david pérez

El debate sobre la sexualización de las deportistas en las transmisiones televisivas y en la cobertura periodística en general va acumulando capítulos. La Unión Europea de Radiodifusión (EBU), junto con European Athletics, acaba de llevar esa pregunta hasta la realización televisiva. Su documento «Raising the Bar: Guidelines for Respectful Media Coverage in Women’s Athletics» establece recomendaciones para modificar la forma de transmitir las competencias femeninas.

Lo que me resulta verdaderamente relevante es que las directrices no nacieron solamente de productores sentados frente a monitores. La EBU reconoce que fueron elaboradas consultando a tres atletas olímpicas: Holly Bradshaw, Ivana Španović y Blanka Vlašić. Sus experiencias ayudaron a convertir un problema denunciado por las deportistas en decisiones concretas sobre dónde colocar una cámara y qué imágenes repetir.

El testimonio más contundente es el de Holly Bradshaw, medallista olímpica británica en salto con pértiga. Bradshaw cuenta que ha recibido ataques en redes sociales y ha encontrado videos inapropiados de ella y de otras competidoras construidos a partir de imágenes en cámara lenta de sus competencias. Las deportistas ya no tienen que pensar solamente en correr, saltar o superar una barra, también tienen que preocuparse por qué imagen de su cuerpo puede quedar congelada, recortada y puesta a circular fuera de contexto.

Lo interesante es observar qué hizo la EBU con ese testimonio. No lo convirtió en una campaña publicitaria sobre respeto. Lo convirtió en instrucciones técnicas. En el salto con pértiga se recomienda evitar planos cerrados que puedan producir imágenes comprometedoras, mantener tomas más abiertas y abandonar determinadas repeticiones una vez que la atleta ha superado la barra.

Bradshaw explica que las cámaras deberían de mostrar los últimos seis pasos de aproximación, la velocidad de la penúltima zancada, la posición del despegue y la técnica de inversión. Según ella, concentrarse en esos elementos permite explicar buena parte de lo que realmente determina un salto y, al mismo tiempo, elimina naturalmente muchos de los encuadres problemáticos. Ahí está el cambio fundamental. No se trata de mostrar menos a las mujeres. Se trata de mostrar más deporte.

Ivana Španović, campeona mundial de salto de longitud, lleva el argumento todavía más lejos. En lugar de plantear una televisión más prudente y aburrida, propone utilizar mejor sus posibilidades. Como lo son la cámara lenta para observar la precisión de un despegue o una zancada, perspectivas aéreas para comprender la dinámica del movimiento y gráficos que expliquen factores técnicos y biomecánicos. La alternativa a la sexualización, por tanto, no es censurar el cuerpo, es enseñar al espectador a comprender qué está haciendo ese cuerpo.

Blanka Vlašić hace algo semejante con el salto de altura. Explica que lo espectacular —el instante en que el cuerpo arqueado supera la barra— es solamente la consecuencia visible de una secuencia mucho más compleja compuesta por el ritmo de aproximación, la posición de las caderas, la curva, la distancia del despegue y la inclinación de los últimos pasos. Su aportación aparece inmediatamente junto a las recomendaciones de cámaras para esa disciplina. Los planos abiertos permiten estudiar precisamente esos elementos; una cámara baja debajo de la atleta, en cambio, tiene una alta probabilidad de producir imágenes comprometedoras y aporta menos información técnica.

Los testimonios sirvieron para cuestionar el significado de una buena transmisión deportiva. Durante mucho tiempo hemos asumido que la cámara simplemente registra lo que sucede. Pero toda imagen es una selección. Mostrar unas piernas y no el movimiento completo, repetir un aterrizaje y no el despegue, acercarse al cuerpo y no al gesto técnico. Nada de eso ocurre espontáneamente. Alguien decide dónde colocar la cámara, cuánto acercarse, cuándo repetir y cuándo cortar.

John Berger escribió sobre las formas en que aprendemos a mirar y sobre cómo históricamente las mujeres han sido colocadas en la posición de observarse a sí mismas siendo observadas. El problema adquiere una dimensión particularmente relevante cuando esa lógica entra al deporte. Una atleta debería poder experimentar su cuerpo fundamentalmente como instrumento de acción, es decir, correr más rápido, saltar más alto, ejecutar mejor una técnica. Pero una cámara puede obligarla a experimentarlo simultáneamente como objeto de la mirada ajena.

Por eso la frase de Bradshaw resulta tan importante. Cuando una deportista empieza a preocuparse por dónde está la cámara mientras compite, el aspecto deportivo se ve disminuido. Las nuevas directrices intentan invertir esa relación. El documento recomienda evitar primeros planos prolongados de partes específicas del cuerpo, tomas bajas desde atrás o desde debajo de las atletas y repeticiones en cámara lenta que no ayuden a comprender la acción deportiva. Estas recomendaciones surgieron precisamente después de escuchar a deportistas que denunciaron incomodidad y distracciones provocadas por determinados encuadres.

Quizá uno de los mayores aportes de Bradshaw, Španović y Vlašić es que exigen poner en el centro la dignidad de las deportistas. No pidieron salir de cuadro. Pidieron participar en la construcción del cuadro. Durante décadas otros decidieron cómo debíamos mirar sus cuerpos. Ahora ellas están diciendo dónde colocar la cámara. Y cuando cambia el lugar desde donde miramos, también puede cambiar aquello que somos capaces de ver.

@davidperezglobal

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