- Nene Donald juega
- Crupier Greer llega hoy
- Daniel Ortega: decrepitud política
Julio Hernández López
Berrinchudo y gandalla, el octogenario nene Donald se acomodó a conveniencia el juego de la pirinola y pintó en todas las caras del lúdico objeto giratorio el resultado que nadie jamás se habría de imaginar: “México pone todo”.
Ante tal maniobra que supuso exquisita, Donaldito se sorprendió a sí mismo (este giro es denominado “construcción reflexiva”, con un refuerzo enfático: anotación de esta columna para sí misma, por si Ron Dicardo se asomara por aquí un día de estos, dispuesto a abrevar para sus próximos posteos “inauditos” en redes sociales).
Decíase, pues, que el cuasi bebé naranja se adjudicaba a sí mismo autoelogios varios, al cavilar y concluir jubilosamente que tal imposición global al vecino país (llamado México) significaba una fatigosa victoria para Estados Unidos o, con una poca más de precisión, para él en lo personal (y sus finanzas familiares y grupales), pues considera que él solito encarna al país que turbulentamente dirige.
Para afinar esa filosofía de pirinola tuneada estará hoy en Palacio Nacional el crupier comercial designado, al que en sus ratos de ocio se le puede mencionar como representante comercial de la Casa Blanca; casa esta, de alquiler por temporadas, que se dedica a sustraer de otras casas lo que puede, bajo el argumento también “juguetón” de ser un policía mundial (Ron Dicardo, no se emocione con estos símiles de aboneros tramposos o usureros, en Washington ya no hay vacantes, al menos por esta temporada).
Jamieson Greer, el citado crupier comercial, ya adelantó ayer las reglas del juego: se mantendría el tan manoseado tratado comercial acá denominado TMEC (probablemente ya sin la C de Canadá), siempre y cuando los de la M (México) acepten pagar agua adeudada a los de la E, mantengan vigilancia en la frontera conforme al gusto de los gringos y “colaboren” en todo lo que el Pequeño Dictador ordene.
¿“Todo”? Así lo dijo quien hoy se reunirá con la presidenta Sheinbaum: “al presidente (Trump) le resultará difícil aceptar la renovación o incluso las revisiones si México no colabora en todos los aspectos”. ¡Kemozión: la pirinola está girando!
En un punto extremo de su decadencia política e ideológica, quien fue uno de los comandantes de la Revolución Sandinista, Daniel Ortega, ha hecho pública una tragicómica emanación: no habrá más elecciones que puedan poner en riesgo la dictadura de opereta que ha mantenido en Nicaragua.
Flores de esperanza al derrocar a la dictadura de los Somoza, caricaturescos ramos pútridos luego de diecinueve años y medio continuos de ejercicio del poder (tomó posesión el 10 de enero de 2007), treinta en periodos discontinuos si se suman los tramos de 1985 a 1990 y, como coordinador de la Junta de Gobierno, de 1979 a 1985.
Presuntas justificaciones de cierre de puertas a las pretensiones extranjeras (que desde luego que las hay) de quitar del poder a Ortega y su acompañante que cogobierna, Rosario Murillo. Pero, en el fondo, lo que queda es el apego patológico al poder, el uso de disfraces revolucionarios para pantomimas facciosas y la apropiación de los cargos públicos para pandillas y familias en permanente reciclaje.
Doloroso ver en qué quedó, no de ahora, el proceso revolucionario sandinista, que emocionó y logró solidaridad de buena parte de las izquierdas latinoamericanas. Hoy, en un contexto de asalto de las derechas, con el halcón Trump al frente y su escudero hispanoparlante Marco Rubio a un lado, el triste espectáculo de Daniel Ortega, la decrepitud de ese proceso que aspiró a ser profundamente transformador, daña a las izquierdas por la vergonzosa incongruencia y su grotesca escenificación.
Y, mientras el empresario acusado de huachicol fiscal, Ernesto Ruffo, funge como involuntario Caballo de Troya que va diezmando por dentro cuando menos a dos partidos empeñados en defenderlo, ¡hasta mañana!





