquierda» pesan más el currículum académico y la genealogía de los movimientos a los que has pertenecido que la capacidad de indignarse desde el pensamiento crítico o de soñar con un futuro más digno. Mientras una parte de la izquierda discute quién tiene derecho a pertenecer, otros están ocupando los símbolos capaces de producir pertenencia.
En este aspecto, la derecha tiene más fácil la tarea, basta con adherirse a un lema como «dios, orden y ley» y listo, automáticamente perteneces a esa manada ideológica. Por si fuera poco, la derecha también se apropia de conceptos que tuvieron su origen en las antípodas de su ideología, como el de «resistir» y el de «ser libertario». Y también se apropia de elementos simbólicos que teóricamente deberían servir para representar al conjunto de una nación.
Colombia acaba de vivir algo parecido. Durante la campaña presidencial, Abelardo de la Espriella convirtió la camiseta amarilla de la selección de futbol en parte de su movilización política. Sus seguidores fueron convocados a utilizarla y la prenda terminó en el centro de una disputa que llegó incluso a los tribunales. No era la primera vez que políticos colombianos vestían la camiseta nacional, pero esta vez su identificación con una candidatura fue tan intensa que durante unas semanas ponerse la amarilla podía ser leído también como una declaración política.
Una camiseta consigue algo que un discurso difícilmente logra. No necesita explicar qué significa patria, pertenencia o comunidad. Se viste, se canta, se celebra. Se comparte con desconocidos cuando hay un gol. De la Espriella entendió la potencia política de una emoción que ya existía y trató de vincularla con su proyecto. La discusión posterior se concentró en si tenía derecho a hacerlo.
Decir que alguien «se apropió» de un símbolo supone imaginar que los demás conservábamos intacta nuestra relación con él y que alguien vino simplemente a arrebatárnoslo. ¿Y si también hubo abandono? ¿Por qué ciertas tradiciones progresistas aprendieron a sospechar de palabras como patria, orgullo o identidad nacional mientras sus adversarios comprendieron perfectamente su potencia afectiva? Una bandera no nace de izquierda o de derecha, adquiere significado mediante los relatos, los cuerpos y las emociones que conseguimos colocar alrededor de ella. Quizá el problema no sea quién posee los símbolos, sino quién está dispuesto a producir significado con ellos.
Y ahí aparece una debilidad que merece ser discutida también desde la izquierda. Quizá se ha aprendido a denunciar, a desmontar discursos, a identificar estructuras de dominación y a explicar con enorme sofisticación por qué determinadas cosas están mal. Todo eso importa. Al mismo tiempo, una sociedad no vive solamente de aquello que rechaza. También necesita imaginar aquello que desea, como la alegría, la pertenencia, la esperanza, el orgullo y el futuro. Parece obvio, pero hay que repetirlo, la política no ocurre únicamente en el territorio de los argumentos, también disputa qué sentimos cuando decimos «nosotros».
Klopp hizo entonces algo más interesante que criticar a AfD. No renunció a la bandera porque otros intentaran cargarla con un determinado significado. Se la puso. Frente a una idea excluyente de Alemania colocó otra, una orgullosa y, al mismo tiempo, abierta y diversa. No abandonó el símbolo, disputó su significado. Frente a este argumento de Klopp, es muy difícil no recordar la inmensa bandera mexicana que está —o estaba— al fondo del escenario del salón de actos del caracol de Oventik. Una bandera que interpelaba a muchos de los que llegamos a las escuelitas zapatistas con poco afecto por esa clase de símbolos, utilizados tantas veces para invisibilizar a otros pueblos y naciones.
Si cada vez que una corriente política se apropia de una bandera, una camiseta, una palabra o una emoción quienes están enfrente dejan de utilizarlas porque quedaron contaminadas, manchadas, la apropiación termina completándose. La crítica puede explicar extraordinariamente bien cómo sucedió. La política, además, necesita construir algo que otros quieran compartir.
Klopp quiere recuperar una bandera. Colombia acaba de discutir por una camiseta. Quizá ambos episodios están haciendo la misma pregunta: ¿cuántos símbolos hemos entregado simplemente porque alguien decidió apropiárselos?
@davidperezglobal







