Fabiola Palapa Quijas
Frankenstein no es el monstruo de las películas. Es una criatura arrojada a la vida, en soledad, con una fuerza descomunal que no sabe controlar y quien, ante el rechazo del mundo, deja salir su frustración y su enojo. Esa es la premisa de la obra de danza contemporánea del coreógrafo Rodrigo González, que mañana regresa a la Capilla Gótica del Instituto Cultural Helénico.
Para el también director de La Infinita Compañía, adaptar la novela Frankenstein, de Mary Shelley, no fue llevar el terror al escenario, sino rescatar su romanticismo.
“Muchas veces se asocia con una obra de terror, pero me parece que es más bien una novela romántica por la historia que plantea. Yo la veo con una gran melancolía, con un gran romanticismo y con esa soledad profunda que vive el personaje principal, que vivió Mary Shelley y en la que quizá me veo reflejado”, comparte el coreógrafo en entrevista.
Esa soledad es el eje de la pieza. El creador de la obra ve en Shelley a un personaje tremendo y adelantado a su época, cuya criatura no es maléfica en su origen. “No es mala per se. ¿Cómo es la sociedad y cómo nosotros vamos formando a las nuevas generaciones? Lo que reciben es lo que dan. Todo lo que resulta diferente, distópico, es objeto de rechazo y de agresión, y muchas veces ese rechazo vuelve de vuelta”, afirma.
En escena, el peso recae sobre la criatura, interpretada por el bailarín Yocoyani Arreola. Si hubiera que nombrar un protagonista, dice González, sería él. No hay buenos ni malos. Tanto Víctor Frankenstein, interpretado por Álvaro Pérez, como su creación, cargan con luces y sombras.
El doctor Víctor, recuerda el coreógrafo, intenta traer la muerte a la vida tras la pérdida de su madre, con la fantasía de que si logra reanimar un cuerpo inerte, podrá hacerlo con ella. “Aunque el planteamiento de origen viene de algo amoroso, se va transformando y ese querer corregirle los renglones a la vida se vuelve en su contra”, sostiene el director.
Tras profanar cementerios para obtener cuerpos, una imagen que a González le remite a Da Vinci y sus disecciones, el logro se le revierte: la criatura acaba con la vida de su hermano, de su mejor amigo y de su amada Elizabeth. Esa parábola, advierte el coreógrafo, es más actual que nunca.
“Pienso en los experimentos actuales sobre genética humana, generación de órganos, clonación, o el cambio que hacemos sobre el medio ambiente y la naturaleza, y cómo se nos está revirtiendo en contra. La realidad supera la ficción, y no es poca la ficción que plantea Shelley.”
Para encarnar esa contradicción, el lenguaje corporal de la criatura fue construido a partir de talleres de danza butoh como referencia. El resultado es un movimiento por momentos fragmentado, líquido y torpe, un virtuosismo que finge descontrol. “El problema de la criatura es que no tiene control sobre sus emociones y su fuerza física.
“En la novela es un ser de dos metros, con una fuerza que supera a la de cualquier humano, y su descontrol emocional hace estragos y cobra vidas”, explica González. Por eso el trabajo gestual, la fragmentación y la emocionalidad son centrales.
De acuerdo con el creador, uno de los momentos claves es la pesadilla del doctor, cuando lo atormentan todas las muertes que ha cobrado su experimento. Persigue a la criatura para destruirla y termina muriendo de hipotermia. La criatura, igual que en la novela original, decide inmolarse y prenderse fuego en una pira para liberar a la humanidad de su propia amenaza.
Frankenstein se ha convertido en una de las piezas más personales de González, en la línea de su trabajo con La Infinita Compañía de llevar clásicos como El principito, El lago de los cisnes o Madame Butterfly. “Me gusta ese universo de hacer adaptaciones o relecturas de estos títulos llevadas al cuerpo, encontrando otras indagaciones de los mismos clásicos. En esta pieza la intención es que nos demos cuenta de que la monstruosidad la llevamos nosotros”, concluye.
Frankenstein, con La Infinita Compañía, se presentará del 24 de septiembre al 18 de octubre, los jueves y viernes a las 20 horas, sábados a las 19, y domingos a las 18 horas en la Capilla Gótica del Instituto Cultural Helénico (avenida Revolución 1500, Guadalupe Inn).







