Luis Ricardo Guerrero Romero
Íbamos como era costumbre en la empresa, todos los operadores a recibir al nuevo gerente que redireccionaría nuestras vidas y con ello: horario, prestaciones, sueldos y quehacer social. Por fin llegamos a la recepción del importante personaje oriental, el hombre de ojos hendidos, miradas de cuchillas samuráis que lejos de observarnos como piezas de trabajo, nos miraba en un tablero de weiqi, no sabíamos quién iba ser piedra negra y quién blanca, sólo sabíamos que el partido ya había comenzado, entre bocados parcos y vistosos el nuevo gerente saludaba con una sonrisa y un español perfecto a todas sus piezas de juego. De pronto fue mi turno, llegó a mi lado a preguntarme si sabía algo de su cultura o de él. Y lo que se me ocurrió –para que el pinche chino no me subestimara–, fue nombrar a los ocho inmortales que me había aprendido una noche anterior previniendo este evento, entonces comencé cual letanía vacía de sentido pero bien aprendida: Chung-Li, Kua-Lao, Dong-Pin Lu, Guo-Chiu Tsao, Tieh-Guai Li, Hsian-Tzu Han, Tsai-Ho Lan y Hsien Ku Ho; se los dije todos con una pronunciación peculiar, gracias a la devoción que tengo hacia las películas de Jackie Chan, y estaba tan seguro de mi listado que ni el inventor de mortal kombat me habría superado en respuesta. Entonces, el ancestral recién gerente, me observó con detalle –o no sé si sólo me vio con naturalidad–, y me dijo: ¿eso dónde lo aprendió?, a lo que contesté: –En la academia.
En la academia se supone es donde se enseñan todo tipo de conocimientos hasta nuestros días. Hay más aun, tendencias televisivas que han usado este sustantivo para crear programas donde efectivamente se aprende a cantar, también se usa el termino academia para aquellos sitios en donde se instruye en las artes de la cocina, belleza –uñas, extensiones, maquillajes y cortes de cabello–, baile, defensa personal, incluso en la Secretaría de Seguridad Pública tenemos academia de policía, es decir que nuestros gendarmes son todos unos académicos en seguridad. Podemos enlistar más tipos de academias que en nuestra época existen, sin embargo lo que deseamos exponer es más bien, cómo es que surgió este sustantivo para nombrar a tantas instituciones que parecen tener una finalidad en común: educar, adiestrar, enseñar.
Comenzaremos por decir que ese carácter institucional no era tal cuando se gestó la primera de las academias, o sea la platónica. Efectivamente fue en Grecia antigua en donde se erigió o más bien se juntaron para hacer la academia de Platón. Enfatizamos que no se erigió, ya que nunca se levantó ni un ladrillo para esta academia que descansaba entre jardines de olivo y árboles de plátano en donde se dialogaba sobre: filosofía, ciencia de las matemáticas, la música y la astronomía. Fue nombrada tal porque, ese terreno de tertulias era propiedad de un héroe legendario de la antigüedad: Ακαδεμυς(Academos) cuyo nombre pasó al latín como Academo, y se configuró la palabra con un sufijo de lugar ia, academia, el lugar de Academo. Este lugar era también usado como gimnasio, así que había de todo y como andaban desnudos, había naturalmente de todo, ya que cuando los helenos se juntaban, se decía era por Θιασος(Thiasos), con la finalidad de fiestas báquicas, en pro del saber era obligatoria la dedicación a algún dios.
Nombrar a una institución academia, resultaría anacrónico en sentido estricto pues es una clase de topónimo, pero también es resultado plausible que en determinado lugar se consagre a un aspecto del conocimiento.





