Luis Linares Zapata
Se ha presumido desde hace ya tiempo, aun ante presiones externas y ataques opositores, un binomio positivo. Éste se expresa diciendo que se cuenta con estabilidad política y bienestar económico. Se logró, también, alcanzar sustancial justicia distributiva, algo que siempre se había prometido y siempre pospuesto.
Varios años de luchar contra el crimen iban mostrando frutos por esforzados trabajos. En ninguno de esos amplios campos se podía hablar con entera satisfacción por las tareas desarrolladas, pero no se dejó de buscar su mejoría. Hasta estos atribulados días. La fábrica nacional, al inicio del segundo año del segundo sexenio, muestra claros signos de estancamiento y hasta debilidad. Morena, un organismo antes rozagante, comenzó a dar preocupaciones al acercarse la temporada electoral de medio tiempo. La súbita petición del aparato de justicia vecino para detener al gobernador sinaloense y otros tantos colaboradores de su gobierno estrelló el cuadro y destapó fallas que no cierran.
La renovación no se solicita superficial. Es imperativo ir al fondo y recomponer la perspectiva, nublada de repente. Con la prontitud posible se dio inicio a la indispensable restructuración de la dirigencia de Morena, partido que pudo ganar, con solvencia, la gobernabilidad del país hace apenas un año. Su liderazgo, en entredicho, ha sido restaurado y ahora se espera pronta eficacia y amplia visión. Buena parte del tiempo de la cúpula decisoria nacional se ha empeñado en la búsqueda de palancas para agilizar el crecimiento económico.
Hacienda pronostica un alentador avance del PIB de 2.4%. Se trata de encontrar los medios para vigorizar la básica inversión privada, complementándola con la pública, que se ve bastante magra. Aunque este esfuerzo no haya aportado lo necesario, y los indicadores trimestrales sean bastante preocupantes. De 1.4 por ciento de mejoría en el PIB, durante 2025, se publicó un lento 0.6% en el inicio de 2026. Datos, ciertamente, de poco aliento. La tasa de inversión no sólo es menor a la necesaria, sino que viene cayendo: de un 14% hace dos años a 1.7% en 2025. Bien puede decirse que se ha fracasado en su impulso.
La inflación no ha podido entrar en la zona de seguridad prometida. Los efectos de la guerra en Oriente hacen temer en su empeoramiento debido al cerco petrolero y de otros ingredientes básicos. En tiempos recientes se han hecho públicos varios logros en seguridad. La reducción continua de crímenes ha sido notoria, pero la población requiere de más experiencias para confiar. A ello se opone el persistente hecho de las dolorosas desapariciones de hombres y mujeres jóvenes.
La reciente propuesta federal, de crear un organismo de vigilancia continua y expedita a las desapariciones, va en dirección correcta. Lo que todavía no encaja con la debida prontitud es la correspondencia entre las detenciones de los llamados provocadores de violencia, respecto de los funcionarios de cobertura. Investigaciones que abarquen distintos niveles de gobierno.
Precisamente ahí es, donde el gobierno del presidente Trump ha puesto la mira. No ha sido una táctica inesperada. Él mismo ha venido insistiendo, desde hace un año, en certificar resultados pronto. Han sido detenidos varios funcionarios, todos menores, salvo los dos almirantes. Es por ello que la súbita petición neoyorquina causó sorpresa. Continuidad que se ha sumido en un silencio a partir de la solicitud de licencia del Rubén Rocha y del alcalde de Culiacán.
En efecto, se ha puesto empeño en combatir a los delincuentes del crimen organizado y, al respecto, son varias y notables las capturas. Pero se desconocen los empeños en auscultar, con severidad, la conducta de dignatarios estatales y federales. La presunción es clara: no hay progreso en el crimen organizado sin cobertura oficial. Bien se sabe, empero, que tal protección se concreta, principalmente, en niveles municipales. Pero, lo que ya acontece en México apunta también a los altos escalones de responsabilidad. Esto es así dado los enormes volúmenes alcanzados por ciertas operaciones criminales.
Por último, será deseable que las venideras elecciones sean punto de confluencia de candidaturas que cumplan exigentes estándares de conducta. La justificación empleada en el pasado, para incluir cuadros partidarios de dudosa honestidad y visiones parcas, debe corregirse y no volver a insistir en ello. Por tanto, la depuración en las filas militantes, con experiencias y perfiles cuestionables, tendrán que ser constantes. Evitar la parsimonia habida en los recambios de aquellos personajes que han dejado de ser apreciados por la ciudadanía. En fin, la hora de revitalizar la práctica política y de gobierno se impone. La continuidad del movimiento de Morena es la prioridad actual.




