Ricardo Bravo

El próximo 4 de octubre se llevará a cabo la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. Estas elecciones son relevantes para México y para el mundo. Esto, no solo porque se decide el rumbo de la máxima potencia económica latinoamericana, sino también, porque la elección se lleva a cabo en un contexto de una avanzada de la ultraderecha en el continente que tiene un pedigrí muy particular y que se ha ido exportando para todos los países que celebran elecciones: candidatos excéntricos, gritos por la libertad, oferta de mano dura, la migración como el mal fácilmente identificable, retórica que los acerca a la machosfera. A este movimiento, lo llamo simplemente Trumpismo.

Es increíble la rapidez con la que hemos perdido muchas sensibilidades, muchos límites, que antes se consideraban de sentido común en el quehacer político internacional. Un ejemplo de esas sensibilidades, más bien principios, es el de la no injerencia. Sí, este concepto ha sido sobreexplotado en la política mexicana por ser un principio de la política exterior plasmado en la Doctrina Estrada. Y es cierto: no solo ha sido utilizado de más, sino también de manera inconsistente. Sin embargo, me parece innegable que el principio tiene un valor en su trasfondo: deben existir límites a lo que un Estado extranjero puede hacer respecto de los asuntos del otro.

A un año del segundo mandato de Donald Trump, que evidentemente marca la pauta internacional, muy poco queda ya de ese principio plasmado en el artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas. Lo del lanzamiento oficial de la candidatura de Flavio Bolsonaro a la presidencia de Brasil fue tragicómico. Primero, el apoyo llegó en formato de video, desde el Oriente Medio, con unas palabras de aliento del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, sobre quien pende una orden de aprehensión internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad. Pero aún más importante, el invitado especial del evento fue el presidente de Argentina, Javier Milei.

Debemos resistir la tentación de desmerecer la figura de Milei por su apariencia y sus formas estrambóticas. El Trumpismo latinoamericano tiene sus referentes en cada ámbito que lo distingue. El principal, evidentemente, es Donald Trump. Él demostró que la excentricidad juega a favor del candidato. Hace más creíble que uno es un outsider en la política. También allanó el camino para presentar la salida fácil de la migración como el enemigo. Pero hay contribuciones latinoamericanas a esta corriente. Nayib Bukele demostró que es rentable explotar los instintos animales de venganza de la población ante tanta injusticia. La mano dura vende bien en las urnas. Finalmente, me parece que nadie le ha dado más contenido ideológico a esta nueva vuelta de la ultraderecha que Milei con su “¡Viva la libertad carajo!”.

Milei participó en el evento con sus más grandes hits. Literal y figurativamente. Como suele hacerlo, Milei meneó su larga y poco sedosa cabellera ante el ritmo de Panic Show: ¡Hola todos, yo soy el león! Rápidamente, el lanzamiento oficial de Bolsonaro se convirtió en un libertad-fest. Milei arengó a todos los no comunistas o socialistas, a los que comparten las ideas de la libertad, para apoyar al hijo del encarcelado Jair Bolsonaro en las elecciones de noviembre. En la batalla entre libertad y socialismo, Flavio Bolsonaro es el mejor soldado de la libertad.

Por eso, la figura de Milei y su retórica no deben demeritarse en el contexto actual. Porque el movimiento trumpista de Latinoamérica se mueve con tintes de Guerra Fría. El maldito socialismo, los zurdos, el comunismo, sin distinciones entre esas categorías, son la fuente de todos los males de los pueblos latinoamericanos. Son quienes se oponen a la libertad. La idea de la que jala esta arma mercadotécnica es que, mientras los zurdos buscan igualdad, lo hacen pasando por encima de la libertad de las personas. El Trumpismo viene a arreglar ese error: la libertad es lo más importante, o quizás lo único.

Entonces, la libertad de hacer proselitismo internacional sin límites es una de esas que debe defenderse. En el contexto brasileño, y para sanear el nombre de Jair Bolsonaro, tendrá que defenderse la libertad de armar tentativas de golpe de Estado y la libertad de abolición violenta del Estado democrático de derecho.  El discurso populista de la libertad contra la igualdad o contra la izquierda es, como suele ser con el populismo, una burda simplificación. Todos los movimientos políticos otorgan valor a ciertas libertades. La pregunta correcta es, ¿a cuáles libertades les damos valor? En el barco en el que está Bolsonaro, su respuesta es: no las de los migrantes; ni las de los delincuentes y necesitados. No las libertades, derechos, reproductivos de las mujeres. Por lo pronto, Donald Trump ha sido discreto en su apoyo a Bolsonaro, considerando los extremos a los que ha llegado en otros países. No es su estilo, así que la comunidad internacional le mira de reojo, expectante.

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