María del Pilar Torres Anguiano
Evite comer solo o mientras ve el televisor porque, normalmente, las personas no comemos de la misma manera cuando estamos solas, que cuando estamos acompañadas. Sirva su comida en platos pequeños, mastíquela lentamente y evite bocados grandes; de esta manera, la sensación de saciedad llegará rápidamente, y usted no comerá de más. Estos simples consejos, que todos hemos leído o escuchado, nos invitan a jugar con las propias percepciones a fin de conseguir un objetivo. Por ingenuo que resulte, vale el ejemplo en la medida en que encierra una profunda cuestión filosófica: la relación entre percepción y realidad. La manera en la que una puede modificar la otra.
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española indica que percepción es la sensación interior que resulta de una impresión material hecha en nuestros sentidos. Aquellos sentidos que, decía Descartes, pueden engañarme. Así, para la filosofía, la percepción es un sentido interno que se refiere a la aprehensión directa de lo que los sentidos externos me muestran. Es el vínculo que tenemos con el exterior. Construimos nuestra imagen del mundo a partir de lo que percibimos. Tal es su importancia. Puede afirmarse que, de alguna manera, somos lo que los demás perciben de nosotros. Ser es ser percibido, dice el filósofo irlandés George Berkeley.
Imaginemos el caso de un hombre de mediana edad que está a punto de perder su trabajo. Para evitar ser despedido, un amigo le aconseja propagar en la oficina el rumor de que es homosexual. Cuando las historias sobre su orientación sexual comienzan a circular, el hombre consulta con su amigo y cómplice sobre los cambios que debería hacer en su actitud, a fin de que la historia sea creíble. El amigo le responde que no hace falta modificar nada, pues con el rumor, lo que se habrá transformado es la percepción de los demás. Con eso basta. Lo anterior constituye el argumento de Le placard (El clóset), una película francesa de 2001 que nos muestra una cuestión que a todos nos resulta familiar: percepción es realidad.
Tal como lo expresa Berkeley, la percepción altera la realidad, nos hace creer que algo es tal como se percibe. Un hecho de lo más común en la vida diaria. De lo anterior se sigue una consecuencia fundamental, tanto para la filosofía como para la psicología: de alguna manera, la realidad es sólo la noción que tenemos de lo que existe. Así, el filósofo irlandés es un importante eslabón de la revolución del pensamiento, que inicia cuando Guillermo de Ockam negó la existencia de los conceptos universales. La pregunta sobre qué es lo real y qué es lo que percibimos, constantemente se replantea. Claramente, una percepción es crucial para la construcción de mis conceptos y mi imagen del mundo. Dicho en otros términos, parece que cuando nos esforzamos por concebir la existencia de objetos exteriores, no hacemos sino contemplar nuestras propias ideas. Percibimos lo que somos, dirían algunos.
La percepción es una especie de intermediario entre la sensación y el intelecto. Es un proceso constructivo y selectivo, mediante el cual las sensaciones son organizadas en conjuntos dotados de sentido, en el que intervienen tanto lo externo, como lo interno. Es decir, al percibir el sujeto organiza tanto los estímulos que observa, escucha o prueba, como sus propias motivaciones, expectativas o experiencias. De ahí que, como la experiencia nos muestra, nuestro estado de ánimo repercute directamente en la manera en la cual captamos las cosas. Así, cuando un alumno está desmotivado, difícilmente percibirá de una manera adecuada lo que el profesor dice en clase.
Este sujeto que percibe, a partir de su mirada, se apropia del mundo y crea la realidad. Berkeley piensa que percibir es un acto lingüístico, o por lo menos, un proceso similar. Esto implica que percibir, en cierta forma es dialogar, escuchar al mundo, puesto que, para el filósofo inglés, la realidad de las cosas está precisamente en su condición de ser percibidas.
De alguna manera, validamos la afirmación berkeleiana de que ser es ser percibido, de lo contrario, no nos importaría publicar nuestra foto en Facebook, recién levantados y sin peinar. En cambio, algunos ensayan decenas de veces antes de lograr la selfie indicada, aquella digna de las percepciones de los demás. Al respecto del mundo virtual y las redes sociales, está presente el debate de que aquellas fotos no revelan lo que realmente somos. Sin embargo, sí revelan lo que queremos que los demás perciban, como si pudiéramos controlar eso. Después de todo, cada persona sólo tiene constancia de su subjetividad.
Así, todo parece indicar que los seres humanos no podemos captar la realidad tal cual es, sino una representación de ella. Tal propuesta filosófica no puede desecharse fácilmente. Tomemos en cuenta que los rayos de luz entran en el ojo por la pupila, son enfocados por la córnea y el cristalino y forman una imagen invertida en la retina. Unas células muy especializadas convierten la imagen en impulsos nerviosos, convertidos en estímulos eléctricos. Los impulsos nerviosos llegan al cerebro descompuestos en informaciones diversas. Así, lo que vemos no está ahí: está en nuestro cerebro.
A partir de estas reflexiones, podemos preguntarnos ¿qué es la realidad? La mayoría de las personas, ajenas a los problemas filosóficos, asumen que existe un mundo físico y que su existencia es independiente de que alguien lo perciba. Otras en cambio, afirman que lo que llamamos realidad, se reduce a la percepción. El problema radica en confundir el mundo percibido con el mundo físico. Es decir, no distinguir la diferencia entre la realidad y la representación de ésta.
Después de todo, sería conveniente hacer a un lado la realidad y optar por la percepción. Así, tendríamos la razón todos los que somos potencialmente capaces de comernos medio pastel de chocolate, con la firme convicción de que, si nadie me ve, las calorías no cuentan.
@vasconceliana





