Luis Linares Zapata

Ha sucedido varias veces en los últimos años. En especial los siete que arrancaron en 2018. No es algo extraño, sino, tal vez dirían los propios interesados, consecuencia de lecturas similares, juntas amigables o reuniones de enterados. Cierto es que, el intercambio de información o las continuas platicas de amigos que comparten ideas e intereses son tratos corrientes. Tampoco se descartan los conciliábulos y estrategias de acción concertadas para defensa o la promoción de intereses. Con esta retahíla de posibilidades en mente se puede proceder a clarificar sucesos recientes. Misma táctica se puede usar para coordinar esfuerzos y dar colectiva voz de alarma. Una que verse sobre el delicado momento en curso que es imprescindible resaltar. Y este, justamente, es el caso actual de los análisis y la adopción de posturas opositoras difundidas para, según se puede colegir, alertar sobre los males que se ciernen sobre el país. Es decir, ensanchar los errores u omisiones que se han sucedido en el ámbito público y que están marcando la actualidad. En el entendido de que esta actualidad se debe calificar como estación decadente y hasta perversa.

Los opinócratas, que se ven de calidad y liderazgo, se lanzan al ruedo para, una vez más, predicar su íntima verdad. Una fundamental, que no condesciende con el estado de cosas propagado por ese oficialismo malsano que se ha dado en llamar, a sí mismo, transformador. México no va bien pontifican, tampoco está al borde de la erupción pero, los malestares, en varios y variados de sus flancos, ya no dejan la menor duda. Así concluyen estos altivos y serenos personajes de la vida pública. Casi todos y todas las señales apuntan, sin duda, hacia un declive manifiesto de la vida productiva. Trátese de indicadores económicos como la inflación, el crecimiento, la inversión, la deuda pública y otros más. También si se atiende a lo social aparecen datos preocupantes como los del empleo, la tan publicitada salud o la misma e inducida oscuridad educativa. Sin desatender lo político, donde lo que se conjuga sólo apunta al desconcierto, la concentración del poder o las reformas legales para manejar, autoritariamente, facciosamente los asuntos, entre correligionarios. Así discurren los inteligentes y perspicaces analistas laureados en lo individual. Aunque, ahora, lo hacen como enquistado grupo, conjugados en sus posturas y sentencias. No dudan en concluir, con gran seguridad y parsimonia, afirmando que algo, o mucho, se está haciendo mal desde el poder. Las contradicciones brotan por doquier o, simplemente, caen de lleno en inacción, y van a la deriva.

Pero en particular ciertos datos impulsan a los críticos a levantar su mirada para mostrar otra cara de las muchas monedas circulando en desorden. Y de ellas las más dañinas se apilan forzadas por hechos violentos del crimen, como actividad organizada. Aquí destacan, por su multiplicidad, actores que hoy concurren a propalar, voz en cuello, la grave realidad que descubren, muy a su presumida manera. Porque es notable la capacidad de columnistas y, sin duda, articulistas, que aprecian, con exactitud abarcante, lo que ocurre. No sólo en la ciudad donde viven y publican, sino en todo el ancho y diverso país. Todavía, más, son capaces de apreciar el grado incremental logrado por el crimen este año. Ni si quiera parpadean ante tan complicada tarea que afecta a la ciudadanía. Porque, para muchos de ellos, el crimen organizado crece, de manera alarmante en todos los confines nacionales. Poco les importa la ausencia de datos ciertos, de estudios que apuntalen tan notorio y extenso acontecimiento. Pero ciertos opinócratas saben, con certezas indubitables, que el dominio criminal habita todo los intersticios de esta república atosigada. Bien se puede decir que, el aparato de comunicación nacional concurre, como una sola voz, a sonar la alarma de la catástrofe en puerta. Aquí, en este rasposo fenómeno criminal, se unifican con el factor externo que, o bien asegura que México es guiado por un gobierno miedoso, o ya está al servicio del crimen. Todo un sector opositor, partidos incluidos, sale gozoso a unirse a esta insana postura. Contribuyen, con sus palabras, al clima de zozobra que viene del exterior.

Ciertamente hay hechos que preocupan, sobre todo una inversión privada retenida sin causa real y sí por muchos fantasmas. Pero se trabaja con capacidad para desatarla, aunque las voces opositoras no lo hagan. Bien saben, en Palacio Nacional, la influencia que el escaso crecimiento económico afecta la ruta ascendente del bienestar popular. Pero no es cierto, ni realista, como un articulista concluye: la política social impide el crecimiento y la estrategia política penalice la inversión. Lo opuesto conlleva más crédito verídico y voluntad.

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