Pedro Miguel

Por tradición fundacional, a México no le gusta tener enemistades con nadie. No deja de resultar sorprendente, por ello, que desde varios estratos dominantes de Estados Unidos se le dé trato de enemigo y se busque su desestabilización, su sometimiento y su alineación incondicional con la abominable barbarie que el trumpismo proyecta en el mundo. En realidad, esos estratos, independientemente de que sean demócratas o republicanos, han operado a lo largo de la historia como buscadores de pleitos externos y fabricantes de pretextos para el conflicto y la confrontación. Ya sea el comunismo, el fundamentalismo islámico, el terrorismo, el narcotráfico, la amenaza de proliferación nuclear o la simple competitividad comercial e industrial, todo sirve para alimentar la necesidad intrínseca del establishment estadunidense para vivir en guerra permanente, y para ello necesita el insumo de adversarios reales o supuestos.

Muy a su pesar, nuestro país ha sido incluido en la lista de enemigos de Washington, y si bien la administración Trump ha elevado la hostilidad, el fenómeno no empezó con ella. Ahora bien: sembrar la confusión, la incertidumbre, la zozobra y la desinformación entre las filas del enemigo es algo tan viejo como andar a pie; el objetivo es destruir sus certezas y su confianza en el conocimiento de la realidad; resulta inapreciable para debilitarlo y ganarle la guerra, incluso sin disparar un tiro, e incapacitarlo para que tome las decisiones correctas.

La guerra sicológica busca aprovechar todos los vacíos de información, todas las grietas organizativas, todos los disensos que pueda encontrar, para poblarlos con mentiras e inducir inseguridad y desmoralización. En la guerra sicológica se utiliza toda suerte de mañas, desde exagerar el poderío de las fuerzas propias –como cuando Trump afirma que basta con estacionar uno de “sus” portaviones frente a Cuba para lograr la rendición de la isla– hasta recurrir a campañas de propaganda disfrazadas de información noticiosa, como la que llevan a cabo importantes medios de Estados Unidos sobre una imaginaria connivencia entre las dirigencias de la Cuarta Transformación con el narcotráfico.

Ya desde tiempos de Biden, The New York Times alimentaba esa campaña con pretendidos reportajes de un periodista laureado. Una táctica recurrente de la guerra sicológica es tratar de convencer al adversario de que está infiltrado por fuerzas hostiles, o bien, cuando esta infiltración es real, desorientarlo sobre la verdadera ubicación de tales fuerzas. Es el caso de los agentes de la CIA, varios de los cuales han venido operando en Chihuahua y a los que ahora la CNN pretende ubicar en el estado de México.

No viene al caso de cuál de todas las facciones políticas e institucionales que se disputan los restos de la presidencia de Trump proviene esa campaña, pero lo cierto es que resulta muy conveniente para los propósitos de la propia agencia de espionaje, desestabilización y terrorismo, para cuya operación la desinformación y la confusión son dos requisitos principales. Los grandes medios estadunidenses suelen hacer aspavientos de independencia y dignidad periodística ante los poderes públicos de su país, pero en materia de política exterior suelen alinearse con los designios oficiales hasta el punto de fabricar distorsiones sistemáticas de la realidad, desde difundir la patraña de las armas de destrucción masiva que Irak no poseía y que fueron el pretexto para arrasarlo, hasta la canallada de llamar “guerra” al exterminio poblacional emprendido por el régimen israelí en Gaza.

Lo mismo ha ocurrido con las fabricaciones que buscan presentar a las autoridades mexicanas como vinculadas a los grupos delictivos que trafican drogas. A fuerza de insistir en la difamación, entre esferas gubernamentales, legislativas y mediáticas del país vecino y fuerzas opositoras nativas de México se ha ido conformando una verdadera industria binacional del prefijo narco-: narcogobierno, narcopartido, narcopresidenta. Curiosamente, unos y otros omiten siempre que el único narcogobierno que ha habido en el país y del que se tienen sobradas pruebas documentales es el que encabezó Felipe Calderón, quien fue incrustado en Los Pinos por la embajada de Washington aquí (https://is.gd/6lxViL) y en cuyo espuriato oficinas de Washington como la DEA y la ATF lavaron dinero de los cárteles y armaron generosamente al de Sinaloa.

Tal vez algún día se sepa con precisión el punto en el que termina la CIA y empieza la CNN. Por lo pronto, la opinión pública mexicana debe tener claro que la campaña de desinformación de la que forman parte estas piezas de supuesto periodismo es parte de la guerra sicológica nada soterrada emprendida desde diversos círculos de poder del país vecino en contra de un enemigo que no lo es y que, en contraste con su contraparte estadunidense, ha demostrado de manera fehaciente su disposición a la colaboración en todos los ámbitos, salvo en uno: el de las facultades soberanas del país.

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