david pérez
El primer gol del Mundial lo anotó Julián Quiñones. México inauguró la Copa del Mundo en casa y el primer mexicano en celebrar frente a la portería rival fue una persona nacida en Colombia y afrodescendiente. El dato es deportivo, pero también político y cultural. El futbol tiene esa capacidad extraordinaria de exhibir nuestras contradicciones.
Durante años, Quiñones escuchó que no era suficientemente mexicano. Que había nacido muy lejos, que no podía ser «uno de los soldados que el cielo le dio» a la patria mexicana, tal como reza el himno. Que ocupaba un lugar que correspondía a alguien más. En redes sociales y programas deportivos abundan las burlas sobre su origen, su color de piel y su derecho a vestir la camiseta nacional. Sin embargo, cuando el balón cruzó la línea de gol, millones de personas celebraron sin preguntar por el lugar de nacimiento que aparecía en su acta.
Hace algunos días conversé en mi podcast Pensar la Vida con integrantes de la organización Afrochingonas. Entre muchas otras cosas, hablaron sobre una realidad poco visible en México, sobre cómo la narrativa oficial de nuestra identidad nacional suele contarse como el encuentro entre dos raíces, la «indígena» y la «española», dejando fuera una tercera historia que también ayudó a construir el país. La afrodescendiente.
El gol de Quiñones recuerda la pertinencia de la organización de las Afrochingonas. Porque parte importante de la apuesta de Scarlet, Marbella y Valeria es la recuperación de la memoria a través de un recorrido crítico por la historia de México para rescatar la participación de las personas afro en la construcción de la nación, ofrecer herramientas de identificación y facilitar espacios para analizar las narrativas de resistencia y la creación de las comunidades afromexicanas hoy.
Es decir, recuperar y contar las historias de personas cuya presencia ha influido en la cultura, la economía, la política y la vida cotidiana de México durante siglos, pero sin embargo dicha existencia ha sido frecuentemente reducida a una nota al pie de página o ni siquiera eso.
Quizá por eso resulta tan revelador observar algunas reacciones alrededor de Quiñones y su primer gol en esta edición del Mundial. Para ciertos sectores parece perfectamente aceptable celebrar los goles, los títulos y las victorias de una persona afrodescendiente, pero no reconocer plenamente su pertenencia a la comunidad nacional. Como si la mexicanidad fuera una especie de club privado administrado por guardianes de la identidad.
Afortunadamente, la realidad es mucho más compleja y mucho más interesante. México también es afro. Lo ha sido desde hace siglos. Obviamente lo era antes del gol de Quiñones y lo seguirá siendo después. La diferencia es que durante mucho tiempo preferimos no mirar esa parte de nuestra historia. Hoy un gol hace que sea complicado dirigir la mirada para otro lado.
Por eso el debate alrededor del futbolista trasciende lo deportivo. No porque él haya querido convertirse en símbolo de nada, sino porque su sola presencia obliga a formular algunas preguntas, ¿quién o qué decide quién es mexicano?, ¿el lugar de nacimiento?, ¿el color de la piel?, ¿los apellidos?, ¿o la decisión de compartir un proyecto colectivo y asumirlo como propio?
Y tal vez ahí se encuentra el primer elemento interesante que sale desde la cancha de este Mundial. El primer gol de México no sólo abrió el marcador, también nos recordó una conversación pendiente sobre quiénes somos cuando nos miramos sin los mitos cómodos que nos contamos sobre nosotros mismos.
@davidperezglobal





