Luis Ricardo Guerrero Romero

Tocaste la puerta, no sabías que todo estaba ya desolado, no eran horas adecuadas para estar frente a su casa pensando. Te dejas llevar por el decurso espontáneo de la imaginación, la madre de toda virtud y de todo vicio. Vuelves a replicar, tocas y con esa piedrita que estaba esperando un salvador que le diera algún uso. Te sientes importante pues reestableciste de su nada, de su perdición a ese pedazo de mineral que nadie hacía caso. Pero, para ti, ahora se convierte en una aliada, eres la piedra, pues su fuerza, es la solidez que necesitas para ser atendido por quien habita esa casa. Confundes sobre lo que será más importante: tú, o la piedra que ahora es tu aliada. Vuelves a tocar, tocas más fuerte, tan fuerte como tu sed, tan fuerte como la cefalalgia que te posee. Habla tu voz: ¡Gaby, Gabita, Gaviota! Intentas llamar su atención con una lista de hipocorísticos de su segundo nombre y un mote que te recuerda fonéticamente a ella y musicalmente alguna canción de trova del maestro Silvio Rodríguez.

Nada, te parece que no hay gente en ese departamento, o también te parece que has errado, otra vez has equivocado, tocas una puerta que no es la adecuada, pero es la ideal. Arrojaste la piedra, la liberas, no deseas entorpecer su destino duro. Contemplas ese lugar, parece que a tu olfato llega el aroma de su sonrisa, sólo ella tiene esa cualidad, de entre todas las mujeres, sólo a ella le distingues un aroma al sonreír, una luz al respirar, cierta paz en su mirada. Pero Gaby no está. Te basta y pletórico está tu corazón con imaginar las veces que llega a su hogar a descansar, o a seguir trabajando. Porque la imaginas, duermes y allí la imaginas, escribes ahora y la imaginas, escribes todo este relato y más en sendos papeles, en uno redactas lo que pasa si ella abre la puerta, y en el otro, redactas que imaginas que redactarás si ella te deja pasar. El bar está cerrando, debes de salir, pagar las deudas y salir del bar, es decir despiertas porque sabes que no disfrutas de la gente, ni del bar, únicamente del pensamiento que te hace sentirla. Cosas del propio bar.

Lo que se dice en el bar, se queda en el bar, cada individuo, por abstemio que se promulgue, tiene su propio bar. O al menos, eso es lo que el texto anterior nos quiere dar a entender, o lo que yo, un alter ego me doy cuenta. Los bares como sabemos en esta temporada pandémica están cerrados, lo cual me agrada porque la gente no se junta a gritar tonterías, pero me increpa la economía de los mortales. No obstante, como pasa una resaca, pasará este momento de retiro que la Tierra nos solicitó. Desde luego no estamos aquí para platicar sobre ello, sino sobre alguna palabra que en el relato anterior es la protagonista. Me refiero a la palabra: bar, pues es allí donde se suscitaron las acciones de aquel personaje que va en busca de ella.

Hablar de lo que pasa en un bar es difuso, pero decir de dónde nos viene ese sustantivo de socialización y trasparencias es más claro. Así es que tenemos una hipótesis, la herencia helénica: οινο βαρης (oino bares: entorpecido por el vino, ebrio). La voz: Βαρεω [bareo], es entorpecer, misión implícita en su mayoría de quien va algún bar. Esto también tiene que ver con la pesadez, la gravedad, el caer, de donde viene otra palabra conocidísima: barómetro. Lo que nos afianza saber que el asiduo al bar resulta luego estar entorpecido, y ya por ejemplo en el latín la idea de entorpecer se entiende como estorbar, es decir: impedio. Cualquier sujeto briago está impedido, por ende, estorba para una u otra tarea. Hay, sin embargo, otras posturas que dictan que el sustantivo bar nos viene de barra (de origen francés), lo cual es lógico a partir de ciertos siglos atrás, aunque no olvidemos que asistir a puntos específicos a embrutecerse es antiquísimo. Como antiquísimo es recordar a ella, la protagonista del relato inicial.

l.ricardogromero@gmail.com

Reloj Actual - Hora Centro de México