Emilio Payán

Hay conversaciones que terminan por volverse escritura. Esta ocurre en una mañana mexicana –que es también, inevitablemente, una tarde argentina–. En el centro está Gustavo Marcovich: químico por disciplina, escritor por vocación, alguien que ha aprendido a ordenar el caos sin borrar su misterio.

Su infancia pertenece a un territorio doble: memoria y desarraigo. Nació en Buenos Aires en 1965, en el barrio de Belgrano, donde el mundo –como en toda infancia– cabía en unas cuantas cuadras: una plaza, una escuela, la calle Echeverría. Allí los días fluían con la naturalidad de lo que aún no había sido interrumpido por la historia.

En marzo de 1976, tras el golpe militar, su familia partió. Tenía 10 años de edad. La fecha (31 de marzo) no es un dato, es una marca. Primero Lima, luego Puebla. El tránsito fue definitivo. El niño que no había salido de su barrio despertó en ciudades ajenas y desmesuradas.

Su padre, arquitecto, se encontraba ya en México, en un congreso. Le aconsejaron no volver. Su madre, también arquitecta, compartía una ética social: la convicción de que la arquitectura puede ser una forma de justicia.

En Puebla vivió tres años, estudió con jesuitas. Un idioma que era el mismo y no lo era. Un apellido que lo hacía visible. El primer día alguien decidió que, por ser argentino, debía jugar futbol. La escena parece trivial, pero fija un destino: ser asignado a una identidad antes de comprenderla.

Después, la Ciudad de México. A diferencia de otros exiliados, no se integró del todo a la comunidad de origen. Fue, en sus palabras, “más poblano”. Esa deriva lo apartó de la nostalgia excesiva y le dio otra forma de arraigo: discreta, casi silenciosa. Aprendió a habitar el extrañamiento. El retorno dejó de ser promesa para convertirse una hipótesis lejana.

“No me siento de ninguno de los dos”, dice. Y, sin embargo, habla de ambos con una lealtad que desmiente la frase. En el futbol encuentra una imagen: Argentina sufre, pero a veces se redime; México comparte el sufrimiento, no siempre el desenlace.

Fundó el equipo Sahara hace más de 40 años. Un refugio para quienes no tenían lugar en la cancha. Lo que empezó como un gesto mínimo, con el tiempo se volvió comunidad. Por ahí pasaron Félix Fernández, los Quiñones, Rubén Ortiz, Francisco y Alberto Castro Leñero, François Oman Biyik, los hermanos Manuel y Mauricio Rocha, eran malos, sí, pero persistían. En la derrota encontraron pertenencia.

Gustavo Marcovich tiene vocación de escribir. No fundó una editorial –aclara con media sonrisa–, ésa es de Marcial Fernández, bajo el nombre Ficticia. Pero ahí entendió que escribir puede ser una forma de pensar el mundo y, sobre todo, de sobrevivirlo.

Desde 1998 vive en Valle de Bravo. Se dedica a la docencia. En 2016 fundó la Feria del Libro: un proyecto sostenido más por la voluntad que por los recursos.

Su primer libro nació de una incomodidad. El árbitro: Una prepotente existencia moral (2010) no es sólo un ensayo sobre el futbol: indaga en la ley a partir del juego. ¿Por qué odiamos al árbitro? La pregunta abre otra: ¿qué relación tenemos con las normas que organizan –y limitan– el juego? El árbitro se vuelve metáfora de toda ley: del amor, del tránsito, del matrimonio, de la convivencia.

Más tarde publicó Playa Paraíso, una novela sobre la memoria de la juventud. Ahí conviven amistad, deseo y traición. También esa forma temprana de la derrota que inaugura la vida adulta. Gustavo advierte, con ironía, que muchas escenas pertenecen más a la imaginación que al recuerdo. En literatura, esa distinción es secundaria.

En 2021 realizó el documental sobre los 40 años de Avandaro 71, la visión de los vecinos, una denuncia de la gentrificación, el abuso y sus efectos en la vida local.

Mientras, a su alrededor, el mundo de los libros se reduce. Las librerías cierran. Los lectores escasean. No es cuestión de precio –un libro cuesta menos que dos copas–, sino de hábito. La lectura cede ante la inmediatez de las pantallas. Ver a alguien leyendo en el Metro se vuelve un reconocimiento secreto.

Frente a esa intemperie responde con hechos. En Valle de Bravo, la Feria del Libro reúne cada año a escritores y disciplinas. No hay recursos, hay hospitalidad. Alojamientos prestados, comidas compartidas, esfuerzos que se suman.

Tal vez ahí se encuentre su verdadera editorial. Gustavo Marcovich no es una empresa, sino una forma de insistir en que los libros –como las conversaciones– todavía pueden ocurrir. Incluso ahora. Incluso aquí.

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