david pérez
En febrero de 2022, la FIFA y la UEFA suspendieron a las selecciones y clubes de Rusia de «todas las competiciones» tras la invasión a Ucrania. Fue una decisión unilateral, firmada por sus máximos órganos y difundida en los canales oficiales.
Tres años después, en el sorteo del Mundial 2026, Gianni Infantino entregó a Donald Trump el «FIFA Peace Prize – Football Unites the World» en Washington. El gesto no fue menor, fue el momento protagónico del espectáculo.
A menos de un mes de ese premio ridículo, el gobierno de EU ejecutó acciones militares en Venezuela —captura de Nicolás Maduro incluida— acciones que deben ser cuestionadas por su legalidad internacional, y aquí ya no apelamos solamente a la FIFA, claro está, sino también a la Oficina de Derechos Humanos de la ONU y al Consejo de Seguridad del mismo organismo.
Si se aplicara el «criterio Rusia» —sanción deportiva por uso de la fuerza—, la FIFA tendría que abrir un expediente sobre EU. No ocurrirá. Porque el reglamento del deporte internacional no es una tabla pareja que se aplica de forma universal, es más bien una herramienta de gobierno que se usa a conveniencia.
La sanción a Rusia probó que el futbol a veces se involucra en la geopolítica; el premio a Trump fue una muestra más de que también se puede dar una lavada de imagen cuando conviene a la agenda del anfitrión y al espectáculo global. Eso no es neutralidad, es selección de principios.
No es la primera vez que el futbol jerarquiza qué conflictos sí importan y cuáles no. Los mundiales de 2018 y de 2022 quedaron marcados por los debates en materia de derechos humanos, y ahora el de 2026 repite el libreto con otra máscara. La diferencia es que ahora al premio FIFA de la «paz», además de los cuestionamientos que recibió en su momento, hay que añadir las de operaciones ilegales en Venezuela.
El trofeo simbólico en el Kennedy Center, el discurso de «unidad» y la foto trilateral con el anfitrión son publicidad de gobernabilidad. En televisión, el premio suma para legitimar al gobierno de Trump. El futbol una vez más al servicio del colonialismo y del fascismo.
Algunas objeciones
— «La FIFA no puede resolver la geopolítica».
Correcto. Pero sí la arbitra cuando suspende a un país por invadir otro y sí la blanquea cuando condecora a un presidente proclive a las acciones militares. O gobiernas el principio o gobiernas la conveniencia.
— «El premio es simbólico, no jurídico».
Justo por eso es poderoso. El símbolo regula el sentido común más que un argumento lógico. En la pantalla, «paz»; en el ámbito diplomático, uso de la fuerza.
— «La suspensión rusa fue excepcional».
Lo excepcional se vuelve precedente en el momento en que la institución lo exhibe como virtud. Luego debes sostener la vara o admitir que sólo fue decoración.
Si la pelota sirve para sancionar guerras, que sirva para todos los conflictos militares. No pedimos pureza de las instituciones, y menos de la FIFA, pedimos que haya un solo estándar. Rusia fue expulsada por invadir. A Trump lo premiaron por sus acciones de «paz».
El futbol que promueve la FIFA no se anuncia como parte de un proyecto económico o político, lo quieren vender como un deporte de unidad y con valores tradicionales. Sin embargo, en ese mismo ecosistema se decide quién es castigado por la guerra y quién recibe una medalla. Ese es el poder de una institución que organiza partidos de futbol… y que también pretende organizar voluntades y obediencias.
@davidperezglobal





