Luis Ricardo Guerrero Romero

Al amanecer creímos estar allí en el mismo lugar en que nos habíamos descansado, pero aun sin despertar, algo nos decía que estábamos en un error. El aroma a caoba, humedad, (esa famosa bacteria de nombre geosmina, que produce el olor a tierra mojada) y el frío verde de algún campo penetraba por nuestra nariz provocándonos el desconcierto. La incomodidad del suelo hizo que rápidamente, tan pronto me di cuenta de que en ese lugar no pernoctamos, golpeé el hombro de Tomás alertándolo de que algo nos había sucedido, abducción –jamás, nunca fuimos creyentes de esos asuntos, aunque sí conscientes de que la vida no es asunto de un sólo un planeta–, el exceso de alcohol quizás, pero no supimos cómo es que despertamos en otro lugar. Tomás de inmediato trasculcó sus bolsillos, pero todo estaba en orden, algunos billetes sudados, sus tarjetas, la INE, aquella carta de la última novia, causante de nuestro encuentro etílico. ¡No!, –dijo con asombro–, no estaba la cédula profesional que lo acreditaba académicamente como un historiador, y en lugar de eso una nota doblada en ocho pedacitos que decía en letras minúsculas con tinta azul: gigante. Enseguida, él comenzó a realizar conjeturas que le llevarán a entender por qué no estábamos en la barra de la cantina, y por qué alguien hurtaría aquel encimado. Y fue entonces cuando comenzó a decirme: –ya había soñado esto, estamos justo en uno de los bosques de Sumatra, y según por las condiciones de estas áreas, es seguro que nos encontramos en Gunung Leuser, demasiado lejos de donde comenzamos la fiesta, con probabilidad llegue en un par de minutos un aldeano a gritarnos en indonesio y nos hará salir de esta zona protegida, entonces tú, sacarás un kubotan que está en tu mochila para defenderte y lacerarás de muerte a Adi Agung, el sujeto que nos gritaba. –Tomás se quedó callado y luego exclamó: –¡Claro!, ahora comprendo, Adi Agung, significa en indonesio el grande, el superior, él es el gigante. Cuando Tomás terminó de hablar, vi correr hacia nosotros un hombre de aspecto indio y necio, se abalanzó sobre mí, yo saqué un llavero y lo encajé fortísimo en la sien de aquel hombre, observé que desvanecía, y fue entonces que volví a tomar el tarro de cerveza con fuerza, y fui despertando poco a poco, mientras Tomás golpeaba mi hombro y me hablaba de una historia rara que había leído en uno de sus libros de historia.

Gigante es una palabra que en cuanto la enunciamos nos imaginamos algo enorme, sin duda esa palabra es usada para calificar cosas de gran extensión, desde algún libro ocultista como el Codex Gigas (llamado también el Códice del Diablo), hasta la capacidad de almacenamiento de una USB. No sabemos si fue a causa de la sangre derramada por los hijos de Gea: los gigantes hecatónquiros y cíclopes, lo que ocasionó que esta palabra siempre enfatice poder y la grandeza. Coincidencia o no, palabras iniciales con G, distinguen potencia y ánimo: grosero, gentil, golpe, gozo, garfio, galán; incluso gusano hace referencia a algo sumamente detestable. Este adjetivo evidentemente es un legado griego: Γιγας (Gigas), con una desinencia antos, generó gigantos> gigante. Esta raíz adjetival se conservó en su totalidad en el latín: Gigas, dando origen a nuestra palabra gigante, y aunque αsta admita femeninos no hay enunciación para tal género, asimismo, usando gigas como prefijo atendemos al significado de mil millones, como en gigabyte. La historia de los gigantes aún no está descifrada, y menos lo estará si se persiste la idea en que la biblia es palabra de Dios, puesto que en libros como: Números, Deuteronomio, Samuel, Crónicas, Job y Génesis; se describe puntualmente de la existencia de ellos, y no lo dice un hombre, lo dice Dios.

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