Luis Ricardo Guerrero Romero

La importancia que muchos y muchas le dan al rostro es en ocasiones exagerada, y en otras veces muy necesaria, pues ya bien es sabido que es el cutis la primera carta de presentación ante quien nos mostramos, sea una bella dama, una respetable señora, nuestro jefe, quimera, o a nuestro amigo imaginario frente al espejo. Desde la muy peculiar seudociencia de la fisiognomía, hasta la mera intuición ante el rostro de un sujeto, estamos inclinados sin duda a descubrir en la cara de cualquier persona una historia o bien un cuento, y en infortunadas ocasiones una fábula en el rostro. La fisiognomía tiene vínculos con la tipología y a veces puede ser tan certera que pareciera que el sentido de libertad se supedita al dar la cara, y en cierto sentido lo es. Los científicos como Ernst Kretschmer, de quien heredamos el estudio de las estructuras somáticas y síquicas, verán en la fisiognomía una carencia a causa de la parcialidad del fenómeno observado. Sin duda el cutis habla de nuestra persona, aquella frase coloquial: “me quieres ver la cara” tiene asociación con: “me estás tomando el pelo”, y que decir de: “me vieron la P en la frente (ya sea de pendejo o puto)”; tales expresiones tienen un lugar: el cutis o bien la cara. Que como veremos adelante parecen funcionar como sinónimos ineluctables.

Un poeta de la Vanguardia, Oliverio Girondo, externa con hilaridad lo poco que le importa el cutis de una mujer, cuando ésta no persigue altos ideales y aventuradas metas: “No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija./ Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida./ Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias;/ ¡pero eso sí! –y en esto soy irreductible. No les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. / Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!” (Fragmento).

Hay quienes estamos de acuerdo con Girondo en cuanto que se busca lo que prevalece de bello en la mujer, y hay quienes no comparten la idea –seguro hombres sin alas.

Ya sea por la fisiognomía, la tipología de Kretschmer, o la natural intuición, la lectura del rostro en el otro nos remite a no perder de vista el cutis. Dentro de esa observación entendemos que la palabra cutis nos llega del latín con idéntica fonética: cutis, con un significado de superficie o envoltura, asimismo alberga el sentido de película y piel. Más remotamente la idea del indoeuropeo distingue que cutis es aquello que oculta algo, como lo vemos en la designación de envoltura, misma idea mantiene el vínculo con la voz helénica κυτος (kytos) [léase kuitos]: escudo, coraza, pero también piel y cuerpo. Ya sabemos que los primeros escudos que se utilizaban en batallas antiquísimas eran precisamente a base de forrajes con piel, la piel siempre ha sido nuestro primer escudo ante todo, de tal modo que la presentación del cutis es evidentemente una defensa. Quizás esas pesadas armaduras romanas: lorica segmentata y hamata, son una emulación de la primera protección de las aves –las pluma–, o de los peces –las escamas–, respectivamente.

Cuidar el cutis es importante no sólo por la apariencia sino por salud, desafortunadamente hay casos en donde el cuidado no es suficiente, nos referimos por ejemplo a la enfermedad de cutis verticis gyrata, que algunos luchadores parecen tener en la frente, pero a causa de cortaduras con fichas, tenedores y demás herramientas punzocortantes.

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