José Cueli

Entre el sonido y el sentido hay una diferencia que a la vez estimula y derrota al escritor. Este punto estaría en franca consonancia con la denuncia derridiana del logofonocentrismo en cuanto al privilegio que se ha otorgado a la voz sobre la escritura y a las consecuencias que ello ha tenido en todos los ámbitos, desde la lingüística hasta la política y el poder.

Los ensayos de Deconstrucción y crítica, compilados por Harold Bloom, apuntan a una teoría de esta diferencia. Demuestran que en cada texto “se incorporan otros textos mediante una peculiarísima asimilación cuya forma es el objeto tanto de la crítica sicoanalítica como de la puramente retórica”.

Para los autores, y esto es un punto de coincidencia, la separación entre la filosofía y los estudios literarios no ha beneficiado a ninguna de las partes.

Agregaría que lo mismo es válido para el sicoanálisis, que cada vez es más influenciado (para algunos sectores) por el pensamiento estadunidense, descuida en la formación de los sicoanalistas las áreas de humanidades y literatura, soslayando, de la manera más lamentable, el hecho contundente de que el discurso inconsciente es un texto a descifrar, tal como planteó Sigmund Freud y que, por tanto, el sicoanálisis no sólo pretende la simple abolición de un síntoma, sino la rescrituración del texto inconsciente, mediante la traducción, transcripción y transliteración de dicho texto.

Como menciona Hartman, el reciente resurgimiento de la crítica filosófica emprendido por autores como Lukács, Heidegger, Sartre, Benjamin y Blanchot traduce un “nuevo amanecer que no debe diluirse en la luz común y corriente de cualquier día”.

En el texto que ahora comento, autores como Derrida, De Man y Miller exponen, en su estilo, el “abismo” que existe en las palabras. Mientras autores como Bloom y Hartman, que no militan en la corriente deconstructiva y que en ocasiones se oponen a ella, entienden lo que Nietzsche expresa cuando enuncia: “el patetismo más profundo no deja de ser un juego estético”. Les interesa profundamente ese patetismo, su persistencia y sus orígenes sicológicos.

Textos como éste mueven a una reflexión profunda no sólo de las condiciones actuales de la crítica literaria, sino a pensar en forma exegética en diversas disciplinas de las humanidades y en su propia ética.

El aspecto de la intertextualidad ya estaba presente en el sicoanálisis propuesto por Sigmund Freud. El encuentro humano en el sicoanálisis implicaba ya en Freud algo más que una simple cura del síntoma. El encuentro de dos textos inconscientes en la complejidad de un tiempo atemporal, abiertos a la multiplicidad de voces de sentidos y lecturas en los que el lenguaje escapa a una simple traducción lineal y unívoca.

Otra veta de pensamiento, siguiendo la línea propuesta por el texto, invitaría a pensar en la violencia, ya denunciada por Derrida, que se ha ejercido desde el logofonocentrismo y que ha influido en la política cerrada y totalitaria que ha conducido al establecimiento de cotos de poder avalados por un tipo de discurso universal excluyente basado en un ejercicio irrestricto del poder y la violencia.

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