Luis Linares Zapata

La búsqueda de inversión en el México de estos sonoros días se ha vuelto continua y desesperada. Las variadas razones por su raquitismo real aparecen, reiterativamente, como trasfondo de cualquier encuentro entre empresarios, con el factor externo y el mundillo oficialista. Todavía con mayor detalle si en esas u otras reuniones se presentan académicos.

Los alegatos, entonces, vuelven a girar sobre parecidas o similares razones, sólo que, entonces, aderezadas con rasgos de inteligentes honduras. Y en todas las ocasiones y desde hace ya decenios, el sentimiento de incompleta sensación o de franca frustración se lleva dentro de cada uno de esos participantes. Poco importa la brillantez de las exposiciones. Siempre se filtra y revolotea, esa sensación de haber dejado lo sustantivo para un futuro no asible, poco convincente, difuso pues.

El punto masivo de acuerdo recae entonces, de manera reiterada, en la confianza o su ausencia. Y ahí se atasca, esparce y concreta toda la discusión y sabiduría. Poco importa si tal sentimiento brota de los agentes públicos y sus acciones o de los posibles y asustadizos inversionistas privados. Cuando mucho se llega a pormenorizar un conjunto de supuestos o reglas de operación para canalizar mejor las aventuras empresariales. Tales desgloses, escritos de manera sencilla, son generalmente apreciados.

Más todavía si las anteriores formulaciones han sido cumplidas y observadas por sus autores. Poco adiciona el consumado hecho, casi histórico, de las facilidades acumuladas que gravitan en auxilio de los pocos inversionistas. La mayoría de ellos, acostumbrados a recibir verdaderos obsequios gratuitos.

Pero, de nueva cuenta, cumplimentar estas (u otras) peticiones no garantiza, de manera alguna que la inversión esperada empiece a fluir. Los dilatados tiempos neoliberales certifican la sequedad, publica y privada, de la inversión habida.

Dónde radica, entonces, la veta originaria que atraiga, garantice y fuerce la necesaria inversión. Esa que pueda desatar un creciente y sostenido crecimiento económico. Muchos dirán que no depende de un solo factor básico, sino que estriba en la concurrencia de varios simultáneos o sucesivos. Tal vez se halla, como dicta la experiencia, en la prioridad temporal de la inversión publica. Esa que actúa como detonante, guía y, tal vez, efectivo acicate. Pero mientras, planes y promesas van y vienen, sin que incidan en eliminar algún cuello tapado.

Bien se sabe que la inversión pública depende, en gran medida, del fondo radicado en la hacienda pública. Una fiscalidad deficiente que no levante más allá de un 11/13 por ciento del PIB con dificultad podrá satisfacer las exigencias de inversiones, lo suficientemente abultadas o poderosas, capaces de incitar fuerzas privadas retenidas.

En México, han transcurrido decenas enteras de años con apuros y debilidades fiscales. Ya sea para fondear los ineludibles compromisos básicos y obtener los remanentes para dedicarlos al futuro. En estos días, y desde hace ya siete, los compromisos adquiridos, con la base de apoyo humano, han canalizado enormes erogaciones adicionales. Dichas erogaciones sociales no dejan, hoy por hoy, remanentes robustos para emprender proyectos variados y ambiciosos.

Los pocos habidos se han fondeado de diversas maneras adicionales. A veces recurriendo a fideicomisos semiocultos que se han disuelto; o con ahorros de pasados dispendiosos, sin olvidar las abundantes y conocidas corruptelas tan malignas como presentes. También es posible recurrir al crédito pero, bien se sabe lo caro y subyugante de este recurso. La deuda pública mexicana ya llega a niveles donde el servicio se torna intolerante con la disponible capacidad de pago. Aunque, a pesar de ello, la proporción respecto del PIB sigue aumentando sin parar y la brecha con capacidad inversora se adelgaza.

Revisar la débil fiscalidad –ya tradicional en el país– es certificar cobardías y precauciones para cargar la atención donde debe de funcionar con mejor acento justiciero. Hay, qué duda cabe, un ancho margen de recaudación que no se usa y se es repelente a usarlo. A veces, ciertamente, por incapacidad administrativa. En adición a ello aparecen factores de conveniencia política: irse por la ruta con menos obstáculos y costos es decisivo e inhibitorio de riesgos.

El hecho es contundente. Este país siempre ha coleado a casi todos los demás. Ya sean habitantes en el propio vecindario latinoamericano, o comparativamente con fiscalidades nacionales que publican sus logros en asociaciones específicas (OCDE). Ahí, México luce, orondo, su cortedad de miras y poca, muy poca valentía, habilidades y visión. Luego, en sendas juntas de alto nivel, pretender modificar sus consecuentemente ralas inversiones, insuficientes para un crecimiento económico que empuje el desarrollo con justicia.

Reloj Actual - Hora Centro de México