Iván Restrepo

Justo hace medio siglo, el destacado investigador Arturo Warman señalaba que la insuficiencia en la producción del maíz era un fenómeno crónico en la historia de México. Mencionaba que las crisis registradas en el cultivo del que es el alimento fundamental para la población, eran de corta duración, cíclicas, debido a fenómenos y/o catástrofes meteorológicas fuera del control de la sociedad.

Y recordaba al respecto cómo a mediados de los años 70 del siglo pasado fue necesario importarlo. Advertía también que el volumen de lo que venía de fuera mostraba una clara tendencia al crecimiento, lo cual era señal de alerta para que el gobierno federal tomara medidas a fin de garantizar la independencia alimentaria.

Con el propósito de revertir esa tendencia, en el sexenio de José López Portillo (1976-1982) se estableció el llamado Sistema Alimentario Mexicano (SAM), por el cual se concedió prioridad a lograr la autosuficiencia en la producción alimenticia, teniendo al maíz como eje central de las políticas del Estado mexicano en el agro.

Dichas políticas abarcaban lo relacionado con precios y subsidios al cultivo del maíz, a la construcción de infraestructura en el agro y crédito a los productores vía las instituciones del Estado. Sin embargo, lo que hemos visto desde entonces es que sexenio tras sexenio se fueron eliminando los apoyos al cultivo de los productos básicos. Y a la par, creció la dependencia, en especial de lo que se cosecha en Estados Unidos.

Hoy el maíz es el producto que nuestro socio comercial más vende a México: un incremento de 132 por ciento el último decenio. Las importaciones el año pasado ascendieron a poco más de 26 millones de toneladas métricas, por las cuales se pagaron 5 mil 920 millones de dólares. En lo que va de este año, importamos ya de nuestro vecino más de 5 millones de toneladas, la mayor parte amarillo y transgénico.

Se trata de una cantidad sin precedente. Y otro dato nada alentador: somos el cliente número uno de Estados Unidos en el mercado agropecuario. De erogar casi 18 mil millones de dólares hace una década, se estima que este año será superior a los 31 mil millones. Un 71 por ciento más.

Este panorama nada alentador es fruto de la falta de apoyo que el sector público ha concedido a los productores agropecuarios, algo de lo que no es ajeno el sexenio anterior, que virtualmente redujo cuando no es que desmanteló el sistema crediticio hacia el campo. Y muy especialmente dejó sin la protección requerida a los productores del preciado alimento.

Si consideramos lo que muestra la realidad, los funcionarios olvidaron que el maíz es el producto fundamental en la dieta de la mayoría de la población. Los cálculos más acertados señalan que aproximadamente tres cuartas partes de la población rural y la mitad de la urbana, tiene en su consumo la mayor proporción de requerimientos de calorías.

A la par, una significativa porción de otros nutrimentos. Y si bien su importancia nutricional no es tan determinante en una parte de la población, su consumo está generalizado y es el básico entre los cereales. Warman y el historiador Enrique Florescano señalan que es el producto de demanda cotidiana alrededor del cual se organiza toda la alimentación. Y que en casi todo México la existencia del maíz constituye la frontera del hambre.

En tanto se disponga de él, independientemente de la escasez de otros alimentos, no existe una situación crítica de hambruna. Florescano nos ilustró la rebelión que en la colonia hubo por la carencia de tan preciado grano. La advertencia de que sin maíz no hay país va camino de hacerse realidad si dependemos del exterior de los alimentos básicos. El absurdo es que México cuenta con la suficiente extensión territorial y mano de obra para producir lo que mayoritariamente se consume en los hogares.

Y hasta para exportar. Pero brillan por su ausencia los apoyos requeridos para lograrlo. Y es lo que especialmente este año ha llevado a que en diversas entidades del país surjan las protestas de los productores agrícolas, especialmente de maíz y frijol, por la falta de apoyo para el cultivo y comercialización de dos componentes básicos de la alimentación nacional. Cambio en la Secretaría de Agricultura y Desarrolo Rural. Llega álguien que, nos dicen desde el gobierno, conoce a fondo los problemas del campo. Ojalá con ella comience el cambio que requiere con urgencia el sector agropecuario.

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