Ricardo Bravo

Ethos: conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la
identidad de una persona o una comunidad (Diccionario de la Real Academia Española).

Las revueltas en Europa continúan atrayendo la atención de los medios de comunicación y, gracias a las redes sociales, también la de los ciudadanos de a pie, que navegan en sus dispositivos móviles hacia “realidades” equidistantes. Los hay quienes se convencen día con día de que la situación de las cosas no puede explicarse si no es por la migración descontrolada que ha recibido el continente en la época reciente. Pero también los hay quienes ven únicamente pureza en los gestos mostrados en videos de jóvenes y adultos mayores en las movilizaciones que no expresan otra cosa que camaradería y buena onda, mientras ondean carteles con reivindicaciones, a todas luces, justas. La ventana que hemos elegido (¿O que se nos ha impuesto?) para mirar este y otros eventos explica en gran medida por qué ahora hay gente que va por la vida diciendo la sandez de que no existe la verdad en un hecho.

Los mexicanos somos una mala audiencia para este tipo de eventos (quizás lo seamos todos, pero hablo de lo que me concierne). La gran mayoría de la población no ha tenido el privilegio de conocer el “viejo continente”; las redes sociales son la única ventana para informarse del evento. Bueno, esto si lo permite su algoritmo. Pero la cosa no mejora entre los privilegiados. El viaje a Europa documentado se ha vuelto, para la clase acomodada, un símbolo de estatus. Si tu muro de Facebook o Instagram no da muestra del Coliseo, la Torre Eiffel, la Torre de Pisa o el “Big Ben” en el fondo de alguna de tus fotos más destacadas, no se te puede reconocer como parte de ese “nosotros” etéreo e indeterminado. Clasista. Pero este sector tampoco es una buena audiencia porque, en realidad, las fotos de nuestros muros no dicen nada sobre cuánto conocemos del continente. Quizás, incluso, dicen lo poco que lo conocemos. Vamos ahí, adonde se apiña la gente; a la foto obligada; a la fila sin fin; allí, adonde los locales nunca se pararían.

Este es uno de los efectos de la democratización del turismo. Visitamos esas calles llenas de historia, de riqueza, de muerte, como si visitáramos un parque de diversiones. La sociología acuña el término: “disneyficación”. Las clases acomodadas mexicanas disneyficamos las ciudades europeas, pero no entendemos sobre lo que caminamos. Apreciamos sin profundidad. Aplaudimos cosas que son contradictorias con nuestro pensar y sin enterarnos. Caminamos por el museo para decir que estuvimos, pero, seamos honestos, no entendemos las obras y no quisiéramos nada más que estar afuera, donde se puede hablar a desparpajo y echar una chela. Y a través de esta mirada, es casi imposible hacer un buen análisis de lo que ocurre en Francia y en otros países. Porque las complejidades de la población europea o francesa no encajan en la visión disneyficada de las cosas. Porque el francés tiene estilo y es refinado. Las imágenes de las multitudinarias marchas, los destrozos, el fuego, no van con la idea de mi viaje de aquel lejano… ¿Pues cuándo has visto que haya insurrecciones y disturbios en Magic Kingdom o en Disney’s Hollywood Studios?

Y nuestra distorsión de las cosas va más allá. Porque la clase acomodada gusta de comparar los servicios y la estética de las ciudades europeas, con los locales. Pero esto no con el fin de fijar puntos hacia los cuales aspirar, sino más bien para sobajar todo lo que huela a tricolor. Y entonces se exalta lo europeo, por prístino, por grácil, por perfecto. Y con esa visión relativa, no se entiende tampoco la sublevación, porque Francia tiene un gran Estado de bienestar. No tienen baches, ni vendedores ambulantes que disturben la estética citadina, tienen reglas que se cumplen y croissants y baguettes al por mayor. ¿Por qué demonios se quejan? Lo que la clase acomodada no entiende, es que lo sorprendente no es que haya sublevaciones cuando el Estado de bienestar comienza a languidecer, lo sorprendente es que nosotros llevemos tanto tiempo sin sublevarnos más por nuestras pobres condiciones de vida.

Y creo que ese es el fondo del asunto. Al mexicano le cuesta analizar las protestas en Francia, porque siente que están siendo “malagradecidos”. Nosotros tenemos metido hasta la médula el “Dios aprieta, pero no ahoga” o el “Al mal tiempo, buena cara”. También el “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista” o el “A falta de pan, tortillas”. Pueblo resiliente. Y por eso, esos son unos malagradecidos. Porque no entienden lo privilegiados que son. Pero, de nuevo, nosotros somos quienes nos equivocamos. Porque la sociedad francesa no puede explicarse sino con referencia a sus manifestaciones, sus demandas, sus insurrecciones y sus revoluciones.

Esos pequeños detalles que la disneyficación no nos permite ver. La revolución de 1789, la comuna de París en 1871, las revueltas estudiantiles de mayo de 1968 y, más recientemente, el movimiento de los chalecos amarillos de 2018, son una pequeña muestra del puño de la movilización francesa en la calle. Son muestra de ese ethos “malagradecido” que les ha redituado en derechos que muchos no tenemos, o que solo tenemos en papel. Lo sorprendente no es que los franceses y sus vecinos europeos se quejen con furia de los recortes en educación, de la desigualdad en los prospectos educativos de las diferentes clases sociales, o de que llevan años expresando su descontento con la política de Emmanuel Macron y que no se les escucha. No, lo sorprendente es que osamos criticarles cuando deberíamos estarles aprendiendo ese ethos “malagradecido”.

Mientras tanto, Francia se encamina entre protestas a las elecciones del próximo año que son bien representadas por el comediante Thomas Sii:

“Para las elecciones de 2027, hay dos proyectos de sociedad. Dos visiones muy diferentes que se oponen. Hay una que dice que desde hace 40 años la distribución del valor agregado y la riqueza ha estado demasiado en favor del capital y no lo suficiente en favor del trabajo. Y bajo Macron la fortuna de los 500 más ricos pasó de 600 a 1,200 millones de euros. Al mismo tiempo, tienes trabajadores precarizados, uberizados, inflacionados, que batallan, y la pobreza pasó de 8 a 10 millones de personas. Entonces, se necesita restablecer el equilibrio, aumentar los salarios y gravar al gran capital para restaurar la justicia social, fiscal y ambiental… O, en contraparte, todo es culpa de los árabes”.

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