david pérez
El sorteo del mundial de la FIFA es, formalmente, un trámite en el que se definen grupos y rutas competitivas. Pero lo que vimos en Washington fue otra cosa. Atestiguamos un ritual político-mediático que ordena el torneo y, de paso, reordena jerarquías entre mandatarios, negocios y audiencias. No solo organiza el torneo de futbol, organiza narrativas de poder.
La escena del sorteo
Andrea Bocelli abre el espectáculo con «Nessun dorma», (Que nadie duerma), que es un aria del acto final de la ópera Turandot, compuesta por Puccini. En la trama, una princesa china, Turandot, se casará solo con el hombre que resuelva tres acertijos, castigando con la muerte a quien no acierte.
El aria es cantada por el Príncipe Calaf, un pretendiente desconocido que la princesa no considera de su altura.
Turandot se siente humillada y se resiste a casarse con él. Calaf le propone un nuevo reto, si ella descubre su nombre antes del amanecer, él morirá. La princesa decreta que nadie en la ciudad debe dormir (Nessun dorma) hasta que se descubra el nombre del forastero. Calaf, seguro de su victoria, canta esta aria con la esperanza de que ganará el amor de la princesa antes del amanecer.
Luciano Pavarotti interpretó esta misma aria como tema principal del mundial de Italia 90.
Kevin Hart y Heidi Klum conducen el evento y su presencia en el escenario es prueba de que la FIFA prefiere figuras del entretenimiento masivo para traducir el futbol al negocio del espectáculo. Y los ayudantes del sorteo refuerzan el mensaje de hegemonía cultural: Tom Brady, Shaquille O’Neal, Wayne Gretzky y Aaron Judge, cuatro tótems del deporte-negocio norteamericano, sacando las esferas de los bombos como si ellos sancionaran la entrada al gran mercado. Ningún deportista mexicano mereció el «honor» de acompañar a esas figuras del deporte.
El núcleo político
En el mismo escenario, Gianni Infantino entrega a Donald Trump el flamante Premio FIFA de la Paz. La jugada es de manual, premiar al presidente anfitrión para blindar la narrativa de que «el futbol une al mundo», aunque los méritos invocados sean muy discutibles. Žižek lo describió alguna vez como «cinismo ilustrado», sabemos que el gesto es propaganda, y aun así participamos porque «así funciona el sistema». Se utiliza el discurso de la construcción de paz para maquillar al futbol.
Mientras el show proclama unión y paz, la realidad geopolítica se cuela por las rendijas. Parte de la delegación iraní no obtuvo visas; hubo amago de boicot y, al final, solo una representación pudo asistir al evento. La FIFA defiende las negociaciones de paz de Trump y la geopolítica contesta desde el consulado.
En el mismo escenario se representa otra coreografía. La de tres jefes de gobierno (EU, México y Canadá) compartiendo una foto. Poder duro y poder blando sincronizados en una misma toma.
¿Qué nos dice este sorteo de la FIFA 2026?
El guion del espectáculo manda sobre el futbol. Bocelli, Village People, estrellas de la NFL, NBA, MLB y NHL, y conductores de horario estelar. La estética del evento ensambla industrias para vender una promesa —el Mundial como parque temático continental—. El deporte aparece como sección del show, no al revés.
Premiar para gobernar el relato. Un «premio de paz» en manos de un presidente con dossier controvertido en materia internacional es una operación que no busca transformar las injusticias, sino busca complacientes y cómplices. La FIFA no arbitra conflictos; pero sí arbitra percepciones.
Tri-diplomacia en plano general. La presencia conjunta de Trump, Sheinbaum y Carney recuerda que el Mundial es también infraestructura simbólica del T-MEC en uno de sus momentos más delicados. La foto conjunta es, en sí misma, política exterior sin necesidad de un comunicado.
La falsa neutralidad. La restricción de visas a parte de la comitiva iraní evidencia los límites del eslogan «el futbol es de todos». En la práctica, no todos entran. La autonomía del deporte termina cuando se trata de migración y de seguridad.
Algunas objeciones
— «Esto sólo fue un sorteo, dejemos la política fuera».
No se puede dejar fuera lo que está adentro por diseño. La propia FIFA reclutó a celebridades no futboleras y montó un premio político en escena. Eso es política del deporte.
— «El premio incentiva a que se hable de la paz».
Los símbolos importan, y justo por eso se exigen criterios verificables. Cuando un premio contradice evidencias o ignora controversias, opera como lavado discursivo más que como incentivo.
— «La presencia de líderes es normal en un evento de este tamaño».
Sí, y por eso es relevante leer el espectáculo de manera crítica. Una foto trilateral en el Kennedy Center, en pleno espectáculo deportivo de alcance global, ancla al Mundial a la agenda económica y electoral de la región.
El espectáculo del sorteo deja ver que la FIFA es una maquinaria de significado. Convoca a las instituciones del Estado, del mercado y del entretenimiento para administrar el consenso. Al aplaudir la gala, podemos olvidar que también allí se decide quiénes cuentan, quiénes caben y quiénes quedan excluidos.
Si «Nessun dorma» pide que nadie duerma, la crítica debe tomarle la palabra y participar o consumir este evento deportivo con menos aplausos y más análisis.
IG @davidperezglobal





