david pérez

Dos gritos, un mismo silencio. El futbol insiste en que el problema es el grito. No lo es. El problema es lo que pasa después del grito.

En el Coloso de Santa Úrsula, durante el México vs Portugal que marcaba la reapertura rumbo al Mundial de 2026, volvió a escucharse el «¡eeeh, puto!». El partido terminó 0-0, pero el sonido que persiste no es el grito de gol ahogado por el tiro de La Hormiga que no entró en el arco, sino el de un cántico que lleva más de una década siendo sancionado, condenado y, sin embargo, repetido. La escena es conocida, primero aviso por la megafonía, luego la incomodidad institucional y al final, la continuidad del juego.

En Barcelona, en el RCDE Stadium —uno de los recintos proyectados para el Mundial de 2030—, la escena cambió de acento pero no de estructura. «Musulmán el que no bote» se escuchó fuerte en la grada. El cántico se repitió pese a los avisos y a que derivó en una investigación por delitos de odio. Antes, el himno egipcio fue abucheado. El partido, otra vez, no se detuvo.

Dos países. Dos contextos. Dos formas de discriminación. Un mismo patrón. La narrativa oficial dirá que se trata de casos distintos. Que uno no es homofobia y el otro no es islamofobia. Que uno es reincidente y el otro es excepcional. Que las federaciones reaccionaron, que hubo protocolos, que se activaron investigaciones. Todo eso es cierto. Y, sin embargo, todo eso es insuficiente.

Porque el elemento común no es, obviamente, el contenido del grito. Es la decisión de dejar que el espectáculo continúe. Aquí es donde el discurso del futbol global se fractura.

Las instituciones han construido una retórica impecable contra la discriminación: campañas, eslóganes, brazaletes y, como dijo Joaquín Sabina, «hashtags y la puta que los parió». Pero cuando el odio encuentra expresiones colectivas, cuando deja de ser un insulto aislado y se convierte en coreografía, la respuesta sigue siendo gradual, administrativa, diferida. Se advierte. Se registra. Se investiga.

¿Dónde está la línea que no se puede cruzar? Si un cántico discriminatorio no detiene un partido, entonces no es realmente intolerable. Es, en el mejor de los casos, incómodo. Y el futbol ha demostrado que sabe convivir muy bien con lo incómodo.

En México, llevamos años discutiendo falazmente si el grito es homofóbico o «parte de la cultura». En España, la reacción inmediata fue condenar los cánticos islamófobos como inaceptables pues están preocupados en que estos hechos puedan influir en la distribución de partidos de la Copa del Mundo que organizan junto a Portugal y Marruecos.

El argumento más cómodo, parece ser, decir que el sector que grita «no representa a todos los aficionados» y éste funciona como coartada moral. Nunca representa a todos. Pero siempre representa a los suficientes como para que el sonido sea claro, repetido y reconocible. Y, sobre todo, tolerado.

En el caso mexicano, es necesario decir que ciertamente quien acudió a la inauguración, del otrora Estadio Azteca, difícilmente es el aficionado que asiste a los partidos de local de sus respectivos equipos en la liga nacional. Sin embargo, en esos otros juegos domésticos también aparece el grito. Parece que la homofobia no distingue la capacidad adquisitiva de los aficionados.

En el caso español, es necesario resaltar que la afición de ese estadio era mayormente local, de Cornellà, misma afición que ya fue investigada por delitos de odio contra un jugador, Nico Williams, quien fue insultado por su color de piel. Sin olvidar las múltiples denuncias que existen en campos de muchas regiones de España por los insultos racistas dirigidos al jugador Vinícius Júnior.

Aquí hay mucho cálculo. Detener un partido tiene costos económicos, logísticos y políticos. Implica asumir que el espectáculo puede romperse. Que la FIFA, la UEFA o las federaciones locales no controlan del todo lo que ocurre en sus propios escenarios. Por eso la respuesta se administra y el límite se difumina.

El resultado es un mensaje silencioso pero contundente, en un campo de juego puedes gritar lo que quieras, siempre y cuando no arruines el negocio. Entonces el problema deja de ser solamente el aficionado que grita. El problema es la institución que como la Secretaria de Mocedades, es «la que escucha, escribe y calla»… y decide seguir jugando.

@davidperezglobal

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