Carlos López Torres

De poco sirve a la sociedad que los gobernantes en sus discursos sobre cómo piensan enfrentar la crisis de la educación, que nadie se atreve a negar, hagan pronunciamientos efímeros sólo para salir al paso de una realidad ya insoslayable: el país no avanza según lo prometido. Más aún, la reforma educativa, que no lo es, no sólo ha fallado a las expectativas de los padres de familia, sino a los mismos educandos de los diferentes niveles de la enseñanza.

Un botón: en el lapso que va del Día del Niño al Día del Maestro, vecinos de la Unidad Habitacional Pavón alertaron sobre la presencia de una mini pandilla integrada por niños en edad escolar, cuyas acciones se repetían una y otra vez en las tiendas de esa colonia, donde el saqueo de dulces, refrescos, pan y botanas es un hecho cotidiano sin que autoridad alguna haga algo por atender los llamados de los habitantes, no obstante la denuncia de que algunos de esos pequeños prácticamente participaban con alguna de las pandillas que asuelan el vecindario.

Escenas como esta en el oriente, el sur y el norte de la capital, se reproducen cada vez con más frecuencia aunque en los últimos días los asesinatos a mano armada ocasionados por pandilleros y las ejecuciones de jóvenes ligados al narco, han captado la atención de la opinión pública por ser hechos graves que desmienten contundentemente las afirmaciones de que vivimos una paz envidiable.

Y es que la tremenda violencia alcanzada durante los últimos tres gobiernos de las derechas, ha permeado la sociedad en su conjunto y de manera específica la familia, iniciando un proceso desintegrador sujeto a todo tipo de influencias que se reflejan de manera inmediata en el aprendizaje y el comportamiento de los alumnos, que por supuesto no interesan a los burócratas responsables de la fracasada reforma educativa, aferrados en hacer más azaroso el desempeño con una evaluación que castiga y crea tensiones, a quienes con su preparación y experiencia atienden no obstante las necesidades escolares de las familias mexicanas y sus hijos.

Embelesados, gobernantes y dirigentes sindicales hacen causa común en los agravios hacia los maestros, quienes han visto atónitos cómo la denostación, la persecución, el uso de la fuerza pública, la criminalización de la protesta social terminan en el encarcelamiento y el asesinato de compañeros.

En estos días, cuando miles de maestros se proponen pasar de la manifestación callejera al paro indefinido de labores como medida para hacerse escuchar en un diálogo civilizado, lo único que han encontrado como respuesta es la intolerancia y la amenaza de despido por parte del secretario del ramo educativo, Aurelio Nuño.

En la entidad, gobernantes y dirigentes sindicales no se cansan de presumir los resultados obtenidos por las y los maestros que participaron en la pasada evaluación, aunque callan ante el hecho de que ello no hace sino demostrar que el supuesto de que los profes son flojos, poco preparados, etcétera, resulta ya insostenible, aunque tampoco nos explican quiénes son entonces los responsables del enorme rezago educativo en la entidad.

¿Serán acaso quienes coyunturalmente admiten la exigencia del capital trasnacional de imponer un modelo basado en la educación tecnológica, deshumanizante y proveedora de mano de obra barata, individualista y dudosamente competitiva?

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