Luis Ricardo Guerrero Romero

Ante todos nosotros su nombre era un emblema de responsabilidad, su singular modo de actuar ante las circunstancias más adversas era motivo de admiración, él era algo así como la idea de un caballero que nuestra época necesita. Sin embargo, como la ley de la vida suele hacer, la muerte recoge a los buenos. Por lo que desde que se supo de la partida de Tomás, varios han hecho por seguir su legado de honradez, su puntal manera de ser humanitario con los demás. Pero yo, Anastasio Focaina no voy a seguir ese legado, no deseo morir pronto, me jactaré de briago, pero con vida.

Antes de la muerte de Tomás yo era un hombre ecuánime que de vez en cuando daba mi cuerpo a las bebidas espirituosas, pero nunca caía en el exceso. No obstante, dadas las circunstancias caprichosas de que la muerte suele llevar a cabo el ejercicio de coaptar las almas buenas con ella, he decido entregar mis fuerzas al ofensivo ejercicio del consumo de alcohol y otros vicios. Es una droga lícita y de fácil obtención, sabe bien y te da cierto prestigio si conoces de las distintas marcas de vino, te hace ver pudiente si hablas de las diversidades del whisky, y reflejas cultura e interés por las zonas autóctonas cuando hablas de la gama interesante que ofrece el mezcal. Soy eso sí, un briago con estilo que como cualquier otro teporocho robar para obtener más alcohol no es un acto indiferente. Casi todos mis amigos son como yo, borrachos y muy sociables, con una visión de futuro para cambiar el mundo. En este grupo de ebrios las mujeres son las que lideran, pues si alguien sabe sobre el sentido real de la vida y sus cuidados es la mujer que parió.

Debo aceptar que con el paso de los años he tenido algunos episodios graves en cuestión de salud, incluso he acariciado el recuerdo de Tomás en mis momentos más complejos, pero la muerte no me llama aún. Muchos otros se han ido de esta vida, siempre gente buena, sin vicios, personas entregadas a su vocación, pero yo, yo y cuantos nos hemos ofrecido a los vicios que se comparten con el etílico sabor, seguimos de pie. Algunas fracturas, choques automovilísticos, golpes por mala copa, pero nada más. Hace unos días, perdí a mi mejor amigo quien con su ejemplo de abstinencia me predicaba el camino a ser mejor persona, obviamente se fue. La muerte tiene un gusto por la bondad, y algún dios le autoriza acabar con gente sana del planeta.

Yo Anastasio Focaina, me jacto de estar vivo, de existir para alimentar los más ignominiosos placeres. Soy la envidia de los moralistas, la plática de los santurrones, soy un hecho que se interpreta porque mi disoluto actuar tendría que haberme llevado a la muerte, soy Anastasio Focaina, y sigo vivo, gravemente vivo burlándome de la muerte.

Jactarse de algo a menudo suele ser una expresión con carga de animosidad positiva, es decir, normalmente casi nadie se jactaría de ser un vicioso, salvo el caso anterior del señor Focaina. Es difícil entender cómo una persona puede sentirse orgullosa de que su vida es una loa a los excesos, pero el tipo parece tener razón, la muerte es selectiva y acoge más a las personas que hacen el bien que a los que hacen mal a la sociedad. La jactación de Anastasio es extraña, pero le ha servido para continuar con vida.

Jactarse de algo es una apreciación subjetiva que se suscita a partir de una aparente acción. Hay quienes se jactan de sabios, de trabajadores, de honestos, pero pocos se jactan de ser unos viciosos como Focaina.

Lo anterior nos da para entronizar el sentido interesante de la palabra jactar. Tal verbo de origen latino se forma a partir de la castellanización, pues la /J/ no era una consonante para los latinistas, sin embargo, el sonido de la /I/ se mutó con el uso y el tiempo en algunas palabras. Una de esas palabras fue jactar. La raíz jac, jactum significa en el latín lanzar, así el verbo implícito une a esta raíz con un infijo que da la voz jactarse, es decir lanzarse a uno mismo, pronunciar para sí ideas o juicios favorables. Como lo vimos en el relato de Focaina, un teporocho orgulloso de su embriagada existencia.

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