Luis Ricardo Guerrero Romero

La contusión era de gravedad, la sangre estaba desplazándose en el suelo a la velocidad de la agonía, con las características propias de ésta, roja y pujante. El rojo no es mi color favorito, pero cuando estás allí de frente al siniestro las preferencias de colores no importan mucho, debes actuar pese a todo y a favor del otro. Nuevamente un golpe más, este ahora fue cerca de la cadera, y de verlo tan de cerca parece ser que a ti también te duele, pero aguantas como es típico en cualquier mexicano, soportas y renuncias, aguantas: “sustine et abstine” y en ti está el elegir ver aquella escena o hacer algo por la persona que se desbarata con la rabia de los celos. Parece ser que viene un golpe más, no sabes a dónde se dirige, lo falla, pero al segundo intento coloca el bate sobre sus pechos, que antes de ser presos de la violencia encelada, fueron de mí. Ahora sabes que es absurdo ser el espectador de tu amante y no hacer nada para ayudarla, pero desde una habitación a kilómetros de distancia y luego de aprovechar la tecnología para la sexualidad es necio querer ayudar, así que vuelves a tomar otra elección: llamas a la policía —metáfora de gritarle a la nada—, o ves cómo un marido enfermo constriñe su fuerza en contra de mi amante. Ahora meditas sobre los celos y el poder de ellos, no sabes ahora qué harías en el lugar de Germán, ignorar que has sido engañado no sólo conmigo, omitir el video porno más visto este domingo es protagonizado por tu fiel mujer, o bien descargar tu ira sobre mi amante. Lucero le grita, son alaridos y gestos marcados en su rostro que un poco me recuerdan a las “pequeñas muertes” (la petite mort) que celebramos juntos. Hasta este punto piensas en la locura que envuelven los celos, pero igualmente crees en mi demente humanidad que prefirió ver la pena de un amante que actuar y salvarla. Imaginas que en algún momento me retiraré del monitor entristecido por la muerte de mi amante y me pondré a escribir junto a mi mejor tequila y unas hojas de papel que se van llenado con la inspiración de los celos.

Muchos de nosotros en algún momento hemos sentido celos, y no sólo de esos que se ven relatados en el texto anterior, también los hay laborales, de familia, de hermano a hermano, celos por competir y celos de uno mismo. Sabemos que la celotipia es una patología que surge de este sentimiento o para algunos de la emoción del celo. Encelarse dicen los celosos es natural, pero no es normal, pero sabemos que es todo lo contrario. Los celos sean cuales fueren, aparecen súbitamente del fondo de nuestro ser, la sospecha de un engaño o una traición se va fogueando en ascuas hasta avivar su calor y arder en llamaradas de rabia o venganza mal canalizada, los celos queman y lastiman desde adentro para lacerar afuera. Los helénicos bien sabían esta noción de los celos, de allí que de la lengua griega encontremos la palabra σελα, σελος (selos> celos>) que significa llama, con el sentido de flama o ardor. Los celos en sí son esa experiencia que hacen arden a nuestra mente buscando salida de por cualquier medio, porque nuestro interior no soporta tanto calor interno y requiere explotar. Por eso muy acorde a nuestro lenguaje, decimos que cuando algo nos enfurece nos “calienta”, y eso estar celoso por una u otra situación, pero celosos sin respetar el tiempo de ejecución imitando el poderoso movimiento de una llama ardiente sobre leña derrumbada.

Reloj Actual - Hora Centro de México