Jaime Nava
“¿Ya te cogió Córdova?”, le preguntó Daniel a uno de sus amigos cuando se enteró que viajaría a la ciudad de México junto al padre Eduardo Córdova Bautista. Daniel, quien había sido víctima de Córdova, no se imaginaba que esa pregunta serviría para conocer que entre su grupo de amigos él no era la única víctima de uno de los sacerdotes con mayor poder dentro y fuera de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.
Daniel y sus amigos conocieron a Córdova cuando estudiaban la preparatoria en el Instituto Potosino Marista. El cura iba a los retiros que organizaban los estudiantes y de donde salían los jóvenes que integraban el movimiento Acción Social del Instituto Potosino (ASIP), del cual Córdova era fundador, recordó Daniel en entrevista con La Jornada San Luis.
Relató que en su búsqueda de respuestas a las preguntas de la adolescencia se procuraba el acompañamiento de alguien, por lo que, tanto para él como para sus amigos, Córdova fue un consejero y confesor con el que después desarrollaron una amistad, “era mucho de invitarnos a todos o de ir juntos a cenar después de alguna misa”.
Cuando Daniel y sus amigos ingresaron a la universidad no perdieron el contacto con Córdova aunque él se hubiera ido a estudiar a Roma durante un tiempo: “venía en vacaciones y yo era de los privilegiados que podía saber que estaba aquí y lo visitaba incluso en la casa de su mamá”.
“¿Por qué haces eso?”
Córdova había logrado ganarse la confianza del grupo de amigos y amigas de Daniel. “Le platicaban todos tus secretos, todas las vulnerabilidades propias de la adolescencia, conflictos, problemas familiares”, dijo, y añadió que dentro de su grupo la palabra de Eduardo Córdova “tenía bastante peso” y, aun ahora, reconoció que los consejos que recibían eran los que se podían esperar, “incluso a muchos de mis compañeros los ayudaba a conseguir algún empleo”.
Su ayuda “fue muy valiosa, hasta que te pasa una situación que te cimbra y que te pone en duda muchas cosas”. Daniel se encontraba en “crisis vocacional”, por lo que sus encuentros con Eduardo Córdova se hicieron más frecuentes: “me dijo ‘no te preocupes, yo te voy a ayudar, si quieres cambiarte de universidad o darte un tiempo de baja temporal yo te ayudo’”.
Daniel fue citado en la acción católica –lugar donde vivía Córdova en ese momento–, a su llegada lo invitó a sentarse en una silla porque lo vio “estresado” y le dijo que necesitaba relajarse, “me empezó a hacer una especie de masaje, estaba a mis espaladas, empieza a tocarme”, narró Daniel. Al cuestionar lo que Córdova estaba haciendo éste le respondió que se trataba de una “confesión diferente, alternativa, con el cuerpo”.
La incomodidad comenzó a sentirse cuando Córdova “me quitó la playera y empezó a tocarme”, afirmó Daniel, y continuó: “se pasó frente a mí, se hincó y empezó a meter sus manos en mis piernas, como yo traía short metió sus manos en mis partes íntimas y se le subió la calentura, entonces yo me hice para atrás y le dije ‘no Eduardo, pérate, no, no, ¿por qué haces esto? ¿por qué haces esto?”.
Ante la reacción de Daniel, Córdova intentó justificar sus acciones argumentando que “eso era parte de la tensión, que hay que liberar la tensión”, y le dijo que “bueno mejor en la cama”. Daniel salió “disparado” de la acción católica.
Silencio, separación y rechazo
Hasta hoy nadie de la familia de Daniel sabe lo que le ocurrió ese día, “no había la dinámica para poder expresar esto”. Comenzó a distanciarse del grupo de jóvenes cuando iban a cenar después de misa con Eduardo Córdova. No fue el único, él comenzó a notar cómo otros amigos suyos se alejaban hasta que un día cuando uno de sus amigos le comentó que se iría de viaje con Córdova a la ciudad de México, Daniel le dijo: “¿ya te cogió Córdova?”.
Con el paso del tiempo, explicó, durante una comida algunos amigos le preguntaron por qué había hecho ese comentario, “les dije que había sido en broma pero me dijeron ‘yo fui a México y pasó’ o ‘quiso abusar de mí’”. Entre los amigos fueron descubriendo quiénes más habían sido víctimas del que consideraban su amigo y confesor. “Una vez estábamos llevando serenata a una chica, un amigo venía de haberlo visitado y venía completamente drogado”, recordó Daniel, y añadió que después de haber hablado entre varios con él les dijo que Córdova le había dado una pastilla “para relajarse”, para finalmente cometer el abuso.
