Pilar Torres Anguiano
Francisco I. Madero decía que es en los verdaderos intelectuales en quienes está la salvación de México, no en los científicos aristócratas y tecnócratas, sino en aquellos hombres libres, sin compromiso ideológico con régimen alguno, en quienes se forja la libertad. Por otro lado, algunos comentaristas de Vasconcelos coinciden en que no hubiera sido un buen presidente porque no era un político, sino un intelectual arrogante. Vasconcelos –modestia aparte– creía encarnar la personalidad de Ulises, el héroe de la Odisea. Pensaba que América Latina se encontraba en un estado similar al de la Grecia antigua (separados política y territorialmente, pero cultural y espiritualmente unidos). Así viajaba el Ulises criollo por Latinoamérica anunciando la llegada de una nueva Atenea que moldea el alma de la futura gran raza, que hoy vive como en los tiempos de Ulises, dispersa. En estos términos Vito Alessio Robles narra sus Andanzas con nuestro Ulises, un texto que sitúa a Vasconcelos entre el mito y la profecía.
José Gaos, amplio conocedor de la cultura mexicana, señala que hay dos tipos de pensadores: los que tienen una multiplicidad de ideas que van modificándose conforme el tiempo, y los que tienen una sola idea de la que emana un sistema a la luz de la cual contemplan la realidad. Vasconcelos es de estos últimos; esa idea es el ser y su manifestación estética. Se plantea el misterio del cosmos y su relación con la existencia humana desde un punto de vista más orientado a la sabiduría que al razonamiento, porque la emoción –dice– es más radical que el pensar.
Alguna vez, Andrés Henestrosa comentó una anécdota ilustrativa sobre las prioridades de Vasconcelos:
Siendo candidato presidencial en 1929, viajaba en tren con su comitiva, para un importante mitin en la Ciudad de México. En un vagón iba el maestro y alguien entró a verlo para comentarle alguna noticia y de paso, enterarse de qué trataría el discurso que estaría preparando para su público. Pero Vasconcelos estaba dedicado a los últimos detalles del manuscrito de su libro Tratado de Metafísica, porque quería aprovechar la oportunidad de entregárselo a su editor para que ya se publicara. El discurso político podía esperar; y es que la política, como la educación para Vasconcelos, no es sino la puesta en marcha de la filosofía. En una carta escrita a Alfonso Reyes, le dice: saldrán próximamente mis estudios indostánicos, pero nadie se ocupa en serio de ellos. Si no fuese político, nadie me leería.
Su filosofía es una búsqueda constante del ser, se denomina Filosofía de la coordinación y abarca la cosmología, metafísica, lógica, ética y estética. Para comprender su propuesta educativa son fundamentales dos obras: Pitágoras, una teoría del ritmo, en la cual realiza una lectura estética de la filosofía pitagórica y La sinfonía como modo de conocimiento, en la que se encuentran las bases de la pedagogía estética y la idea de que la música es el paradigma de las artes.
En el Tratado de Metafísica, precursor del pensamiento postmoderno, busca superar la dicotomía entre ser y conocer, sujeto y objeto, oriente y occidente. Sostiene que la sabiduría sintetiza lo que la razón divide. Por ello, en su propuesta educativa promueve el pensamiento creativo y los valores que integran el saber, en lugar de las asignaturas que en un afán especializado aíslan el conocimiento en lugar de integrarlo transversalmente.
En su Estética sostiene que el arte sólo se concibe si es liberado del academicismo museográfico, por lo que lo lleva a las calles, a los parques, a los edificios. En estas obras también se obtiene la idea del a priori estético, que hace referencia al modo de percibir la realidad y al ser del mexicano, que es emotivo, integrador, sincrético. Por ello la columna vertebral de la propuesta pedagógica vasconceliana es que toda reforma educativa debe ser pensada por y para mexicanos, evitando copiar sistemas y esquemas extranjeros.
Es cierto que el discurso vasconceliano tiene implicaciones anacrónicas, insostenibles e imperdonables, como la importancia de los conceptos de raza y nacionalismo, que caen en el fascismo. No obstante, toda propuesta filosófica contiene elementos particulares que sólo se entienden al contextualizarse, pues sólo las ideas universales son las que trascienden. En su juventud, los planteamientos apasionados y contradictorios, arrojados en medio de ideas brillantes, eran una constante. En su vejez, la amargura, aunada a la fuerza de su franciscana religiosidad, merma la profundidad del filósofo y le estorba en su quehacer. Busca al Dios de los filósofos y al mismo tiempo se somete a los dictámenes de la iglesia. Quiere distinguir al Dios en el que cree, de la religión en la que vive. Amo a Dios, pero me choca la iglesia, le escribe en una ocasión a Alfonso Reyes, pero años más tarde confiesa sentir repugnancia por todo aquello que dijo o pensó alguna vez en contra de la iglesia. A este Vasconcelos, humano demasiado humano, le duelen sus ideas, las arrastra, las convierte, lo sobrepasan, no sabe qué hacer con ellas. Le estorba su pasado, pero no puede dejarlo porque lo necesita. Al final de su vida se orienta al misticismo franciscano, aunque en ocasiones nos recuerda más a Unamuno, o Kasantsakis.
Vasconcelos –a quien Carlos Pellicer llamó una cicatriz de fuego en la conciencia, una huella imborrable, un compromiso con la cultura mexicana y con la educación en México– muere el 30 de junio de 1959 en la Ciudad de México y con él, la mayor parte de sus ideas. No está en la rotonda de personas ilustres. Hay un par de calles y escuelas con su nombre, pero no es objeto de grandes homenajes ni altares cívicos. No se le perdonan sus desvaríos fascistas de los años cuarenta. Tampoco puede saberse si habría sido un buen presidente, pero después de todo, los verdaderos intelectuales están más allá de las categorías maniqueas, por lo que no hay mejor homenaje para un filósofo que repensar sus ideas, dialogar con él, cuestionarlo. Obligarlo a que responda desde el mundo de las ideas.
@vasconceliana




