Luis Ricardo Guerrero Romero

4:45 am y aún poco recordaba de lo que mi cuerpo disfrutó ayer, según yo es martes y en menos de una hora deberé estar abriendo el negocio familiar, otra vez a escuchar el clamor de las naranjas sometidas por el hierro duro y la fuerza simple de mi brazo, espero que hoy ninguno de los clientes finja ridículamente ser mi amigo haciéndome pláticas estólidas, si dejé el hospital fue precisamente porque no toleraba a los pacientes importunos que aún no conformes con estar contagiados hacían conversaciones lamentables, como si ellos fueran los menos afortunados en la vida. No aguanto este dolor intenso de cabeza, pero como disfruto usar esta expresión en lugar de emplear el término cefalalgia. Creo que indudablemente tuve una noche que osciló entre el placer y las dichas basáricas, sin embargo, ahora deberé conjugar el goce de mi anterior noche con el trabajo del zumo y la salud, vender jugos y licuados me ha dado más libertad que estar en una habitación blanquecida, es una gran ventaja haber renunciado a las recetas médicas por la preparación de jugos verdes y licuados matutinos, súbito desayuno de los estudiantes. Suficiente reflexión, debo lograr ponerme de pie y llegar hasta el local donde ya seguramente espera aquel viejo que, como yo, requerirá 10 pesitos de jerez. Y con ella, pues, tendré que hacer lo que siempre con las otras mujeres, una incisión en la yugular y otra en alguna área del nervio vago.

Parece ser cierto que en cada uno de nosotros albergan muchos más, la natural dinámica de vida exige que el individúo sea más de uno para que éste llegue a cumplir las muchas actividades que la sociedad o el trabajo demandan, no obstante a esas listas de labores por cumplir no deberían ser efugios de las responsabilidades sustanciales, puesto que, aunque todos hacemos más de un rol de vida, siempre contemplamos una meta precisa, aunque seamos efectivamente una oscilación perpetua, ya por ejemplo, de esto nos hablaba con mayor agudeza el filósofo Arthur Schopenhauer al indicar que: “La vida como péndulo, oscila constantemente entre el dolor y el hastío”, pero comenzar una disertación acerca de tal sentencia nos ocuparía demasiado, así que mejor, centrémonos en la divagación de lo que es pues eso de oscilar. Comenzamos por asumir que este verbo es poco empleado por la mayoría de los hablantes, salvo en las áreas como en la economía donde funciona a modo de sinónimo en lugar de fluctuación, o bien, también se usa la palabra péndulo al recordar el mecanismo de algún sofisticado Ansonia, y evidentemente al admirar el funcionamiento oscilar del péndulo de Foucault. Todo lo anterior nos lleva a entender algo, el asunto de oscilar parece estar muy ligado al péndulo desde tiempo antiquísimo, pero también muy vinculado al tiempo y a lo sobrenatural, y es que fue así que surgió en la antigua Roma la idea y acción de oscilar, bajo los rituales en honor a Baco y las ofrendas saturninas, ya que para rendir tributo a estás deidades los sacerdotes pendían de una rama una máscara sujetada con un cáñamo, y según la inclinación que tuviera la figurilla sería la suerte que la región viviera. Tal contextualización obedece a que la palabra oscilar, proviene de la palabra latina: oscillum, diminutivo de os, boca o bien rostro, es decir que, lo que colgaban de la rama era una representación de hombre, su rostro, y los dioses eran encargados decidir por medio de las fuerzas de la naturaleza, qué pueblo daría la cara por ellos. En resumidas cuentas, oscilar sería dejarse columpiar, vacilarse por el poder sobrenatural que rige el mundo, tema más o menos paralelo al asunto que revelan las líneas de la obra: El péndulo de Foucault, escrito por Umberto Eco.

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