Federico Anaya Gallardo
El 24 de febrero de 2022, en La Mañanera, el presidente López Obrador recordó que la posición de México en el conflicto ruso-ucraniano era por la solución pacífica de las controversias. (Liga 1.) El 9 de abril siguiente, en un mensaje especial, el presidente mexicano reiteró esa posición; rechazó la invasión rusa –recordando las amargas experiencias mexicanas, incluida la intervención estadunidense que desmembró nuestra República en 1848– y llamó a detener lo antes posible las hostilidades. (Liga 2.) El 4 de mayo, López Obrador señaló que las partes beligerantes habían fallado al buscar una solución política al conflicto; reconoció que el mismo podría escalarse –por lo cual era indispensable abrir un diálogo serio– y dijo que México no se uniría a las sanciones en contra de una de las partes, porque ello nos inhabilitaría para mediar efectivamente en la crisis. (Liga 3.)
En La Mañanera del 13 de junio, al tiempo que Europa y EU aumentaban el apoyo militar a Ucrania, López Obrador se preguntó “—¿Qué, no se pudo evitar la guerra en Ucrania? Claro que sí, falló la política y miren el daño que ocasiona, pérdida de vidas humanas. Qué fácil es decir: ‘Ahí mando tanto dinero para armamento, yo pongo las armas y ustedes ponen los muertos.’ Es inmoral. Cuántos desplazados, refugiados, y agreguen el daño económico, esto que estamos mencionando, los precios de los combustibles en Europa, la inflación. Ya no debe continuar la misma política y se tiene que poner en el centro a la gente, no las élites, no los intereses de los arriba, sino pensar en los pueblos”. (Liga 4.) Ese mismo día, por la tarde, el periódico Los Angeles Times denunció que las palabras del presidente mexicano estaban dirigidas a la OTAN y que la negativa mexicana a sumarse a las sanciones anti-rusas eran una “ambigüedad”. (Liga 5.)
México no sostiene una neutralidad perfecta en este conflicto. Es decir, nuestro país ha condenado la invasión y por ello votó con los países de la OTAN y EU en contra de la Federación Rusa en el Consejo de Seguridad el pasado 27 de febrero de 2022. En esa ocasión no hubo, de parte de nuestro país, ningún intento de contextualizar o complejizar las razones por las cuales Rusia habría invadido Ucrania. Eso sí lo hizo, en cambio, Martin Kimani, el embajador de Kenia ante la ONU. Recordó que las fronteras nacionales de África se trazaron desde las capitales imperiales durante la descolonización. Aceptó que los Estados-Nación africanos estuvieron de acuerdo en eso porque era una alternativa mejor que ir a la guerra para lograr la “homogeneidad étnica, racial o religiosa”. Kenia también votó contra la Federación Rusa, pero la contextualización realizada por Kimani recordó a todos que la cuestión ucraniana era –al menos en parte– análoga a la africana. De entrada, la cuestión étnica ha estado presente desde que la población étnica-rusa del oriente ucraniano reclamó un estatuto federal a KIev. De salida, la Crimea étnicamente rusa no había sido parte de la RSS de Ucrania sino hasta que el gobierno comunista central de la URSS, a instancia de Khruschev, la entregó a los ucranianos.
La intervención de Kenia en el Consejo de Seguridad fue razonable. Votar contra la invasión rusa, pero explicar complejamente el problema. Junto con Kenia, otros diez estados votaron contra la invasión: Albania, Brasil, Gabón, Ghana, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Irlanda, México y Noruega. El consejo tiene 15 votos, pero cinco de ellos tienen facultad de veto (EU, Inglaterra, Francia, Rusia y China). Aparte, “los cinco grandes” tienen asiento permanente. Los otros diez consejeros se rotan, electos por la Asamblea General. El 27 de febrero de 2022 nadie votó a favor de Rusia. China, India y los Emiratos Árabes se abstuvieron. La Federación Rusa ejerció su veto en solitario.
El arreglo del Consejo de Seguridad puede parecer absurdo, pero tiene sentido. Se concibió en 1945 antes de que se supiese de la existencia de la bomba atómica y se basa en la idea de balance de fuerza entre las potencias aliadas vencedoras en la segunda guerra mundial. Si sólo la fuerza hubiese importado en aquellos años, sólo habría habido “tres grandes” (EU, URSS e Inglaterra). Incluso, los estadunidenses y los soviéticos podrían haber sacado de la jugada a los británicos. (Después de todo, tanto Washington como Moscú coincidían en que los imperios coloniales europeos debían ser desmantelados.) El American junior partner inglés permaneció en el arreglo. Incluso se invitó a la Francia gaullista a la mesa de los grandes aliados –pese a su humillante derrota en 1940 y a que en 1943-1944 había más franceses peleando bajo los estandartes fascistas que bajo las banderas aliadas. ¿Por qué? Para asegurarse que la política internacional no se decantase a un enfrentamiento entre dos hegemones. Era obvio que los británicos jugarían del lado estadunidense. Pero Francia, pese al conservadurismo innato de De Gaulle, era una incógnita. París ha jugado como ficha más bien independiente desde entonces –cosa que los soviéticos y los rusos siempre han agradecido. En 1945, el quinto asiento permanente se dio a China, cuya guerra civil entre nacionalistas y comunistas aún no había terminado. El triunfo maoísta aseguró a la URSS (y ahora a la Federación Rusa) que ese voto-veto no basculase siempre a favor de EU.
