Luis Ricardo Guerrero Romero
Me parece que hoy ya lo habías escuchado, una y otra vez me suspiro en tu oído, unas ganas de muerte de cisne, unas ganas de canto antes de vernos unidos en la petite mort; suavízate, te mitigo; acaríciame, te infrinjo: violo, quebranto, te vulnero. Vas a decir que no, vas a pensar que miento, vas a desear nacer, cuando apenas yo muero. Úsate, úngete, únete, sé el eco obcecado, sé ausencia en el sólito espacio que nos conocemos hoy. Otra vez fúgate, forajida amante del duelo, ejecuta a mi lado el combate antiquísimo de la piadosa figura quimérica de dos cabezas, que se consume, asume y sume. Ven, agrégate a mí, muérete, sucumbe en mi pecho que no desestima tu tropical piel. Vas desear más oídos, más cuero, más cuerpo, más pellejo erizado para la fruición del deseo donde no hay minutero, es el éxtasis mayúsculo donde se opacan las baldosas moralidad de tu casa. Parece que has escuchado, oyes (hoy es) tu propio grito de muerte hervida, súbitamente enlazada de la sangre que se yergue, así, un poco más dentro de ti.
Las anteriores 186 palabras, halladas en el cojín de la difunta Yanina, me hicieron recordar varias cosas de aquella etapa de adolescente que nunca tuve, es decir, una remembranza falsa, un artilugio de mi mente. Pero más probablemente, me orientó a pensar en eso que la gente llama desear. Según la filosofía budista, es el deseo el motivo de todos nuestros males, que la aventura de vivir será más ligera si deseamos no desear, aunque esto ya sería un deseo inenarrable. Quizás el desear sea una emoción que desde los anales de toda existencia humanamente posible habitó. El mismo Dios deseó, y cuentan que así se hizo el firmamento, y no sólo deseó un día, sino por seis, y al séptimo día deseó no desear más.
El deseo, es acción, aunque su antesala es la contemplación de lo deseado, desde los helénicos, hasta Foucault; desde los budistas, hasta el trovador Pedro Guerra, asumen el deseo como una búsqueda y unas cenizas. Desear es la capital del Estado humano. Ya en estas fechas, vísperas de los días de amistad el amor, se buscará el deseo más deseado, o se irá a la represión de éste por el sentido común. Aunque dudo que el 14 de febrero se haga un conventículo para esgrimir el deseo, no dejo de pensar: ¿qué pasa cuando no se desea desear?
Fuera de las divagaciones anteriores, y de las palabras citadas en el cojín que le dieron a Yanina, recuperamos hoy, el sentido de desear, al menos de modo etimológico. Tal palabra tiene sus parientes sinónimos más cercanos como: apetito, afán, ansia; y por otros sentidos puede entenderse desear como: ganas, aspiración, ilusión, veleidad. Sea como fuere el sentido que le demos en el contexto más conveniente, deseo es y será un ruego o bien una súplica según nos dicta su helénica voz ancestral:δεησις (deesis); que se necesita, lo que hace falta. No sabemos cuánta falta le falta a esa falta, pero sabemos que quien carece de ello, ya lo conoce, pues de otro modo, no lo necesitaría. La voz helénica citada tuvo sus cambios morfológicos y semánticos, evidentemente fonéticos al llegar a la lengua latina como: desidero: anhelo, esperar. Desear es pues un acto de esperanza, o como diría María Zambrano: expectante es nuestra condición humana. Nuestra condición humana excita a mortales como a ti, y a inmortales como a Dios quien desea sin desear eternamente. Inenarrable deseo.







