Luis Ricardo Guerrero Romero
Era necesario comprar un par de jeans y asistir a la función de la tarde, y era necesaria esa compra porque andar en la calle tan sólo con el bóxer preferido les resultaba un tanto incómodo a varias personas, sobre todo a las mujeres, las cuales esquivaban mi persona cada que me veían, y no tanto por el olor y mis conversaciones soliloquias sino por no usar jeans. Pues yo me daba cuenta que era eso de los pantalones lo que les disgustaba y no mi andar descalzo, ya que, a veces esperando en las banquetas al astro mayor y su calor, notaba cómo algunas damas volteaban a ver las nalgas de los caballeros que decentemente usaban jeans, así que el problema es eso y no mi supuesto atuendo. Por eso, hoy que será la función es urgente comprar uno de esos para que las mujeres me volteen a ver con disimulo y atención, pues esto de andar semidesnudo en lugar ayudarme me afectó para mal, y la verdad no lo entiendo, si hubiera mujeres por allí deambulando usando únicamente su ropa interior, yo estoy seguro que muchos hombres seriamos felices, pero sucede al contrario con ellas a nosotros, necesitan vernos con más ropa, accesorios: la corbata larga, el calzado limpio, camisa planchada, rostro y cabello aseado y jeans ajustados para que nos volteen a ver. Eso es lo que puedo razonar a mi favor oficial, así que antes de arrestarme piense si el uniforme que usa es el adecuado para imponerse como autoridad, pues si no es capaz de llamar la atención como yo lo hacía aun sin pantalones, algo está, yo sin pantalones era más observado y usted con uniforme es despreciado. Una cosa más señor justicia, si me va a detener, no me lleve en la cabina, prefiero el calor del sol.
El relato anterior nos podrá resultar un diálogo insulso, aventura de un vago más que grita por la calle, el cual imagina a causa del delirio que un oficial lo detiene. Sin embargo, esa actitud cínica del hombre parece ser prolongación de los integrantes de la escuela helénica antigua denominada: cínicos, capitaneada popularmente por Diógenes, el cual argumentaba grosso modo que vivir con simpleza, sobriamente cual perro es lo que nos lleva a ser libres y la verdad (modo budista). Eran llamados cínicos del griego κυνος (cinos), ya que esta voz helénica significa perro. Tal sustantivo sólo se conservó en esencia en el latín como canis, y por lo que el nombre original del doméstico animal es can, pero la economía del lenguaje, que hace nombrar a las cosas por sus usos originó perro, a partir del sonido que emitían los pastores para mover a sus ovejas con el apoyo de los canes, quizá intentaban balar con más fuerza. Muy alejada a la realidad de lo que es un perro y un cínico, se encuentran por ejemplo las variaciones derivadas a partir tal sustantivo perro: perreo y perrear (movimientos sexo-provocativos al bailar), perrón (algo sorprendente y bueno), perra (despectivo de mujer licenciosa), perro (hombre valiente y sagaz), perrilla (inflamación cerca del ojo); y un largo etcétera. Aunado al nombre que se adoptó para llamar al can, lo respalda el sonido, pues esta mezcla de vocal consonante + consonante vocal, es sin duda un sonido fuerte que ayudó a enfatizar cada uno de los ejemplos ya citados, desde luego, no sería igual decir: ese coche está muy can, en lugar de ese coche está muy perrón.




