Ignacio Betancourt
Tal vez pronto Peña Nieto sea un prófugo más. Son curiosas (por no decir extremas o enajenadas) las distintas maneras de leer las realidades sociales, me refiero a como entienden los priístas lo que ocurre en el Estado de México. Ellos y su cada vez más caricaturesca manera de interpretar la realidad (el insostenible autoritarismo), pues consideran un mérito el que durante ochenta y ocho años hayan logrado imponer a su partido como gobierno en un estado que se caracteriza por ser “una entidad pobre, insegura y con pocas oportunidades de progreso”.
Algo que a cualquier ciudadano avergonzaría (o por lo menos debería avergonzar a los políticos causantes de tal deterioro), sin embargo (peculiar lógica) para ellos es motivo de orgullo, pese a todo, el priísmo se vanagloria de tan sistemática agresión (todo para la familia priísta y sus descendientes), depredación, aplastamiento colectivo y legal, además consideran ejemplarizante la victimización de las mayorías mexiquenses.
Si su gestión hubiera sido a favor de los pobladores debería ser el Estado de México el mejor estado del país. ¿O para qué deben servir los políticos, sino para beneficiar a la población? (se supone). Sin embargo ellos han confundido de manera espectacular el enriquecimiento propio como si de esto se beneficiara la población depauperada. ¿O de qué se trata? ¿de vampirizar con mayor impunidad? ¿de burlarse cotidianamente de los votantes? Las estadísticas lo evidencian (uso los datos de Veneranda Mendoza en la revista Proceso número 2118), la policía en el Estado de México “sólo alcanza a satisfacer el once por ciento de la población del estado. Más de la mitad de los mexiquenses viven en pobreza y carecen de seguridad social; es la segunda entidad con mayor desempleo; su deuda pública rebasa cuarenta por ciento de las participaciones federales; los actos de corrupción de los servidores públicos son los más numerosos del país; es uno de los estados con mayor incidencia delictiva”. ¿Para quién pueden ser motivo de orgullo tales estadísticas?
Sólo el autoritarismo cínico puede presumir de dichos datos. No es gratuito que uno de los integrantes más notables del grupo político de Atlacomulco sea el autor de la desvergonzada frase: “Un político pobre, es un pobre político”. Lo interesante de tal aseveración es cómo la entiende la comunidad política atlacomulqueña: para no ser pobre hay que robar sin medida (además de ir construyendo el andamiaje “legal” para depredar sin medida ni riesgo) ¿Es ese el orgullo priísta, el apropiarse de un estado para su particular beneficio y perdurabilidad? Para completar el nefasto paisaje todo parece indicar que hacia esos rumbos transitan perredistas y panistas.
¿Que los mexiquenses sean los más pobres de entre los pobres del país es el prestigio de los priístas? ¿Cómo podría ser creíble que una población tan expoliada siga votando por sus verdugos? ¿Será disfrutable para los afectados el que más del 57 por ciento de la población carezca del acceso a la seguridad social y más de 20 por ciento no disponga de alimentación suficiente? Tal vez pronto Peña Nieto sea un prófugo más.





