Pilar Torres Anguiano
Nietzsche es uno de esos autores que todos identifican y que todos leen, o dicen haber leído. Francamente, a mí me llevó unos cuantos semestres aprender a escribir bien su nombre; lo mismo que el de Schopenhauer, su predecesor y maestro. Aunque no los escribiera bien, los leía con cierta frecuencia; principalmente, porque en la escuela católica en la que estudié, la biblioteca era de estantería cerrada y casi todo lo que me interesaba leer estaba en la sección prohibida, registrada con el eufemismo de libros de reserva. Afortunadamente, mi tutora académica y amiga, me firmaba la papeleta de autorización necesaria para sacar de la biblioteca los libros que quisiera.
Nietzsche es un filósofo vitalista, propiamente dicho. En su pensamiento, siempre joven, aparece el despliegue de una vida que se afirma constantemente, que se recrea y reinterpreta a través de la palabra y la filosofía como goce estético. Ese Nietzsche, es el mismo que dice que demos por perdido el día en que no hayamos bailado al menos una vez.
Es el pensamiento de Nietzsche, una confrontación abierta con las costumbres y valores que se ha impuesto el hombre, encerrando así su vida en una ilusión. Una de las nociones más importantes de Nietzsche es la voluntad de poder, relacionada directamente con la noción de voluntad de Arthur Schopenhauer. La relación entre ambos filósofos es cercana y conflictiva, nada fácil de explicar. Nietzsche enuncia su pensamiento como una constante afirmación de la vida, mientras que Schopenhauer parece apuntar en sentido inverso y, sin embargo, ambos son vitalistas.
Schopenhauer se inserta en la línea de los filósofos para quienes el sujeto que piensa no conoce las cosas tal como son, sino como se configura a partir de lo que vemos. La realidad depende de la racionalidad subjetiva y no nos muestra a las cosas tal como son, de la misma manera que ocurre con una selfie (perdónenme el anglicismo millennial), a la que aplicamos varios filtros antes de aceptar subirla a las redes sociales.
A diferencia de otros filósofos, para Schopenhauer, esta realidad absoluta no es del todo inaccesible, pues aquello que se muestra detrás de esos filtros, se manifiesta una y otra vez, a través de la voluntad. El concepto de voluntad que vislumbra este autor es muy interesante. La voluntad está detrás de las cosas aparentes; se refiere a aquello que subyace en la realidad, explicándola. En este sentido, la voluntad es pensada como el fundamento de lo real. Como puede suponerse, esta voluntad no es precisamente personal, sino algo que trasciende a los individuos, y que más adelante Nietzsche llevará hasta su máxima expresión.
Schopenhauer cree que la razón es insuficiente para abordar las cosas tal como son. Pero el sujeto es mucho más que razonamiento. En él, la representación de la realidad se articula por su razón, pero lo absoluto se le manifiesta en esa capacidad de querer. De este modo, el fundamento último del mundo, para Schopenhauer es la voluntad, que acontece sin previo aviso, empujando al individuo a la búsqueda constante e infructuosa; no podemos dejar de escucharla, es una condena que al mismo tiempo nos somete y nos afirma, nos recuerda que estamos vivos. La existencia se revela como un constante asedio de la voluntad y de necesidad de la afirmación de su propia vida. Prácticamente, para Schopenhauer, no existe una voluntad humana, la humanidad es de la voluntad. Así entendida, la vida sólo es posible por medio del sometimiento de la voluntad. Así parece ser, cada vez que un cristiano dice hágase tu voluntad, cada vez que un musulmán dice Insha’Allah, o cuando un ateo afirma que su libertad es absoluta. En algunos casos, la voluntad arrolla y destruye todo a su paso; en otros, ni siquiera sabemos que está ahí, no la escuchamos por estar acostumbrados a escuchar la de los demás.
El pensamiento de Schopenhauer, aunque apasionante y profundo, se vio opacado por la majestuosidad de su contemporáneo, Hegel, y no obtiene el reconocimiento que cree merecer. Algunos se preguntarán qué encuentra Nietzsche en él. Pienso que ve en Schopenhauer a un filósofo que vive y piensa de un modo distinto al resto, sin asumir una serie de valores y categorías preestablecidas. Nietzsche, en cambio, planteará la idea de la voluntad como esa furia incontenible que muestra al individuo como perteneciente a algo más elevado, a una realidad mucho más honda y desgarradora. Vivir significa expulsar de sí, continuamente, algo que quiere morir. Vivir significa ser implacable y cruel hacia todo lo que en nosotros se hace débil y viejo… cada quién sabrá cuáles son esos demonios que la voluntad debe destruir.
Así, la voluntad para Nietzsche, es la liberación de todas las ataduras que imponen los valores, que asumimos como permanentes. Es en ella donde reside la afirmación de la vida, desenmascarando la arrogancia de la razón y la pretensión de que existen valores perennes sobre los cuales, la humanidad se sostiene. Su crítica hacia la racionalidad y los fundamentos morales, trastoca el orden de la cultura occidental, que se creía culmen de toda una época. Ambos autores coinciden en algo: en aras de la voluntad, la razón no alcanza sino para plantear su propia inconsistencia y, sin embargo, su presencia sigue patente y estremecedora. Su fuerza está presente en el cuerpo y en la sangre. Bailemos, pues.
Puedes recorrer todo el castillo, excepto el ala oeste, le dijo la bestia a Bella. Todos sabemos lo que sucedió después. La censura suele ser la mejor promoción. Esto ocurre principalmente, porque la prohibición es un reto a la voluntad humana, a la posibilidad de ser libre. Nos sentimos atraídos hacia lo prohibido y cuestionamos las reglas. Para discutir esto, probablemente debería partirse de que el fundamento de las leyes es la convivencia… pero, siendo mucho más precisos, la necesidad de establecerlas está en el hecho innegable de que los seres humanos, en todo momento, estamos en potencia de hacer lo que se nos viene en gana.
@vasconceliana





