Carlos López Torres
Hasta ahora sólo la Iglesia en el plano conservador local, por boca del vicario general de la Arquidiócesis de San Luis Potosí, el prelado Benjamín Moreno Aguirre, ha reaccionado a las duras palabras del Papa Francisco, dirigidas a obispos y sacerdotes en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México.
Los otros destinatarios de los llamados regaños del Papa, los encumbrados participantes de la clase política y los que con la anuencia y en ocasiones en asociación con los gobernantes, se han adueñado “…de bienes que han sido dados para todos…”, han hecho mutis sobre los señalamientos papales.
Aunque el padre Benjamín Moreno trate de reducir a una simple “movida de tapete” la reprimenda del pontífice, lo cierto es que de alguna manera las palabras del Papa vienen como anillo al dedo a la Iglesia potosina, no sólo por su tradicional comportamiento frente al poder público, sino dada su conducta en los últimos tiempos.
Ciertamente, cuando el Papa al dirigirse a los clérigos y jerarcas eclesiales les señala: “No tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales”, lo hace con conocimiento de causa y no simplemente para moverles el tapete. Es más profundo el llamado a una Iglesia contemporizadora con quienes han hecho posible que la riqueza se acumule cada veces en menos manos, mientras el empobrecimiento y la baja calidad de vida de millones es patente.
Igual, la referencia a los neoliberales que nos han gobernado durante las últimas tres décadas es clarísima cuando Francisco asienta: “La experiencia nos demuestra que cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro, la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo”. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Al convocar a los dirigentes de la vida social, cultural y política a trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino, a partir de construir las oportunidades que cuenten con “vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva y un ambiente sano y de paz”, el Papa Francisco les aclara: “Y no es sólo un asunto de leyes que requieren de actualización y reformas, siempre necesarias; sino de urgente formación de la responsabilidad personal de cada uno, con pleno respeto por el otro, como corresponde en la causa común de promover el desarrollo nacional”.
¿Será que en nuestra entidad, donde la simulación ha sentado sus reales, las reconvenciones papales no sólo serán escuchadas, sino puestas en práctica para el desarrollo, que no del simple crecimiento económico, en beneficio de las mayorías?





