Luis Ricardo Guerrero Romero

Comenzó a imaginarlo todo, ese lugar común de una biblioteca antigua donde el polvo parecía conservar la memoria del tiempo, Grecia, una chica de prominentes pechos y cintura envidiable, abrió un diccionario helénico herencia de un académico de la región vecina, de la cual ella ya no ha de volver. No buscaba una palabra cualquiera; buscaba comprender por qué su maestra la había descrito como “una sensual dinámica”. Aquella etiqueta le inquietaba. ¿Era un elogio o simplemente una forma elegante de decir que nunca permanecía estable con sus apetitos carnales? Sus ojos se detuvieron en una raíz griega: δινη (diné), cuyo significado era torbellino, remolino, giro, rotación. Sin embargo está por su parte verbal el verbo διενω (dinéo): hacer girar, dar vueltas, danzar o tambalearse. La hermosa Grecia comprendió que la palabra contenía movimiento desde su origen; no hablaba sólo de rapidez, sino de transformación constante, como algo que existe porque cambia.

Mientras observaba aquellas definiciones, recordó su clase de física. Su profesor había explicado que la dinámica es la rama que estudia las causas del movimiento, especialmente las fuerzas que lo producen o lo modifican. De pronto, la conexión apareció con claridad: los antiguos griegos describían el movimiento visible —el remolino del agua o la danza del cuerpo—, mientras que la ciencia moderna buscaba explicar por qué ocurre ese giro. Grecia imaginó un torbellino en el río, y un remolino de sensualidades provocaciones con cada hombre que se ha encontrado. Para los griegos, era una diné: un giro fascinante de la naturaleza. Para la física, en cambio, ese mismo fenómeno podía analizarse mediante fuerzas, energía y leyes del movimiento formuladas siglos después por Isaac Newton. La dinámica científica revelaba que nada gira por azar: toda rotación responde a interacciones precisas entre masa, aceleración y fuerza.

Comprendió entonces que tal descripción de su persona no se contradecía, y que es cierta y que es un gusto que se llevara hasta que su cuerpo, sus piernas y cualquier parte yerta se aproxime a ella; puesto que se complementa. Y, qué es el sexo y su genitalidad sino un complemento. El lenguaje antiguo nombraba la experiencia humana del movimiento, mientras que la física descifraba su estructura invisible. El torbellino dejaba de ser únicamente una imagen poética para convertirse también en un sistema gobernado por principios universales, tan universales como sus deseos.

Ahora pues, si la dinámica física estudia cómo las fuerzas cambian el estado de un cuerpo, quizá la vida humana también posee su propia dinámica: emociones, aprendizajes, parejas, sensaciones y decisiones actuando como fuerzas que modifican la trayectoria personal. Nadie permanece inmóvil porque siempre existe alguna influencia empujándonos hacia nuevas direcciones, hacia nuevos calores, según el imperante ímpetu de Grecia. Ser dinámico no significaba únicamente estar activo, sino participar en la red de fuerzas que mueve el universo. Desde el remolino descrito por los griegos hasta las ecuaciones de la física moderna, el movimiento era el puente entre la palabra y la ciencia. Grecia entendió que vivir, al igual que en la dinámica física, consiste en responder continuamente a las fuerzas que le rodean, transformando cada instante en un nuevo rumbo, transformando cada acto sexo-genital, en una tolvanera, pues qué somos, sino montones de polvo.

Reloj Actual - Hora Centro de México