david pérez
Nueva York, fin de verano. El US Open tiñe de azul las gradas y de blanco la etiqueta. No es solo el apodo antiguo —deporte blanco—, es la coreografía de clase que sobrevive a los años: acceso caro, rituales pulcros, comentaristas que hablan como si el mundo fuera una fila ordenada. Esta edición trajo, además del olor a mariguana y la velocidad de los saques, expresiones cercanas al fascismo, como lo son la superioridad que se predica, la deshumanización que se cuela, la jerarquía que dicta quién puede hablar y cómo.
En la segunda ronda, la lituana Jelena Ostapenko y la estadounidense Taylor Townsend cierran el partido con el apretón de manos de protocolo. La cámara busca el gesto y encuentra palabras: el cruce no fue un trámite. Después, en rueda de prensa, según la versión de Townsend, su rival la descalificó porque le dijo que no tiene educación y clase. Townsend eligió responder afirmando: «Si tenía connotaciones raciales… eso es algo de lo que podía hablar… Dejé que mi raqueta hablara… Ella hizo sus maletas y se fue, yo estoy aquí… No me ofendo… Estoy orgullosa de cómo me comporté».
La polémica escaló. Ostapenko publicó un descargo donde negó cualquier racismo y puso el foco en la conducta del público y en el desamparo de venir de un país pequeño: «Vaya, cuántos mensajes recibí de que soy racista. NUNCA fui racista en mi vida y respeto a todas las naciones del mundo, para mí no importa de dónde vengas. Hay algunas reglas en el tenis y, desafortunadamente, cuando el público está contigo no puedes usarlo de manera irrespetuosa hacia tu oponente. Desafortunadamente para mí, que vengo de un país tan pequeño, no tengo ese gran apoyo ni la oportunidad de jugar en mi país. Siempre me encantó jugar en EE. UU. y en el US OPEN, pero esta es la primera vez que alguien aborda el partido de esta manera tan irrespetuosa.»
El problema no es el tenis —que es un juego—, sino la ideología que lo usa: racismo, clasismo y la vieja fantasía de superioridad moral. Cuando una jugadora blanca le explica a una jugadora negra cómo debe comportarse, cuando «clase» se usa como arma, cuando se reparte el carnet de elegancia, no hablamos de etiqueta: hablamos de jerarquía.
Lenguaje con historia. En un deporte «mayoritariamente blanco», como recordó Naomi Osaka, decirle a una tenista negra que carece de «clase» no es una frase inocente. Es un eco de siglos. Osaka lo condensó: «es una de las peores cosas que se le pueden decir a una tenista negra en un deporte mayoritariamente blanco… creo que es un mal momento y la peor persona a la que se le podría haber dicho y no sé si Ostapenko conoce la historia de este tema en Estados Unidos».
Coco Gauff aportó el sentido práctico que el deporte debería enseñar: puedes perder, puedes frustrarte, no puedes cruzar ciertas líneas. «Sé lo que se dijo después del partido. Creo que fue cuestión de ánimos caldeados. Creo que Jelena probablemente estaba agitada después de perder. No debería haberlo dicho, independientemente de cómo te sientas».
La escena simbólica. La imagen es elocuente: una mujer blanca elevando la voz para prescribir cómo debe jugar y comportarse una mujer negra. El gesto suena a una suerte de «white woman explaining», el privilegio que se asume árbitro de todo.
El racismo no siempre grita; a menudo insinúa. «Clase» y «educación» son a veces eufemismos para ordenar a la gente por color y por billetera.
Esta columna es contra la blancura como moral de superioridad, esa que cree que el dinero prueba virtud, que confunde modales con ética, que convierte la elegancia en frontera racial y de clase. Contra el clasismo que se pavonea en redes con frases del tipo «ustedes nacos sigan jugando su fútbol, el tenis es para quienes tenemos clase y elegancia». No, el tenis —como la ciudad— no es club privado de nadie.
Contra la normalización de la jerarquía. Si en la cancha aceptamos que unos valen más que otros por cómo hablan, visten o lucen, quizá es porque también lo aceptamos en el trabajo, la escuela o la urna.
Contra el acceso como privilegio. Cuando los estados no democratizan la práctica —becas, canchas públicas, ligas abiertas—, el deporte se vuelve marca de clase y filtro racial. La cancha sin política pública es una frontera.
Contra el silenciamiento. Decirle a una jugadora negra que “no tiene clase” castiga su voz y su presencia. Hoy es una rival, mañana es cualquier mujer negra en cualquier espacio público.
El tenis puede seguir siendo un juego hermoso si deja de ser una escuela de jerarquías. Puedes ganar sin humillar, perder sin deshumanizar, competir sin pontificar. El día que el US Open entienda que su espectáculo vale menos que la dignidad de quienes lo juegan, la palabra “blancura” volverá a nombrar una camiseta, no una ideología.
IG: @davidperezglobal