Daniel lamentó que cuando comenzaron a platicar entre amigos lo que estaba ocurriendo, “lejos de recibir apoyo, se nos echaron en contra”, sus compañeras no querían hablar sobre el tema, “ni siquiera nos creyeron”, lo cual ocasionó que el rompimiento de una parte del grupo de amigos.
“A lo mejor el obispo anda en las mismas…”
Las víctimas continuaron platicando y explorando opciones para enfrentarse al “poderoso” Eduardo Córdova. En alguna ocasión se pusieron en contacto con un sacerdote franciscano que vivía en el Distrito Federal para plantearle la posibilidad de denunciar lo ocurrido ante el obispo: “por lo que tú me cuentas no vas a lograr nada. A lo mejor el obispo anda en las mismas y le está tapando”.
El grupo volvió a dividirse entre quienes deseaban actuar en contra del sacerdote y entre quienes preferían olvidar lo que les había ocurrido.
Perfil poderoso de Córdova
Córdova era una persona a la que le gustaba jactarse del poder que tenía, “mencionaba abiertamente nombres de personas que lo buscaban” e incluso llegaba a presumir que el gobernador en turno le pedía su opinión, “me están invitando para que les diga qué hacer porque no saben”, afirmó que era habitual escucharle a Córdova.
Narró cómo Eduardo Córdova tras haber discutido con el padre Juan Martínez Vega –a quien describió como un sacerdote humilde, seguidor de la teología de la liberación– le advirtió que sería removido de su encargo al frente de la pastoral juvenil y vocacional para irse a Roma. “Empezaron a enfrentarse, no les importó que estuviéramos ahí y a los pocos meses el padre Juan Martínez fue enviado a la parroquia más jodida”, señaló Daniel.
Consideró que la posición “privilegiada” de Córdova dentro de la jerarquía católica lo hacían tener el poder de “truncar las carreras eclesiales” de varios sacerdotes. El padre Juan Martínez terminó en algo ajeno a lo que él deseaba “por estar en contra de una postura” de Córdova.
“A mí no me la vuelven a hacer”
Daniel se aisló y abandonó sus estudios. “Estuve haciendo cosas, creo que no eran las que me correspondían”, adujo, y explicó cómo su vida se vio afectada desde el “dolor de la amistad que se rompió al ver que no te creen” hasta sus relaciones afectivas que se vieron dañadas por el sentimiento de culpa y el vivir muchos años a la defensiva pensando “nadie va a abusar de mí”, o el sentimiento de “a mí no me la vuelven a hacer”.
Daniel recibió durante años apoyo sicológico con el que ha sido capaz de “acomodar” los sentimientos de “enojo y rabia” por la impotencia de saber “que no le van a hacer nada porque se manejó en un perfil bastante poderoso”. Por lo tanto sólo quedaba el trabajo personal de cada quien para superar las dificultades a las que se ha tenido que enfrentar.
Lamentó que la justicia esté “completamente coludida” a intereses alejados a las personas víctimas y que las leyes sean incapaces de restituir los daños que se causan.
Visita papal inmoral
Que el tema de la pederastia clerical no haya sido incluido en la agenda del Papa durante su visita a México fue calificado por Daniel como una “falta de coherencia, inmoralidad y falta de respeto”, porque ha sido un tema que ha estado “en el ojo del huracán” durante muchos años.
Dijo pensar que una reunión entre las víctimas y el pontífice hubiera servido para “poner el corazón en lo que se ha vivido y que el Papa sintiera, porque aquí ves las declaraciones del vocero del arzobispo (Juan Jesús Priego Rivera) y es un cuate que no siente, no tiene corazón. El arzobispo parecía que sí pero le gana más el miedo”.
Finalmente, a la pregunta de si tuvieras al Papa en frente ¿qué le dirías?, Daniel respondió: “Le expondría el dolor de esto, le preguntaría si le duele, qué siente de escuchar esto, de que esté viendo lo que le ha sucedido a tantos niños, aquí en San Luis, en manos de él. Qué siente que su arzobispo no haga nada y que se lave las manos. Qué siente. Eso, eso haría”.