Toda esa complicación tiene un sentido. Una vez que el Terror Nuclear estuvo bien repartido (a partir de 1955, aproximadamente), el arreglo plural del Consejo de Seguridad abrió a EU y a la URSS un espacio de negociación institucional que podría evitar una conflagración mayor entre los dos gigantes –incluso si alguno de ellos perdía la razón. Ya comenté en este espacio, lectora, cómo el primer ministro británico Attlee viajó a Washington para recordarle al presidente estadunidense Truman que la autorización del Consejo de Seguridad en la guerra de Corea de los años 1950 NO incluía ataques nucleares. Si la prudencia no hubiese regresado a la Casa Blanca, el gobierno laborista de Su Graciosa Majestad acaso habría acudido al consejo para plantear una prohibición al gran hegemón capitalista.
El arreglo, sin embargo, empujó a EU y a la URSS a pelear sus guerras a través de representantes (Proxy Wars). Lo hicieron en Medio Oriente, Indochina, en África y en Centroamérica. Pero según la guerra se acercaba al territorio-núcleo de las superpotencias, la tensión aumentaba. Esto ocurrió en dos ocasiones. La última fue cuando los estadunidenses apoyaron a los mujaidines afganos en contra de la invasión soviética de 1979. La derrota de Moscú y la humillante retirada del Ejército Rojo fueron las primeras señales del colapso del orden de la segunda postguerra.
Para entender la situación actual, es más interesante la Crisis de los Misiles en Cuba de 1962. La Revolución Cubana alineó a La Habana con Moscú en la Guerra Fría y Khruschev aprovechó la oportunidad para colocar misiles atómicos en la gran isla del Caribe. Washington bloqueó navalmente la Isla y el mundo estuvo al borde de la guerra nuclear. ¿Por qué EU fue tan extremo en su reacción ante los misiles en Cuba? Porque representaban una amenaza existencial para su pueblo. En el mejor de los escenarios, un intercambio nuclear afectaría permanentemente las metrópolis de las costas Atlántica y del Golfo. El simple riesgo justificaba un ataque preventivo contra Cuba.
No se activó el Consejo de Seguridad de la ONU porque cualquier resolución no-satisfactoria a una de las super-potencias sería vetada. Lo que quedaba era dialogar de modo directo. Kennedy y Khruschev lo hicieron y se evitó la guerra. Un milagro, pero también, un ejemplo. Analicémoslo.
En este espacio, lectora, hace años te comenté que el pacto de 1962 entre EU y la URSS luego de la Crisis de los Misiles tuvo dos correlatos olvidados. (Liga 6.) Uno, la retirada de los misiles nucleares estadunidenses de Turquía –que significaban, también, una amenaza existencial a la URSS. Otro, la negociación –liderada por México– del Tratado de Tlatelolco (1967) que desnuclearizó no sólo el Circuncaribe sino toda Latinoamérica. México prestó un servicio interesado a la República Imperial. Para EU era conveniente consolidar jurídicamente (mediante un tratado) lo que la confrontación de fuerza había establecido de facto (negociación con Moscú). México ganó preeminencia regional e internacional y –lo más importante– redujo las consecuencias de una potencial guerra nuclear para sí y para toda la región latinoamericana.
Nota, lectora, la continuidad del interés nacional mexicano. En la guerra ruso-ucraniana primero defendimos la no-intervención porque fuimos víctimas de invasiones y condenamos a la Federación Rusa en el Consejo de Seguridad. Pero no nos vamos a alinear ciegamente a EU-OTAN porque, si la Federación Rusa responde nuclearmente a la amenaza existencial de una Ucrania dentro de la OTAN, el armagedón nos afectará irremediablemente. Debemos encontrar una alternativa. ¿Es posible un arreglo al modo del Tratado de Tlatelolco?
Ligas usadas en este texto:
Liga 1:
https://www.youtube.com/watch?v=bq–a5P3__o
Liga 2:
https://cnnespanol.cnn.com/video/lopez-obrador-mensaje-trudeau-ucrania-guerra-sot/
Liga 3:
https://www.youtube.com/watch?v=mwV5LOyJqk4
Liga 6:
https://julioastillero.com/el-misterioso-poder-militar-autor-federico-anaya-gallardo/





