Rosalía A. Villanueva

Iván García, el hijo de un vendedor de pollos en Guadalajara, prefirió la adrenalina de lanzarse al vacío en una plataforma de 10 metros. Las escuadras, los giros, las bolitas, todo lo dibujaba a la perfección para ejecutar el clavado.

Los sueños del niño cejudo y ojos coquetos no terminan, ambiciona más; acaso por ser el único clavadista del mundo que se arriesga para alcanzar el salto y la calificación perfecta.

El apodo de Pollo no le avergüenza. “Ya soy Gallo, eso espero (en Río de Janeiro)”, y estalla en risas.

Iván sorprendió por su talento en la Olimpiada Nacional, los Campeonatos Nacionales Infantiles y Juveniles, y también por el caracol que cargaba y soplaba en la porra de Jalisco.

Dio el gran salto en lo individual y junto con Germán Sánchez ha compartido triunfos, derrotas, y también lesiones en rodillas, hombros y espalda, porque ser clavadista de ese nivel también cobra factura en sus cuerpos.

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