María del Pilar Torres Anguiano

En Gorgias, uno de los diálogos de Platón, el irónico Calicles insinúa que la filosofía es solo para los niños al decir frente a Sócrates que “Es mejor que los adultos se ocupen de los serios asuntos de la vida”. Los comentarios posteriores en el diálogo coinciden en que Calicles se equivocaba: la filosofía es sólo para adultos y, posiblemente, cuanto más viejos, mejor. Aunque lo anterior podría ser un alivio para los que ya dejamos atrás la juventud, tal afirmación no es acertada. La filosofía no tiene edad y a pesar de su apariencia inabordable y de su aspereza, implica verdades fundamentales para buscar aquel ideal socrático de conócete a ti mismo, el cual, en palabras de Michel Foucault, habría de interpretarse más bien como un ocúpate de ti mismo.

La educación es en cierta forma el taller de elaboración consciente de un proyecto de vida, el puente entre la familia y la sociedad; el puente entre sentimientos y los principios morales. La educación también es el acceso a la autonomía para construir la ética de los ciudadanos.. Sócrates, por cierto, enseñaba conversando tanto con jóvenes, como con viejos. Su influencia era tal que, como todos sabemos, fue acusado de corromper a la juventud. La verdad es que nadie puede saber a hasta dónde puede llegar la influencia de un maestro.

Si usted observa un problema social, la respuesta es fácil: los maestros siempre tenemos la culpa de todo. Pienso que quienes afirman esto, parten de una idea preconcebida de que hay buenos métodos de educación y que los padres o maestros que los emplean tendrán mejores hijos que aquellos que usan los menos recomendables. En síntesis, la idea de fondo es la de que, si haces lo que debes, obtendrás el resultado que deseas. Todo eso suena genial en la teoría, pero no siempre aplica en la realidad, pues debe tomarse en cuenta que el que aprende, siempre aprende en su contexto. Los contenidos que los niños aprenden dentro de su hogar o en la escuela, pueden ser irrelevantes fuera de los mismos, pero bien pueden desprenderse de ellos en cuanto cruzan el umbral de la casa o del aula. De hecho, lo hacen.

La idea de que podemos conseguir que nuestros alumnos “salgan” como nosotros queremos, es una ilusión. Ellos no son unos lienzos en blanco en los que los adultos puedan pintar sus sueños. Por ello es pertinente repensar los objetivos de la educación, en todas sus formas. Y en este clima, una fundamental pregunta ha asaltado y preocupado con frecuencia a profesionales: ¿Qué es lo que ha de aprender hoy un ciudadano? ¿Qué perspectiva ética enseñar?; es decir, ¿cómo asumir pedagógicamente el trabajo de construir mejores ciudadanos?

José Vasconcelos sostenía que la educación es la puesta en marcha de la filosofía, en donde la ética como saber filosófico debe situarse en un lugar respetado en los planes y programas de la educación básica mexicana. Pero como sabemos, los ideales filosóficos vasconcelistas no tuvieron continuidad en la educación pública mexicana. Este tema cobra significación especial hoy en día cuando se hace evidente la necesidad de formar mejores ciudadanos y mejores personas, con ética y valores. La ética, para Michel Foucault, es la práctica reflexiva de la libertad. Pero para que esta práctica de la libertad adopte la forma de un ethos que sea bueno, bello, honorable, estimable, memorable, es necesario todo un trabajo de uno sobre sí mismo.

En los últimos años se ha reconocido la necesidad de impulsar en los niños y adolescentes el desarrollo de los principios y valores básicos para que construyamos un horizonte de convivencia social más armoniosa, con respeto a los derechos humanos, impulso por la democratización, la perspectiva de género, la tolerancia y un interminable etcétera. Sin embargo, no se puede enseñar ética a los niños o jóvenes si no se les enseña al mismo tiempo a pensar y actuar éticamente. Dirigir la educación hacia ese objetivo es una tarea monumental que la sociedad y las escuelas deben llevar a cabo, independientemente de las reformas educativas, los nuevos planes y programas de estudio, y todas esas cosas burocráticas con las que los maestros tenemos que cumplir.

Siguiendo a Ludwing Wittgenstein, toda disciplina del pensamiento es un lenguaje que hay que aprender. Tanto las matemáticas, como las ciencias, las humanidades y las artes son lenguajes cuya interacción constituye lo que Martin Bubber llama la conversación de la humanidad. Así, para aprender ética, deben los estudiantes aprender a hablar el lenguaje de la ética: el ejercicio de la libertad.

Para lograrlo es imprescindible trascender una visión puramente instrumental de la educación, percibida como la vía obligada para obtener determinados resultados cuantificables. Pero los resultados de formar jóvenes éticos, no hay forma de evaluarlos, por más que a la SEP le encante construir indicadores para atormentar a los maestros. La urgencia está en forjar personas autónomas y comprometidas con el mejoramiento de la vida social y con habilidades para resolver conflictos, convivir democráticamente e interesarse en asuntos públicos. Hay que decirlo: el costo de formar ciudadanos que no se interesen por lo público, es altísimo.

Todo aquel que se ocupe hoy de la educación de los jóvenes, sabe que ellos se mueven más en la dimensión estética que en la racionalidad. Esto no significa tanto una relación especial con el arte, sino más bien una comprensión del mundo desde las formas sensibles, desde el gusto, la relación simbólica, los deseos, el ámbito de lo cotidiano, la inmediatez y simultaneidad de las redes sociales: para ellos, desde aquí cobra sentido todo lo demás. El reconocimiento de esta primacía de la sensibilidad nos permite comprender más fácilmente la diversidad de culturas y de formas de vida, que no son sólo toleradas, sino asumidas positivamente por los jóvenes como posibles y llenas de sentido. Toda la vida social descansa en el hecho de que una parte importante de nuestras acciones, depende de la propia libertad. La experiencia de la libertad comienza desde muy temprano y su puerta de entrada es la sensibilidad. Lo anterior compromete a los educadores –y a los padres– a integrar en todos y cada uno de los aspectos de la educación, componentes que posibiliten en los jóvenes lograr el ideal socrático de conocerse –y ocuparse– de sí mismo.

Dicho lo anterior, repito la pregunta que da título a este texto: ¿Qué debería aprender hoy un futuro buen ciudadano? A los funcionarios educativos les encanta repetir esa frase de que el alumno tiene que ‘aprender a aprender’. Para mí, no hay más que aprender a pensar.

Un ciudadano debe pensar por sí mismo y actuar de conformidad con ese pensamiento, para construir, con base en dicha autonomía, una sociedad más justa; es decir, más libre. La infancia y adolescencia son el momento preciso para descubrir esas capacidades; y por ello, la filosofía en la educación básica, sería una gran herramienta.

@vasconceliana

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