Luis Ricardo Guerrero Romero

“La felicidad no es la ausencia de problemas, sino la sabiduría para manejarlos” (Montesquieu). Disfruté demasiado el aprender del joven Jack, era una de esas especies que nació con el cronómetro integrado. Saben a qué me refiero, una hora para comer, una hora para convivir, tiempo exacto para descansar, y tiempo medido para copular. Estoy seguro de que cualquier empresario hubiera tenido el gusto de contratarlo y jamás prescindir de él. Su nombre real no era Jack, así le gustaba que le nombraran, pues es de esperarse de un sujeto con ese régimen que sólo puede venir de una familia puritana, y bien se constata con su nombre real: Drogo, pues este tipo nació un 16 de abril día de San Drogón de Sebourg. Evidentemente que Jack no iba lograr ser ningún prestigio presentándose con su nombre verdadero.

Jack y yo hicimos amistad, como la hace el poeta con un unicornio, bebíamos juntos, peleábamos, sabíamos de nuestros gustos y defectos. Todo fue grato y sin ningún engaño hasta el día en que decidí casarme. La amistad entre él y yo fue opacándose suavemente, imitamos el brillo de una veladora, cada vez menos cera y cada vez una luz más al fondo de un vaso que nadie quiebra.

Él continúo su vida de soltero, tal como se lo prometió, para esa promesa no fijó tiempo y ni siquiera le importó pensarlo. Efectivamente se enamoraba, saciaba sus pasiones como cualquier animal, en la penetración pasajera de dos personas que piensan desearse para siempre, pero nadie mejor que Jack, sabía la durabilidad de un siempre. En mi opinión, Jack no sabía del dolo, todo lo tenía preciso y no había tiempo para jugar a “el embustero”. Muy por el contrario, a mí, y a todos los fieles casados que conozco, tanto hombres como mujeres que sí pensamos en el dolo, realizamos el dolo, y nos configuramos en el dolo. Si hubiese una persona que diga: —yo no he obrado con dolo en mi relación. Esa persona miente dolosamente. El engaño (y no me refiero a la infidelidad conyugal) en una pareja es inherente, el ser mismo que no se organiza como Jack, se engaña. El acto de dolo es trágicamente para todo aquel que vive un matrimonio, un hecho connatural. Los matrimonios nunca se muestran trasparentes el uno con el otro. Habrá una gota, un grano, una partícula, aquella tiza de dolo con la cual se vive en un matrimonio, con el pretexto y finalidad de llevar la fiesta dolosa en paz.

¡Vaya imágenes y palabras que a nuestro anterior narrador le remontó el recordar a su amigo Jack! Si le damos el favor de crédito a este marido-personaje, le daremos veracidad también a la idea más cercana que se tiene del dolo, y esta es aquella que nos dicta la lengua latina al decir que tal palabra proviene de: dolus, dolo; es decir el propósito intencional de causar daño o perjuicio a otro. En efecto ha de consistir en toda maquinación o maniobra fraudulenta encaminada a mantener en el error o en el engaño a la persona con la que se va a celebrar un negocio, un contrato, como lo es el matrimonio. Aquí no se macula el amor, se observa con la certera idiosincrásica de Bukowski: “La gente no necesita amor, lo que necesita es triunfar en una cosa u otra. Puede ser en el amor, pero no es imprescindible” Factotum.

Quizá ni el marido ni Jack lo sepan, pero la palabra dolo es una de las tantas ideas-palabra que está en nuestro idioma con una mínima evolución morfológica, tanto semántica como fonéticamente, el sentido de dolo es el mismo desde los helenos hasta el día de hoy.

La voz griega: δολοω (doloo), engañar, cazar engañando, cambiar de ideas engañosamente, lo pérfido. Es la misma idea que hoy se entiende en frases como: lo hizo con dolo, homicidio doloso. En léxico jurista romano, de igual modo se conserva la idea helénica en locuciones latinas como: dolus bonus. Dolo bueno; engaños o estratagemas que desde el punto de vista moral romano no son censurables; dolus causa dans. Dolo que es causa decisiva en el negocio; dolus incidens. Dolo incidental; entre otras.

Cabe resaltar que esto no es una suerte de falso cognado, pues nada tiene que ver el dolo, con el dolor, ni algo parecido, la palabra λυγρος (lygros) en griego es dolor, y según el contexto a veces maldad. Así pues, el dolo es un acto que se suscita desde antiquísimas generaciones, ya en el matrimonio, ya en los contratos, ya en la existencia propia. Como probablemente viva Jack, en un dolo cronometrado e individual.

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