María del Pilar Torres Anguiano
Iniciaba un año escolar. En alguna ocasión de los años ochenta, mi amorosa abuelita fue a recogernos a la escuela a mi hermano de seis años y a mí, de nueve. “¿Hijito, en dónde dejaste tu suéter?”, le preguntó. “¡Se me olvidó por pendejo!” respondió mi hermanito. Pobre de mi abuela, no podía creer las palabras que salían de la boca del niño. Sobra decir que esas palabras no se empleaban en mi casa por ningún motivo. Entre la risa contenida y el asombro, mi abuela le aconsejó a mi hermano no utilizar palabras cuyo significado no conocía. Esta sencilla anécdota, seguramente replicada en la gran mayoría de los hogares con niños que ingresan a la escuela, encierra una gran verdad. Entrar a la escuela es una revolución existencial. Los niños se están adaptando a un nuevo grupo social, están ampliando su mundo y las palabras que incorporan a su vocabulario cotidiano es prueba irrefutable de ello. En el sentido literal y metafórico del término, el lenguaje nos transforma.
Utilizamos nuevas palabras para denominar emociones y experiencias que no conocíamos. Materialmente, el horizonte del niño se está ampliando y así lo demuestra su lenguaje, aunque sea con palabrotas cuyo significado ignora. Ese es un hecho al mismo tiempo individual y colectivo, porque a través del lenguaje nos explicamos el mundo a nosotros mismos y juega un papel fundamental en la conformación del grupo social. Cada generación tiene sus términos propios, a partir de los cuales construyen y manifiestan su identidad y diferencia. El lenguaje, ese vínculo entre el Yo y el mundo, está en constante transformación.
Hace algunos días, en Twitter, leí el mensaje de un conocido en el que preguntaba con sarcasmo: ¿Por qué ya nadie utiliza términos como ¡recórcholis! ¡cáspita! o ¡eureka! para manifestar sorpresa, algarabía o euforia como antaño? Mi opinión, con la profundidad argumentativa que se puede alcanzar en 140 caracteres, fue que la razón por la que tales términos han caído en desuso radica tal vez en que ya no comunican nada y que la realidad de hoy es más violenta, por lo que exige términos más acordes para ser reflejada. Desde luego, la anterior es solo una opinión que debe exponerse con mucho mayor detenimiento, pero buscaba ser un punto de partida para reflexionar sobre la esencia del lenguaje.
Michel Foucault decía que el lenguaje normaliza a un cuerpo social y define el discurso, el cual, a su vez, es una búsqueda de poder y apropiación. En ese sentido, el lenguaje define la dinámica de las relaciones sociales. Algo ocurre con las palabras que elegimos para expresar lo que pensamos. No deben tomarse a la ligera, pues, seamos o no cuidadosos al elegirlas, las palabras nos representan. Delimitan nuestro territorio. A partir de ellas pensamos y nos intentamos explicar el mundo. El pensador auténtico, dice Martin Heidegger, es aquél que es capaz de escuchar la voz del ser, para mostrarlo. El lenguaje, en el esquema de este filósofo alemán, es la casa del ser y el lugar en donde habita la verdad. De ahí su importancia.
Al hablar nombramos las cosas, lo cual constituye algo esencial si caemos en la cuenta de que nombrar es prácticamente abrir nuestra existencia al ser. Una vez nombrado algo, al parecer, ya no hay vuelta atrás. En alguna ocasión, metí una perrita callejera a mi casa, supuestamente para darle de comer sólo por esa noche; sin embargo, le puse un nombre, y ya nunca pude separarme de ella. Así, denominar algo es traerlo al mundo, pero a veces también es tomarlo prestado o arrebatarlo, para apropiarnos de aquello. Por ejemplo, la apropiación del término “antro” por parte de los jóvenes, para denominar un buen lugar para divertirse por las noches. Transformamos el significado o connotación del término porque así nos funciona. Hay muchos otros ejemplos: naco, chilango, godínez (con minúscula). Para algunos, no es otra cosa sino la legitimación de un término odioso, para otros es la re-apropiación del mismo para neutralizar su carga peyorativa. Jugar con significados y crear otros.
El lenguaje es, en consecuencia, el lugar donde habita auténticamente el hombre como existente, como ser en el mundo. De ahí que cuando leemos un texto, en buena medida, estamos leyéndonos a nosotros mismos. Proust decía que la buena literatura tenía como principio inventar una lengua propia, extranjera dentro de la misma lengua.
Nietzsche descubre que el lenguaje es un puente entre la realidad y el mundo de ilusiones en el que nos movemos. Así, es indispensable para comprender la vida y la cultura de un pueblo. Propone someter a las palabras a un análisis para observar la significación que de manera sociológica se les atribuye, qué efectos ejercen sobre el sujeto en su realidad individual y social. La importancia de las palabras es tal, que para Nietzsche los problemas filosóficos son en realidad problemas del lenguaje. Más aún, el problema de la filosofía es un problema retórico. La realidad para él es un devenir, inabarcable e inalcanzable. Las palabras no nos alcanzan, no nos traen directamente esa realidad, pero es lo único que tenemos, por ello hay que jugar con ellas, exprimirlas, y lograr a través de figuras retóricas que logren vincularnos con el universo.
La realidad, dice Nietzsche, se expresa a través del lenguaje a partir de una excitación nerviosa, de una emoción. Se genera una imagen y después se trata de expresar, de transmitir con palabras. Es decir, primero se siente, luego se crea la imagen de lo que se siente y después se transmite ese sentir de la forma más cercana posible a lo real a través de metáforas, de conceptos, o bien, como los niños en sus primeros años de escuelas, con groserías. Así, después de Nietzsche, la filosofía estaba en condiciones de afirmar junto con Ludwig Wittgenstein, que el límite de mi lenguaje, es el límite de mi mundo.
@vasconceliana





